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miércoles, 8 de junio de 2016

2- (La partida de mus) - Historias de la obtención de mi carnet de conducir

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich

Voy a editar una serie de 7 capítulos, titulada 'Historias de la obtención de mi permiso de conducir'. Y lo haré en días no consecutivos, puesto que soy el administrador del blog, no la estrella del mismo: Por tanto, habrá artículos de mayor prioridad... o bien respecto a la enfermedad, o bien relatos de otros atáxicos.


Como se dice en el primer capítulo, es un texto reciente sobre unos hechos acaecidos hace más de cuarenta años. Lo cual, me permite mirar hacia atrás totalmente distendido, y narrar en un tono de humor... No hace falta ser demasiado espabilado para darse cuenta de que ese citado humor no existió. Al revés, fueron, para mí, tiempos muy crudos: porque no sabía que estaba enfermo, me creía el colmo de la torpeza, y que todo me salía rematadamente mal, como si el mundo entero conspirara contra mí... porque mi objetivo, aunque modesto, era totalmente imposible: ser igual que los demás.... porque estaba en semidepresión, o saliendo de una dura depresión, que acabó con mi carrera estudiantil... porque era el colmo de la susceptibilidad y, con razón o sin ella, tomaba por burla cualquier mirada, comentario, o sonrisita... y porque no hablaba prácticamente nada, me lo tragaba todo, lo rumiaba en mi cabeza, y lloraba en solitario.

Sin embargo, el humor puesto ahora, al relatar 40 años después, y con la piel curtida por la ataxia, me parece idóneo. Es una jodida lección que aprendemos a la fuerza quienes hemos transitado por procesos progresivos similares. Y que debieran tener en cuenta los mas jóvenes para minimizar sus actuales problemas: Cuando pasado mucho tiempo, miramos hacia atrás aquellos sucesos que, en su momento, nos hundieron, nos causará hilaridad y casi vergüenza habernos dejado hundir por nimiedades, comparadas con nuestra problemática progresiva actual.

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2- (La partida de mus) - HISTORIAS DE LA OBTENCIÓN DE MI CARNET DE CONDUCIR.

Ahora, contaré una anécdota graciosa que nos sucedió un día al regresar de la pista de la autoescuela en el microbús. Dicho microbús no se esperaba en la oficina, sino en un bar que había enfrente. El bar era espacioso y muy concurrido. Estaba situado al lado de un mercado de abastos, y siempre había en él camioneros para transportes, y personas dispuestas a ser contratadas eventualmente para cargas y descargas.

Yo apenas hablaba, a no ser me preguntaran directamente: Con los problemas físicos que tenía, se va por la vida acomplejado, medroso, y anonadado. Hay gente buena, pero también demasiados hijoputas sueltos dispuestos a mofarse de las anomalías ajenas, aunque las suyas, por imbéciles, sean aún peores.

En aquel bar había dos hombres buscando pareja de rivales para jugar una partida de cartas, al mus. Al uno de ellos le conocíamos ligeramente por estar aprendiendo a conducir en la autoescuela. Todos se referían a él como “el zapatero”. Realmente era zapatero remendón (oficio ya desaparecido... pero por entonces aún se reparaba los zapatos). Era un tipo muy fornido... tenia más pinta de musculoso luchador, que de zapatero.

- Éste y yo jugamos -dijo Jandrín.

¡Vaya, se abrió la veda... y yo iba de liebre!. Empezó la película de siempre: “¿Pero... niño, cuántos años tienes...? ¿Seguro que sabes jugar al mus? Oye... ¿has oído...?, que dice que tiene 20. ¿Sera verdad...? ... ¡Si pareces una miniatura! ¡Si aparentas de 14 años...? ¿Pues cómo has crecido tan poco...? ¿Es que no te han dado de comer...?” ... Y menos mal que no se metieron con mis raros andares, ni me pidieron el carnet de identidad para comprobar el dato de mi edad, como me hacían en decenas de sitios, especialmente, en cines y discotecas.

Yo era muy susceptible, y todo esto me reventaba, pero callaba, aunque me hubiera de morder la lengua. Y aunque no lo fuera, me sonaba a burla, y me sentía herido. Y lo peor es que no era un caso aislado, sino la repetición de una constante en mi vida.


Continuaron, aquellos bocazas, con un total desprecio, cual si se tratara de una batalla psicológica antes de empezar el juego: “¡Vaya par de pardillos! ¡Éstos no tienen ni puta idea del mus! ¡Éstos no nos duran a nosotros ni dos asaltos!”... Y yo a callar... paciencia... ¿Y qué se puede hacer en estos casos...?.

Pero el colmo fue cuando, ya sentados frente a frente y con la baraja en la mano, como queriendo asustarme, el zapatero pregunta:

- ¿Qué jugamos? ¿500 pesetas?.

Por aquí ya no pasé:

- ¡O jugamos los cafés, o lo que estamos tomando, o me levanto de la mesa! -les dije.

Claro que tenía 500 pesetas, pero no me daba la gana jugármelas. 500 pesetas, por poner un ejemplo de su valor en aquel tiempo, era lo que pagábamos en la autoescuela por una hora de práctica con coche, incluyendo el servicio del profesor, que iba de copiloto con dobles mandos de embrague y freno. Pues sí, era mucho. Pero lo que más me jodía era haber probado jugar dinero, y llegado a la conclusión de que aquello no era divertirse.

Cuando llegaba Navidad, por esas fiestas, venían a casa de sus padres quienes trabajaban en la ciudad, y siempre te enrolaban en estas tonterías del juego de dinero. Y, por no ser menos que ellos, acababas jugando 300 pesetas por partida al mus, o peor aún, a la 31, a 100 pesetas la cartada.

Y yo era buen jugador... cierto que la baraja era generosa conmigo. Volvamos de revés lo de “afortunado en el juego, desgraciado en amores” :-) Pues sí, pero también mi inteligencia funcionaba al cien por ciento. A múltiples partidas y cartadas, era muy difícil que saliera perdiendo. No obstante, aunque volviera a casa con más dinero de cuanto había llevado, jugar así, me ponía nervioso como un flan... y también volvía a casa con la sensación de haberme dejado un año de vida... Además, cuando se jugaba dinero, discutían por cualquier cosa... hasta tenían mal perder. Y eso de las disputas, ya no me iba nada de nada.


Nunca había jugado al mus con Jandrín de compañero, de pareja. Yo tenía fama de ser muy bueno jugando al mus solitario, pero malísimo al mus por parejas. ¿Y por qué tal diferencia...? Pues muy fácil de explicar desde la ataxia: Valen las mismas explicaciones dadas cuando hablamos de la conducción: la lentitud de reflejos. Al mus solitario, coges tus cartas y las juegas a tu antojo. Por parejas, juega tu cartada y la de tu compañero, contra las de los dos rivales... Y median señas con los ojos para comunicarse. Y bueno, harto tenía yo con cuidar de que las cartas no se me cayeran de las manos. ¿Señas...? La mías, si las hacia, eran tan ostensibles que siempre me las pillaban los rivales... y, por tanto, era mejor no declarar mi cartada. De las señas de mi compañero no me enteraba nunca... y de las de los dos contrarios (a los que también había que vigilar para intentar pillar sus señas), menos aún. Aquello no sólo era cuestión de inteligencia, sino de agilidad de reflejos. Y eso era lo que a mí precisamente me faltaba.

Comenzó la partida. Enseguida me di cuenta que eran uno faroleros de tomo y lomo... ¿O estaba jugando de esa guisa para burlarse y amedrentarnos...? ¿O era simplemente menosprecio...? Órdago por aquí... órdago por allá.. Y si envidabas, te echaban más, intentando que te volvieras atrás. “¡Y estos imbéciles presumen de ser buenos jugadores de mus!”, pensé. “Cuando tengas buenas cartas, pícalos, y se meterán en la trampa ellos solos”. ... Y así fue. En un pis pas, tenían un 4-0 en contra. Y la partida perdida.

Pidieron la revancha. Esta vez iban más despacio. Al menos, nos marcaron un juego. No obstante, no se libraron de un 4-1 adverso... y otra partida perdida.

Pidieron nueva revancha. Contestamos tener que ir a cenar... y que ya jugaríamos otro día.

No sé si aquellos fanfarrones aprendieron alguna lección: No les volvimos a ver juntos por allí.

(Continuará).

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