La pagina web de "Ataxia y atáxicos" (información sobre ataxia, sin ánimo de lucro) es: http://www.ataxia-y-ataxicos.es/


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Carta a mi yo de 15 años

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Carmen Ramos Añón, paciente de Ataxia de Friedreich, de Sevilla.

Carmen Ramos Añón
Muchas decisiones que tomamos en la vida, cómo nos comportamos, con quién nos relacionamos o cómo nos relacionamos, están sujetas a preguntas y comentarios indiscretos e impertinentes de quienes nos rodean. Parece que todo el mundo tiene una opinión sobre lo que hacemos, no importa cuán insignificantes esas cosas puedan parecernos, pero nuestros familiares, amigos, compañeros, vecinos e, incluso, extraños, las cuestionan. Nos cuestionan. A veces, la gente puede llegar tan lejos que hasta te piden una explicación de tus decisiones y los pasitos que vas dando. Aún no tengo muy claro si es por curiosidad, aburrimiento, o por incapacidad mental.

Has de aprender que tu vida no es de la incumbencia de nadie: ni tu pareja, ni tu familia, ni tus amigos, y menos de tus vecinos. Tu vida es tuya, y sólo tuya: Por lo que tú, y sólo tú, tienes derecho a decidir sobre ella, a compartir lo que quieras y guardarte lo demás... y tú y sólo tú tienes derecho a equivocarte tomando tus decisiones... y, también, a aprender de tus errores.

También habrás de aprender que, socialmente, te vas a ver obligada a responder. Porque si no lo haces, o declaras no tener intención de hacerlo, serás tildada de desagradable... desagradecida... injusta... traidora... asocial... Además, todo el mundo lo hace, ¿no? Con lo cual, debieras hacerlo tú también. Ejemplo de aprendizaje por imitación de conducta, pero, ¿qué pasa si la conducta está equivocada? Cuando un niño pequeño ve series, o películas de acción, tiende a imitar a los buenos, y no a los malos... por el simple hecho de que los malos siempre reciben castigo, y los buenos se elevan a la categoría de héroe, y siempre tienen algún premio. Y ese constante irrumpir en vidas ajenas es algo malo. Muy malo. MALO, así con mayúsculas. Dime, ¿cómo te sientes cuando todos están pendientes de tus movimientos y decisiones? No es necesario que le pongas nombre, sólo cierra los ojos y dale alas a la imaginación... recuerda... ¿Ya? ... No es bonito, ¿verdad?.

¿Cómo se puede permitir eso? Juzgar hasta sembrar en corazones inocentes el miedo al qué dirán... miedo que germina en un absoluto sacrificio. Llegamos a tener tanto respeto a la opinión pública, que renunciamos a gustos, preferencias, sueños... No vestir así, no estudiar aquello, no ir a tal sitio, no hablar con aquel chico... Es una forma muy cruel de dañar a los demás... de obligar... de dirigir... de manipular... ¿De verdad se puede dejar sin castigo a quién nos obliga a renunciar a nuestra felicidad para no ganarnos unas críticas tan hirientes como absurdas? ¿Acaso una persona así no es un completo villano? Pero, tristemente, parece que en vez de recibir su merecido, es hasta habitual que se jacten y vanaglorien de su hazaña. Es más, algunas instituciones lo han puesto de moda, como la Iglesia Católica...

Es decisión tuya cómo quieres vivir, y no tienes que contar ni explicar nada a los demás, si no lo deseas. Si estás viendo de nuevo a tu ex, si te andas paseando de motel en motel por todo el país, si decides irte a estudiar a otra ciudad, o si sigues viviendo con tus padres con más de treinta años... Nadie tiene derecho a cuestionar la validez de tus prioridades... ni tienes que disculparte ante nadie si no lo sientes, si no te sientes, culpable nadie debe coaccionarte a ello. Tampoco le debes a nadie una explicación por necesitar estar tiempo a solas. Atrévete a vivir cómo realmente quieres, como te gusta... Una enfermedad rara es complicada, un ictus es complicado, una miocardiopatía es complicada, un problema familiar es complicado. Vivir de forma ajena al qué dirán no es complicado. Es más, es una liberación.

Esta sociedad necesita alguien que grite y pare los pies a esos... insensibles. Pero no tenemos ley que lo regule, ni rascacielos desde los que pueda colgarse Spiderman para hacer justicia por nosotros... así que no podemos hacer otra cosa que luchar individualmente para que, al menos hacia uno mismo, ese comportamiento acabe. Te conozco, aunque no te lo quieras creer. Sé que eres una persona valiente, pero no confías mucho en eso, porque tienes miedo. Y te has repetido tantas veces la mentira de que no puedes, que ha acabado por ser verdad.

Quiero que salgas de ahí... de esa trampa. Quiero que seas feliz.

Nos vemos en unos años.

Fuente: El blog de la autora del artículo Minukanews.
Original en: Carta a mi yo de 15 años

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2- 'PowerPoint del día':

Para visionar y/o guardar el archivo PowerPoint, pinchar en: Preguntas sin respuesta.

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martes, 16 de septiembre de 2014

El secuestro del reflejo (segunda parte)

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Vicente Sáez Vallés, paciente de Ataxia de Friedreich, de Zaragoza.

Nota del administrador del blog:

Este relato de Vicente se editará en dos capítulos, en días consecutivos, si en el intermedio no hubiera noticias relevantes de ataxia cuya emisión no admita dilación.

Para recordar: El secuestro del reflejo (primera parte).

- II parte-

Había pasado cientos de veces al lado de la puerta del casino, pero jamás se había adentrado en sus dependencias. Tomó ansioso el pomo macizo de la puerta y lo primero que vio le inundó en una familiaridad enajenante por desconocida: las paredes estaban enmoquetadas con terciopelo rojo, y había unas mujeres, poco vestidas, con lencería fina roja y negra que llevaban bandejas llenas de vasos con bebidas a la gente que rodeaba ansiosa las mesas de juego… ésos estaban pendientes de algún naipe, algún dado, o que la bola de la ruleta se detuviera en una casilla en concreto.

Atravesaba la estancia, llena de opulencia, con la mirada fija en las sorpresas que le aguardaban, y unas mujeres bellas y de proposiciones y de tintineos y de alfombras verdes y azules y vestidos de gala y murmullos de dinero y de: “¡Apuesten, señores!”.

Había un pasillo con un cartel luminoso en forma de flecha que apuntaba a dos puertas rosas con siluetas pintadas de un hombre y una mujer, respectivamente. Atravesó, nervioso, la de los aseos de hombres, y fue directo al lavabo. Sólo había uno bajo un gran espejo: no se pudo ver… sólo vio la estrecha puerta verde de enfrente que daba al inodoro y la puerta por la que había entrado.

Estaba pálido y demacrado… la preocupación le obligaba a una ansiedad sin protagonista. Accionó el grifo, y fue como el interruptor de algo mágico que hizo titilar la luz de la estancia que olía a ambientador del barato.

De pronto, una imagen se formó en ese espejo: era un hombre joven, en una penumbra plana y con movimiento propio y ataviado con una gabardina gris oscuro.

Desde el espejo una voz eléctrica y ronca le saludó:

- ¡Hola!.

No daba crédito a sus ojos, pero le pareció ver una mirada ladina e inquisitiva.

- ¿Has traído el dinero? -la imagen sonreía burlona.

Temblando entregó la caja al espejo. La imagen cogió la caja, tomó los billetes y monedas y los contó, luego lo metió en un bolsillo de su gabardina, y arrojó la caja hacia el interior del lavabo con ruidera impresionante.

Vicente Sáez Vallés
El hombre abrió los ojos cuando vio a la imagen reír: unas carcajadas limpias, sonoras y fantasmales. Se sorprendió tanto, que no pudo resistir, y se desmayó. Cayó aparatosamente al suelo del aseo. La imagen del espejo carraspeó, y saltó ágilmente hacia el cuarto de baño, dónde yacía el hombre, apoyándose en el marco del espejo.

La imagen partió con paso decidido a gastar el dinero en el casino con alcohol, apuestas, y mujeres de dudosa reputación. Al salir, la imagen tropezó con la mano del hombre inconsciente, y, tuvo que detenerse, agacharse, y atarse la zapatilla deportiva, azul y con una estrella amarilla.

-FIN-.

Nota segunda del administrador del blog:

Vicente falleció en el año 2006. Para acceder a una breve semblanza del autor del texto (escrita por su hermana, Cristina, también, como él, paciente de Ataxia de Friedreich), hacer click en: Semblanza de Vicente Sáez Vallés.

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lunes, 15 de septiembre de 2014

El secuestro del reflejo (primera parte)

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Vicente Sáez Vallés, paciente de Ataxia de Friedreich, de Zaragoza.

Nota del administrador del blog:

Este relato de Vicente se editará en dos capítulos, en días consecutivos, si en el intermedio no hubiera noticias relevantes de ataxia cuya emisión no admita dilación.

- I parte-

A esas horas el mundo era incómodo. Levantarse de la cama constituía una enorme gesta donde estaban involucradas la abnegación, la voluntad, y la estupidez de que se reprochara una y otra vez el haberse acostado tan tarde, y lo poco que había dormido. Pero se desperezó, y bostezó escandalosamente en ese viaje al cuarto de baño. Antes de meterse en la ducha, se miró al espejo, y no se vio.

Atónito, hizo varios gestos tontos: se fue y volvió varias veces, y hasta bailó frente al espejo. En el lugar donde suponía que estaba su imagen, no había nada. Su imagen no estaba en el decorado que reflejaba su espejo, pero él sí se veía a sí mismo: veía su hombro, sus manos, su cola... Pero no se veía reflejado en el espejo.

Se preocupaba más y más en una consternación que le quemaba. Se le ocurrió ir a ver al médico, o llamar una ambulancia, ya que el sudor frío se adueñó de su rostro, y la angustia se iba apropiando de su tímida persona. Sin embargo, pensó en vestirse primero.

Lo intentaba, en vano, con otros espejos, y no consiguió verse. Incluso fue a casa del vecino evangelista, pero sólo pudo ver la imagen del vecino y su sorpresa: El bigote del vecino se erizó al pensar que se trataba de un vampiro que no se podía ver en los espejos… ya que, de hecho, los vampiros no se pueden ver en los espejos.

Muy nervioso, sin poder dar fe a esa realidad que le agobiaba, ajustó el cuello de su gabardina gris oscuro y se dirigió a su casa. Vio en el suelo, delante de la entrada de su hogar, un papel que recogió extrañado. Lo leyó con el sinsentido inscrito en su rostro:

“Muy señor mío: Si desea recuperar su imagen en el espejo, deberá personarse en los aseos de hombres del casino, a las 8 de la tarde, con 62.500 pesetas escondidas en una caja de galletas de hojalata. De no hacerlo así, es posible que nunca más vuelva a verla. No avise a la policía, ni a su primo… de nada servirá...”.

El papel era amarillo, mecanografiado con una cinta de máquina de escribir vieja y gastada. Frotó sus párpados, y decidió no hacer caso a lo que le pasó. Fue a afeitarse, y eso le resultó especialmente molesto sin su imagen en el espejo. Por eso, cambió de opinión, y fue al casino con su gabardina gris oscuro de cuello cerrado, dispuesto a entregar el dinero del rescate.

Vicente Sáez Vallés
Curiosamente, guardaba esa cantidad en una vieja caja de galletas azul, con estrellitas doradas, de hojalata vieja. Había ahorrado esa cantidad para comprarse un telescopio que vio expuesto en el escaparate de la tienda de fotografía de la esquina. Poder ver mejor las estrellas y la luna, suponía mucho para él, pero era más importante recuperar su imagen en el espejo. Ató sus zapatillas deportivas azules con una estrellita amarilla, cogió la caja ruidosa de la estantería, y partió valeroso en pos de enfrentarse con ese extraño ladrón de imágenes en el espejo.

(Continuará mañana).

Nota segunda del administrador del blog:

Vicente falleció en el año 2006. Para acceder a una breve semblanza del autor del texto (escrita por su hermana, Cristina, también, como él, paciente de Ataxia de Friedreich), hacer click en: Semblanza de Vicente Sáez Vallés.

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domingo, 14 de septiembre de 2014

El nuevo centro de Atención Temprana de Boadilla del Monte se llamará 'Carolina Juzdado'

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Eduardo Bartrina, para "www.que.es/boadilla-del-monte" (ver enlace al original al final del artículo).

Se trata de una vecina del municipio, que padece Ataxia de Friedreich.

Carolina Juzdado
El Ayuntamiento de Boadilla del Monte ha confirmado en un desayuno informativo que el nuevo centro de Atención Temprana se llamará Carolina Juzdado. Se trata de una vecina de la localidad, afectada por la Ataxia de Friedreich. En declaraciones a los medios, el alcalde de la localidad, Antonio González Terol, ha destacado que Carolina es un ejemplo para todos, ya que se trata de una persona luchadora y, sobre todo, con un gran amor por la vida.

La Ataxia de Friedreich es una enfermedad neurodegenerativa que incide, principalmente, en la capacidad para desarrollar movimientos -andar, hablar, tragar, etc.-, agravándose progresivamente hasta llegar a una incapacidad y disautonomía tales que, entre 10 y 20 años después de la aparición de los primeros síntomas, generalmente la persona afectada está confinada a una silla de ruedas.

Este nuevo centro se pondrá en marcha en el primer trimestre del 2015, gracias a que la EMVS ha decido una serie de locales que se están adaptando para dicho fin. Estará ubicado en la calle Isabel de Farnesio, en un local a pie de calle, para favorecer su accesibilidad. Además duplicará el número de plazas del actual, siendo 40 las que se van a ofertar. y así poder atender a un mayor número de niños.

Fuente original (excepto la fotografía): El nuevo centro de Atención Temprana se llamará 'Carolina Juzdado'.

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sábado, 13 de septiembre de 2014

'La colmena'

Blog "Ataxia y atáxicos".

En uno de los capítulos de 'Las palabras del viento', novela que, por entregas, estamos editando en este blog... y que es autoría de María Narro, pseudónimo literario de Mamen Garcia, paciente de Ataxia de Friedreich, de Guadalajara... la autora citaba la novela 'La colmena', del escritor Camilo José Cela... Sin hacer una citación textual, Mamen la ponía como reflejo de las consecuencias que dejó la guerra civil española, tanto en penuria, como en tristeza, enemistades, y efectos psicológicos, en los años posteriores a la misma (postguerra), especialmente en las grande ciudades, como Madrid, de 1942, donde se ambienta la novela de Cela.

Los aficionados a la literatura, podrán acceder a la citada novela (en texto), pinchando en: 'La colmena', de Camilo José Cela.

Para cinéfilos, también se ofrece 'La colmena' en forma audio-visual, de película. Aunque para asistir a la proyección haya de ser en "el barco que compramos a José de Espronceda". Él/la que no sepa dónde se encuentra, que pregunte. En el blog no se dice, por ser "pecado legal" :-) ¡A lo mejor, nos espía la SGAE! Y, si se enterara, nos dinamitaría el barco, con todos dentro :-)

Quede bien entendido que somos piratas buenos: Aparte de no existir aquí fines lucrativos, la película está tomada en calidad de préstamo: Será borrada en 6 días, a partir de la fecha de emisión de este artículo.

Descripción:

'La colmena', es una película española del año 1982, y 105 minutos de duración. Está dirigida por Mario Camus, con guión de José Luis Dibildos, a partir de una novela de Camilo José Cela. E interpretada por todo un elenco de actores españoles de primera línea: José Sacristán, Victoria Abril, Luis Escobar, Charo López, Ana Belén, Fiorella Faltoyano, Concha Velasco, José Luis López Vázquez, Francisco Rabal, José Sazatornil, Antonio Resines, Francisco Algora, Mary Carrillo, Emilio Gutiérrez Caba, Elvira Quintillá, Luis Ciges, Imanol Arias, Agustín González, María Luisa Ponte, y Camilo José Cela.

Sinopsis de la película: (Extracto de 'Filmafinity')

"Camilo José Cela escribe en el prólogo a la primera edición de la novela: "La Colmena no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad (...) no aspira a ser más que un trozo de vida narrado sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre. Queramos o no queramos. La vida es lo que vive -en nosotros o fuera de nosotros-; nosotros no somos más que su vehículo, su excipiente como dicen los boticarios (...) Su acción discurre en Madrid, en 1942, y entre un torrente, o una colmena, de gentes que a veces son felices, y, a veces, no"".

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viernes, 12 de septiembre de 2014

Alegría de volver

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Belén Hueso Balaguer, paciente de Ataxia de Friedreich, de Aboraya (Valencia).

"La vida no es un problema que tiene que ser resuelto. La vida es una realidad que debe ser experimentada".. (Soren Kierkegaard).

Belén Hueso, con Anna Moner, en la Feria del Libro
¡Ya estoy aquí, primer lunes de septiembre!

¿Qué tal vuestro verano? El mío tranquilo: Aprovechando para leer mucho... escribir... ir a la playa... y no hacer nada. Preparándome para empezar la rutina en un par de semanas.

Estuvimos unos días en Canet d´En Berenguer, que no habíamos estado nunca. Fue fantástico, (casi) todo adaptado: el baño del apartamento, la piscina, la playa... Y eso se agradece y mucho.

Las postas de ayuda al baño accesible son maravillosas. Gracias al personal de la Cruz Roja y al material que tienen, los que tenemos alguna discapacidad o impedimento físico, podemos disfrutar del agua y sus beneficios, que tanto bien nos hacen. Pero, como ya sabemos, no todas las playas de España cuentan con estas postas... (Para otro verano, visita obligada a 'La Arena', Cantabria).

La lectura estrella (entre otras) ha sido la novela valenciana de Anna Moner (véase el enlace): 'Les mans de la deixebla', que ganó el Premi Enric Valor 2010. La disfruté muchísimo, apasionante.

Me pasaré por aquí todos los lunes. Pero si me salto alguno, no me lo tengáis en cuenta: empiezo las clases de primero de Psicología, y tengo un par de proyectos pendientes...

De corazón, gracias por leerme :-)

Os dejo con un vídeo de humor (11 minutos), alojado en YouTube": 'Dani Rovira - Las playas de Málaga (monólogo):



Fuente: El blog de la autora del artículo Papaiona.
Original en: Alegría de volver

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2- Sección 'Vídeo del día':

Belén (sí, la autora del artículo anterior) también se moja por los afectados de la Esclerosis Lateral Amiotrófica, ELA:



¡Esta chica aún no ha aprendido sobre las consecuencias de los sustos en Ataxia de Friedreich: Ha estado a punto de acabar con sus huesos por el suelo! :-)

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jueves, 11 de septiembre de 2014

'Las palabras del viento' (séptima entrega)

Blog "Ataxia y atáxicos".

Mamen García
Por María Narro, pseudónimo literario de Mamen García, paciente de Ataxia de Friedreich, de Guadalajara.
Extraído de 'GuadaQué'... (ver enlace al original en "fuente"... al final del artículo).

Notas del administrador del blog:

Con permiso explícito de Mamen, iremos reproduciendo en este blog los capítulos de la novela 'Las palabras del viento', previamente editados por ‘GuadaQué’, y dejando constancia, en forma de enlace, de la fuente original... Nuestra perioricidad pudiera ser de un capítulo (entrega) semanal. Si bien, no establecemos plazos concretos, ni fechas fijas de edición.

En cualquier caso, cada día a editar, como recordatorio, se consignarán los enlaces a los capítulos ya editados... con el fin de que ninguno de los lectores pueda perderse el hilo de la narración:

1- María Narro publica su novela por capítulos (presentación).
2- 'Las palabras del viento' (capítulo I).
3- 'Las palabras del viento' (segunda entrega)
4- 'Las palabras del viento' (tercera entrega)
5- 'Las palabras del viento' (cuarta entrega)
6- 'Las palabras del viento' (quinta entrega)
7- 'Las palabras del viento' (sexta entrega)


Séptima entrega de la novela de María Narro "Las palabras del viento"


Portada de 'Las palabras del viento'
Mercedes

Pude volver a las Ursulinas el día de Reyes. Sor Dolores me había dejado encima de mi mesilla un pequeño niño Jesús por haber recitado el día del baile. Junto a él coloqué la única foto que tenía con mi hermana.
-Estoy tan perdida -le dije-, tengo la dirección de papá, un número de teléfono para localizar a mamá, la abuela es amable y sabe reírse, pero yo me siento más sola que nunca, no entiendo nada... ¿Por qué me abandonasteis todos? ¿Por qué me dijo papá en su carta que si ya le he perdonado por lo tuyo?

-Porque tú tenías leucemia cuando te moriste –le seguía contando mientras pelaba patatas en la cocina-, tiene que ser algo grave aunque creo que no duele...
-¿Qué haces hablando sola? –me preguntó la hermana cocinera.
-No hablo sola, estoy rezando porque hace mucho frío –dije mientras arrimaba el cubo de patatas y mi silla a la estufa.
Hacía tanto frío que no me quitaba la chaqueta de lana gorda que me había hecho la tía Micaela ni para dormir.

Todas las alumnas volvieron el día ocho y se reanudaron las clases. Fernanda me mandó un trabajo sobre el Doncel y el castillo de Sigüenza, quería que ahondara en su rica historia medieval; pero yo sólo pensaba en el siguiente sábado, mis tres horas libres y la visita a casa de mi padre. “Tal vez haya vuelto ya”, le dije a mi hermana guiñándole un ojo entre las nubes
La vuelta de las alumnas supuso el doble de trabajo. Fregando los largos corredores me daba tiempo a estudiar y memorizar muerta de frío, hasta aquella noche en la que, en mis clases, le hablaba a Fernanda de doña Blanca de Borbón y don Pedro...
-¿Qué te pasa? –me preguntó asustada.
-No lo sé –le contesté temblando incontroladamente.

Ardía de fiebre cuando me llevaron en brazos a mi habitación. El médico me prohibió que me levantara de la cama en una semana, a Fernanda le dijo que parecía una simple gripe, pero que, por mis problemas con la falta de hierro, se podía complicar. Ella le había dicho lo de la pastilla diaria para la anemia.
Sor Dolores mandó a la hermana costurera que me vigilara hasta que desapareciera la fiebre. La primera noche Fernanda estuvo con ella empapando mi frente con paños frescos.
-Menos mal que has vuelto –le decía la hermana a Fernanda al volver del retrete-, ¿qué hago? Dice chillando que es Isabel la Católica y quiere saber si ha vuelto ya Martín Vazqueznosequé.
-No tienes que hacer nada, está delirando... y es Martín Vázquez de Arce.
-De vuestro pueblo ¿no?
-Pues no, hermana, no. Martín Vázquez de Arce era el Doncel de Sigüenza.
-Yo es que a ésta niña jamás la he entendido... ni aun con fiebre.

Me contarían después, que aparte de poner en jaque a medio convento al día siguiente gritando que me llamaba doña Blanca y estaba presa por no conocer en absoluto a mi abuela, la fiebre empezó a remitir poco a poco.

-¿Cómo estás hoy? –me preguntó Fernanda.
-Ya casi estoy bien, mañana empiezo a levantarme.
-Has tenido mucha fiebre –dijo poniendo su mano en mi frente-. ¡Hasta tu abuela quería venir!
-Fernanda... Sor Dolores ha venido a verme y cuando se iba me ha pedido que cuide bien a mi abuela Josefina Bonaparte... y lo peor es que me llama doña Blanca.
-No hagas caso –dijo riendo mientras me arropaba-, la fiebre te ha hecho delirar mezclando tu familia con los estudios.

Tardé días en recuperarme y me costó casi un mes volver a ser la de siempre, la anemia me había dejado muy débil. El frío que hacía en el colegio no ayudaba. Don Cosme, cuando pasó la siguiente nevada, me trajo una colcha de lana cálida tejida por doña Asunción, una gran botella de leche recién ordeñada, una caja de galletas y un bote de Cola Cao. Sabía que mi alimentación no era muy buena.
El primer sábado que ya pude salir Morse me esperaba en la puerta del colegio. Traía una bufanda y unas manoplas de piel de cordero para mí, me las puse después de abrazarle. Era una suerte tenerle allí. Le enseñé la dirección que me había dado Fernanda, y él me llevó hasta el barrio de San Roque.
Delante de una casa grande de dos plantas revisábamos la dirección. Sí, era allí. Un jardín muy bien cuidado junto a un pequeño patio con columpios, me decía que había niños. La puerta principal estaba cerrada, las ventanas de la primera planta tenían todas las persianas bajadas como si no hubiera nadie, pero vi un balcón de la segunda planta abierto y llamé a un timbre demasiado antiguo. Estaba muy nerviosa. Tardaban en abrir; intenté buscar a mi hermana entre las sombras, pero no la encontraba. Miré a Morse levantando las cejas y él volvió a llamar al timbre. Una mujer gordita y risueña abrió la puerta.
-Estaba en la parte de atrás con la radio y no oía el timbre. ¿Qué desean? –preguntó sonriendo.
Me quedé muda, me había hipnotizado o idiotizado su sonrisa.
-Queremos ver al señor Recio –contestó Morse.
-¿Y quién digo que le quiere ver? –preguntó de nuevo sonriendo.
-Su hija –contesté con firmeza.

Nos hizo pasar a una sala muy oscura y subió la persiana. En la pared vi un retrato grande de la abuela Encarna, la madre de mi padre. La señora que nos había abierto la puerta me volvió a mirar con extrañeza y dijo que esperáramos. Olía a cerrado. Morse cogió mi mano y la apretó diciéndome que estaba allí conmigo.
Un señor muy moreno entró en la habitación, cojeaba de una pierna.
-¿Tú eres Merche? –preguntó acercándose a mí-. Sí, claro, tienes los ojos de tu abuela y el pelo de tu madre...
-¿Papá? –pregunté sin reconocer ningún recuerdo.
-No... para tranquilidad de mi mujer soy Miguel, el hermano de tu padre –dijo alargando su mano hacia mí.
Morse estrechó la mano que me ofrecía al ver que yo no hacía nada.
-Soy Morse, pero puede llamarme Javier Salgado.
No sabía quién estaba más nervioso de los dos.
-Está bien, chicos –dijo sonriendo-, sentaos que voy a buscar algo de merendar –y mirándome de nuevo añadió-. Tu abuelo Zacarías se va a caer de culo cuando te vea.

Aquella tarde conocí a la familia de papá. Mi tío Miguel, su mujer Bea y mis primos Josito y Ramón. Me hicieron sentir en casa, en una casa que cada vez conocía menos. Aún no había vuelto mi padre. “Suele trabajar durante un año fuera de Sigüenza y pasa luego meses sin hacer nada. Ahora está en Salamanca pero ésta vez quiere ahorrar para comprar una pequeña casa aquí al lado y traerte a vivir con él, me dijo que te lo había dicho”. Asentí mientras mi tío bebía su chocolate caliente sin dejar de mirarme.
Se oyó abrirse la puerta de la calle.
-¡Maldito frío y malditos huesos!
-Ese es tu abuelo, que viene de echar la partida con los amigos –dijo mi tía Bea saliendo al pasillo a ayudarle.
Un anciano enjuto pero todavía fuerte entró en la habitación; se iba a quejar de nuevo, me dijo luego Morse riendo, hasta que te vio...
-¡Eh... no puede ser!... ¿Alicia? No... ¿Merche?... ¿Mi niña? –preguntó despacio extendiendo sus manos hacia mí.
-¡Sí, abuelo...! –dije levantándome para abrazarle.
Alguna vez tuviste un yayo que te quería más que a nada, me dijo mi hermana desde el cielo.

El abuelo se emocionó tanto al verme que apenas pudo hablar. Sentada junto a él le conté que estaba estudiando en las Ursulinas y que iría todos los sábados a verle, pero no sé por qué no le dije que en realidad trabajaba en el colegio.
Nos despedimos con abrazos y promesas de que ya nada nos iba a separar.
De vuelta a las Ursulinas, trazando caminos de felicidad tal vez, Morse no dejó de robarme besos, o bocados de luna que encendían mi alma.

Dos días después se presentó mi abuelo en el convento. Yo estaba fregando montañas de cacharros cuando la hermana encargada de la portería me dijo que el señor Recio quería verme.
-¿Cuál de los tres? –pregunté con una mirada ilusionada.
-Don Zacarías.
-Es mi abuelo... –dije sonriendo mientras me secaba las manos.
-Sí claro, y Josefina Bonaparte tu abuela...
-Tengo bastante con que se llame Bernarda Alba –suspiré quitándome el delantal, me había enterado por Fernanda esa mañana que mi abuelo era uno de los benefactores del colegio-, llévele a la sala de la televisión, por favor, hermana.

Me esperaba sentado en una butaca de mimbre custodiado por un bastón de madera. Se levantó al verme y le abracé. Arrimé una pequeña estufa antes de sentarme con él. No podíamos dejar de mirarnos...
-¡Hay tantas cosas que me gustaría preguntarle! –dije sin querer atosigar.
-Lo sé, pequeña, y por eso he venido. No sé qué te habrá contado Bernarda, pero quiero que sepas mi verdad...
-No me ha contado nada, aunque sé que no quiere veros ni en pintura.
-Ya... –dijo con los labios apretados-, el rencor se puede convertir en odio si no hay comunicación. Pero, bueno, yo sí te voy a contar... cuando murió tu abuela Encarna... –decía con mis manos escondidas entre las suyas- dejé de tener la cabeza sobre los hombros, después... la enfermedad de tu hermana... y pensar que os podía perder a las dos... el alcohol me hacía olvidar y me apartó del mundo.
-¿Perder a las dos? No entiendo, abuelo.
-Es largo de explicar, mi niña –dijo apoyando la espalda en el respaldo y empezando a mirar hacia atrás-, casi al finalizar la guerra, después de que mataran a mis padres y le cortaran una pierna a mi hijo Miguel, nos fuimos a México. Allí conocí a Esteban... también se había exiliado de España, empezó a estudiar medicina y ahora es un famoso e importante médico en Suiza, nunca quiso volver... Lo que el miedo a una guerra ha unido no lo separa nadie, y aunque yo volví no perdimos el contacto. Cuando nos dijeron que Isabel tenía leucemia... –miró al suelo mordiéndose los labios- hacía un mes que había muerto mi mujer en un accidente de tráfico, conducía yo.
-No es necesario que continúe, abuelo, no quiero verle sufrir.
-Mi querida niña –dijo acariciándome la cara-, algunos recuerdos duelen... demasiado quizás, pero para olvidar o descansar hay que recordar...

Comencé a beber cuando murió Encarna... –siguió contando-, un día llegó tu padre llorando y se me pasó de golpe la borrachera. Llamé a Esteban pues ni en Madrid nos daban una esperanza para salvar a la niña y me dijo que investigaría... algo había oído que hacían en Francia. Imagínate una gota de luz entre tanta oscuridad. Fue culpa mía... agarré a todos y más a tu padre, a la posibilidad de salvar a Isabel. Vendería todo por salvar a mi nieta, la llevaría al fin del mundo si hacía falta. Esteban llamó y me habló de un transplante de médula ósea... necesitábamos un familiar donante... pero hasta entonces, en 1957, ningún transplante había tenido éxito... a no ser que el enfermo tenga un hermano gemelo... ¡Una hermana melliza!, le dije –intenté concentrarme en la cabeza tallada del bastón de mi abuelo para impedir las lágrimas-. Esteban fue sincero... ni aun así el éxito estaba asegurado en aquellos años... y había riesgos, o posibles riesgos que los correrías tú por tener anemia... ¡Fue todo una locura! –dijo llevándose las manos a la cabeza-. Tus padres y tu abuela sólo pensaban en llevaros a Francia hasta que le conté los riesgos a tu padre.
No teníamos nada seguro salvo el miedo a perderos. Dudábamos todos menos Bernarda que nunca me perdonó que mataran a tu abuelo y es más terca que una mula. Volví a beber y dejé a tu padre solo. Tu hermana cada día estaba peor... y murió antes de llevarla a Francia.

No sé cuándo había comenzado a llorar, ni como acabé abrazada a él.


Sor Dolores entró en la sala de la televisión.
-Perdón, don Zacarías, nadie me había dicho que estaba usted aquí –dijo avanzando a grandes zancadas hacia nosotros.
-No importa, hermana –contestó mi abuelo poniéndose de pie mientras se sonaba la nariz-, vine a ver a Merche... ¡Es mi nieta!
-¿Mercedes? –preguntó la madre superiora con extrañeza-, pero si Mercedes es...
-¿Una mala estudiante, hermana? –corté mirándola con preocupación.
-¿Eres mala estudiante? –me preguntó el abuelo mirando la hora-. ¡La asamblea en el ayuntamiento, maldita memoria la mía!

Se fue gruñendo después de darme un beso y decirle a la hermana que ya hablarían. Desde la puerta de la sala me recordó que me esperaba el sábado siguiente. Cuando nos quedamos a solas Sor Dolores me miró con cara de interrogación alzando las cejas. Le conté que hacía trece años que yo no veía al abuelo y que si mi abuela Bernarda se enteraba me haría volver al pueblo. “Pero Fernanda se lo dirá”, me dijo recordando el día que fue a hablar con ella.
-No, Fernanda me puso en contacto con él.
Le pedí tiempo para contarle yo misma al abuelo que en realidad trabajaba y estudiaba en el colegio que él subvencionaba.

Casi cuando empezaba la primavera un primo de Morse que vivía en Sigüenza nos invitó a ver Waterloo Brigde.
En un garaje hacían todos los sábados un pequeño cine. Un cine-club lo llamaban. Se reunían varios amigos y lo pasaban bien, además de poder gozar de cierta intimidad las parejas viendo la película.
Desde que sor Dolores había descubierto que mi abuelo era uno de los benefactores de las Ursulinas me daba toda la tarde de los sábados libre. Pasaba más tiempo con mi familia, y días como aquel podía ir con Morse al cine después de haber estado con ellos. Era lo normal a mis dieciséis años.

El pequeño garaje estaba bastante oscuro; lleno de parejas besándose antes de empezar la película. Pasamos sin hacer ruido entre ellos y nos colocamos en la última fila. Morse hablaba con su primo que manejaba la máquina de cine, estaba justo a su lado. Mientras, yo miraba a mi alrededor recordando la canción que más me gustaba. Bésame, bésame mucho, como si fuera ésta noche la última vez...
Se apagó la bombilla que quedaba encendida y empezó la película. Morse colocó su brazo por encima de mis hombros y al mirarle le besé. Le besé sin prisa en lo que sabía que era el principio. Cuando al protagonista –Robert Taylor- le dan por muerto en la primera guerra mundial, noté a Morse hurgando en mi espalda. En el broche de mi sujetador.
-¡Lo llevas claro! –susurré notando que su mano desaparecía de mi espalda por arte de magia-, lo digo porque el broche está roto, yo tardo una hora para poder quitármelo.
Me abrazó con tanta fuerza al olvidarse del candado roto que casi ahogó mi alma con el fuego de su boca.

Nunca volveré a amar a nadie... dijeron antes de finalizar la película. Apretó mi mano y nuestros ojos se buscaron. Anocheció mientras amanecía cuando encendieron la luz. Él era mi vida, mi universo, mi refugio.

-Creo que he dejado de quererte para empezar a amarte, Morse –le dije coqueteando con la luna mientras volvíamos a las Ursulinas.
-¡Qué cursi eres a veces... y cómo me gustas! –contestó alzándome en brazos y notando que por fin el broche se había abierto.


Mamen García
Bernarda Alba


D. JOSÉ CALVO SOTELO
Murió asesinado en la
madrugada del 13 de Julio
de 1936. RIP
España entera se asocia   
al intenso dolor, y pide
a todos los españoles una
oración por el eterno
descanso de su alma.       


-¡Si no había pocos problemas, parió la abuela! –dijo Jacinto arrojando el periódico sobre la mesa-. Lee, lee la esquela y verás.
-¡Dios bendito, pobre hombre! Y... éste don José ¿quién es?
-¿Que quién es, Bernarda? ¿Qué quién es? –preguntaba Jacinto siguiendo el olor del pastel que estaba preparando su mujer-. Pues un... un parlamentario creo, pero eso es lo de menos, el caso es que era de los nuestros...
-¿De los nuestros? –preguntó la mujer llevándose una mano al vientre.
-Bernarda... –decía viéndola sacar el delicioso manjar del horno de leña- o estás con la República o contra ella, ¿mentiendes? No hay otra opción.

Ninguno... nadie podía imaginar ni una cuarta parte de lo que se escribió en no sé que libro del destino; la barbarie y el odio absurdo entre hermanos que nunca debió haber ocurrido.

Bernarda estaba embarazada de cinco meses y la niña Lucía a punto de irse a vivir con ellos. Su hermana Micaela acudía a su casa todos los días a ayudarla, el médico le había mandado cierto reposo para no malograr ésta vez el embarazo. Aunque no se hablaba con Jacinto desde que descubrió que era amigo de Zacarías, la pequeña Alicia y Juanito la adoraban. Había conocido al argentino y Dolores que con sus trillizos venían de visita muchas tardes, pero quien le hacía bailar los vientos, según decía Bernarda, era don Perico, el maestro republicano. Micaela ya no tenía edad para enamorarse como una chiquilla... pero el corazón es caprichoso e iba casi todas las mañanas a barrer la puerta de la escuela, o a buscar a Juanito y Alicia sólo por verle.

Don Cosme seguía sin aparecer. Había escrito al nuevo alcalde diciéndole que por la enfermedad de su anciano padre tardaría en volver. Antonio, el marido de la señora Felisa, había sido nombrado alcalde hacía seis meses... “Como es republicano no tiene prisa en sustituir al párroco, ¡hay que joderse!”, decía Jacinto. La vida en el pueblo transcurría entre dimes y diretes pero sin misa, o entre malas caras pero sin golpes. Rencores sí, rencores callados muchos.

Los que menos aguantaban la falsa armonía del pueblo eran los chavales de quince años, sobre todo Juanito y Sergio, el hijo mayor de la señora Angustias. Esos dos que se la tenían jurada desde que el maestro quitó el crucifijo del colegio. Se saludaban a empujones, se daban patadas cuando no los veía nadie, y encima a los dos niños les gustaba Carmina, la hija del alcalde.
-Tú eres hermano del cacique, chaval. A Carmina y a mí nos gusta la Pasionaria...

-Pasionaria ni leches –decía Bernarda mientras curaba la nariz a su cuñado- ¡y yo que sé quién es esa! Si es una mujer que se dedica al politiqueo mal vamos... y te me olvidas de todas las Pasionetas del mundo, pero ya... y te me metes en tu dura mollera que tu hermano no es ningún cacique pues fue el más pobre de tós hasta que os dio la herencia vuestro tío. No hay que defenderle de porque nunca ha robado... ni se cree el amo de nadie... tiene jornaleros y bien remajas que tienen sus casas tós. Lo que pasa es que tu hermano no es tonto –le seguía diciendo cuando acabó de curarle-, no le gusta que le quiten lo que es suyo y no se calla. Amás... –dijo volviendo sobre sus pasos pues ya se iba a guardar el botiquín-, y ahora te voy a hablar en primera persona: a mí el maestro me quiere atontar la cabeza, pero tu hermano, tú, Alicia, la niña Lucía, el bebé que viene y mi hermana me sujetáis los pies al suelo... ¡Porque siempre ha habido pobres y ricos, Juanito, mande la República, la pasioneta, los de izquierdas o derechas o el Cristo bendito...!


El sábado veinticinco de Julio por la tarde Jacinto llegó muy pálido a casa. Mientras segaba con sus hombres había visto entrar en Sigüenza a cientos de soldados armados, primero muchos y luego más. Ordenó a su familia que se quedara en casa y él se fue a la escuela por si don Perico sabía qué estaba pasando. No le encontró, pero oyó una radio demasiado fuerte que provenía de casa del señor alcalde, tenían una ventana abierta y se veía a varios del pueblo pendientes de las noticias.
Jacinto se apoyó en una esquina de la casa concejo y encendió un pitillo. Se hablaba de un alzamiento militar. Vio acercarse al Satur y al argentino con las manos en los bolsillos, no había nadie más en las calles. Los tres fumaron en silencio aquella noche de principios de verano del  36.

Dos días después subió a Sigüenza para hablar con Zacarías, y allí terminaron sus dudas. Estaban en guerra. Acababan de matar al obispo, don Eustaquio Nieto Martín, y al limosnero de la catedral. Soldados con fusiles hasta los dientes paseaban las calles con tanques. Escondiéndose llegó a casa de su amigo...

-Las tropas de Franco se acercan y esto es un polvorín a punto de estallar –le dijo éste mientras cargaba el auto con su familia ya dentro.
-¿Las tropas de Franco? ¡Los nuestros!
-¡Escúchame bien, pregonero, qué te arreo una leche! –Zacarías sólo le llamaba así cuando se enfadaba-, aquí no hay nuestros que valgan, nadie sabe quién ha matado al obispo y al deán. Los nacionales están ya casi en Alcolea y van dejando un reguero de sangre. No se sabe quién es quién... Mira –le dijo subiendo al auto- yo me llevo a mi familia a Pelegrina y tú coge a tu mujer y los niños y métete en casa... y ni se te ocurra venir por aquí hasta que Franco tome Madrid.
-¡Será cosa de meses, ya verás! –dijo Jacinto viéndole marchar.

Bernarda quiso que su hermana se quedara con ellos mientras durara aquella locura de muertes, sangre y miedo. El asesinato del obispo y de Anastasio el limosnero, había sido demasiado grave para ella. “No les bastó con matar curas en Oviedo, ahora me matan al señor obispo de mi Sigüenza... ¿Qué más puede pasar en una guerra?”, preguntaba acariciando su vientre.
-¿Qué es una guerra, mami? –gritaba la pequeña Alicia, cansada de aquel silencio y sin poder salir, desde su caballito de madera.

Casi a finales de Septiembre y cuando la comida les empezaba a escasear porque los soldados les quitaban su ganado para comer, Micaela llegó del río llorando. Venía de lavar y allí se enteraban de todo.
-¡Dame el carro! –le ordenó a su hermana-, me voy a por mis hijas y la niña Lucía a Sigüenza  ¡Ya no aguanto más...!
-No puedes, Jacinto ha prohibido a todo el mundo subir allí.
-Me importa dos mierdas lo que diga tu Jacinto. El mes pasado cuando los nacionales asaltaron el pueblo y se profanaron iglesias quise ir a por ellas, y tu marido no me dejó. Ahora sé que mis hijas de leche están pasando hambre en el hospicio, desde que bombardearon las vías del tren no llegan alimentos y cada vez hay más refugiados... ¡tú los viste pasar por aquí! La aradio del señor alcalde no dice nada, pero la mujer del cartero ha dicho que se están violando monjas y matando curas y frailes por toda España... y yo me voy a por mis hijas porque la creo –dijo encaminándose a la cuadra mientras lloraba-,  y si no quieres que nos quedemos aquí nos iremos a mi casa...
-Voy contigo –le dijo Bernarda quitándose el delantal.
-Estás embarazá y te quedas aquí...
-Pero no estoy enferma y en mi casa mando yo. ¡Mete un cordero al carro pal hospicio!

Dejaron a Juanito cuidando de la pequeña Alicia y las dos hermanas partieron hacia Sigüenza aquel veintinueve de septiembre, a primera hora de la mañana.
Llegaron por el camino del pinar esquivando a los soldados. Escondieron el carro y las mulas en unos matorrales y cogiendo al corderillo siguieron andando. Cerca de la plaza Mayor empezaron a ver ruidosos aviones en el cielo. Había mucha gente en las calles mirándolos con curiosidad, hasta que soltaron la primera bomba. Entonces todo se convirtió en pánico y carreras. Las bombas caían por todas partes...
-¡A la catedral, Bernarda, corre! –dijo alguien agarrándola con fuerza de un brazo.
-¡Mi hermana, Zacarías! –le suplicó cuando vio su cara.
El hombre salió corriendo y regresó con la mujer que llevaba el corderillo en brazos.
-¡El puto cordero que se había escapado! ¿Dónde está Jacinto? –le preguntó a Bernarda.
-No sabe que hemos venido –respondió abrazando a su hermana.
-¡Estáis locas! –sentenció mientras se iba a ayudar a los heridos que iban entrando en la catedral.

Seguían cayendo bombas entre llanto y miedo. Las dos mujeres también ayudaban después de haber dejado el corderillo atado a un banco. Era imposible salir de allí hasta que no anocheciera, los bombardeos eran intermitentes y había mucho que hacer curando heridos y consolando a los niños.
Las noticias que les llegaban de fuera de la catedral resultaban un tanto confusas, estaban destruyendo Sigüenza y había cientos de muertos por las calles...
Después de muchas horas consumidas por el miedo encontraron a Fernanda sentada en un rincón de la catedral con las piernas abrazadas. Estaba como ida, perdida, desencajada. Bernarda, exhausta de cansancio, intentó hacerla reaccionar pegándola dos cachetes...
-¡Han destruido el hospital y el hospicio!... No queda nada... ¡Han matado a todas las monjas y los niños...! –gritó alguien con un dolor inconcebible.

Abrazó a Fernanda con todas sus fuerzas mientras empezaba a sentir un agudo dolor en el vientre que no la dejaba respirar, y veía a su hermana sujetándose en la pared. 

Zacarías acompañó a las tres mujeres al carro cuando anocheció. Ambas hermanas abrazaban a Fernanda, que seguía mirando al vacío, sin dejar de llorar; las vio partir y él también huyó de aquel infierno. Necesitaba a su familia.
Al llegar a su casa Satur y el argentino aún hacían compañía a Jacinto. Las daban por muertas, Juanito las había oído decir que iban a Sigüenza, entre todos tuvieron que pararle para que no fuera a buscarlas....
-Satur, trae a tu mujer –le pidió Bernarda con los labios apretados.
-¿Para qué? –preguntó al mismo tiempo que veía la sangre correr por sus piernas-. Ahora mismo.

El bebé era un niño demasiado prematuro.
Le enterraron dos días después junto al recuerdo de Pilar y la niña Lucía, del niño Damián que se puso tan contento con sus muletas nuevas de madera, y el recuerdo de tantos otros... tantos otros.

Las pesadillas siguieron al bombardeo de Sigüenza en casa de Bernarda. Los niños habían visto desde lejos el rugido de los aviones, las bombas y nubes de humo negro que lo llenaban todo. Estaban solos y se fueron al campanario de la iglesia para ver si desde allí divisaban todavía a las mujeres para gritarles que volvieran a casa. Los hombres llegaron del campo corriendo y les encontraron en la calle. De la mano, con la cara manchada de miedo y llorando...
Al luto y la desgarradora pena por los que habían muerto, se sumó el llanto de la pequeña Alicia cuando la separaban de su madre, o alguien apagaba la luz. Juanito... Juanito sin embargo se estaba convirtiendo en un hombre, entre lágrimas y miedo, pero capaz de matar a quien volviera hacer daño a su familia. Y eso asustaba, porque se le veía en los ojos.

Tenía quince años y la guerra no había hecho nada más que empezar.


El día ocho de octubre Jacinto se acercó a Pelegrina a por leña, ató bien a la yegua parda porque estaba muy nerviosa. Se oían con claridad los cañonazos...
-Me marcho a Sigüenza –le dijo Zacarías cuando le vio-, quiero que lo sepas...
-No creo que debas ir.
-¿Oyes?... ¿Lo oyes, Jacinto? Están cañoneando la catedral, me han avisado hace un rato...
-¿La catedral? ¡No me jodas! ¿Quién?
-Los nacionales, o rebeldes, o las tropas de Franco porque son los mismos.
-¿Pero por qué? Zacarías, tío, que yo ya no entiendo nada...
-Y lo peor es que hay más de setecientos civiles dentro, mujeres y niños casi todos.
Jacinto lanzó el hacha para cortar leña lo más lejos que pudo. Se sentó en una piedra mientras gruesas lágrimas resbalaban por su cara sin afeitar. Su amigo encendió un cigarrillo y se lo pasó.
-Harán lo que sea por tomar Sigüenza, y los otros por no rendirse –decía Zacarías acuclillado a su lado-, los milicianos que quedaban se han refugiado en la catedral... hasta que traigan refuerzos, el ejército imagino.
-¿Los van a matar a todos? –le preguntó con la voz achicada de terror.
-Cuida de mi familia, Jacinto –le pidió apretando su hombro-.Volveré en cuanto pueda.

(Continuará)

Fuente original en 'GuadaQué': Las palabras del viento - María Narro - capítulo 7.

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