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miércoles, 18 de enero de 2017

La memoria estéril de Canfranc (Primera parte)

Blog "Ataxia y atáxicos".

Por Vicente Sáez Vallés, paciente de Ataxia de Friedreich, de Zaragoza.

Nota histórica del administrador del blog - Extracto de Wikipedia:
La Estación Internacional de Canfranc es una estación de ferrocarril situada en el municipio español de Canfranc (Huesca), muy cerca de la frontera con Francia. Se inauguró el 18 de julio de 1928. Declarada Bien de Interés Cultural, está catalogada como monumento desde el 6 de marzo de 2002.
Dispone únicamente de servicios de Media Distancia, operados por Renfe, que la unen con Zaragoza. También ofrecía conexiones internacionales con Francia, pero éstas quedaron suspendidas el 27 de marzo de 1970... cuando un tren de mercancías descarriló del lado francés provocando el derrumbe del puente de L'Estanguet, con la consiguiente interrupción del servicio entre ambos países. Desde esa fecha, el transporte de viajeros se hace únicamente por carretera.
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Estación de Canfranc

La memoria estéril de Canfranc (Primera parte):

A pesar de estar en pleno julio, de pasar un calor sofocante durante ese agitado día, y tener el verano más asfixiante -como todos los veranos- que nunca haya vivido, esa noche hacía frío. Tenía frío... y los demás se quejaban de frío. ¡Claro, son las montañas! En pleno Pirineo, los más altos picos entre España y Francia. Eso es lo que pasa en Canfranc.

- Me han dicho que las casas viejas que están pintadas de rojo son españolas, y las pintadas de azul son francesas -me dijo.
- ¿Son...? -pregunté tímido al oído.
- Bueno, eso... ¡No sé! Lo fueron así.

Vicente Sáez Vallés
Los grillos daban el golpe orquestal al misterio de la nueva madrugada y a la espera del ferrocarril fantasma. Se había reunido una gran romería para presenciar la llegada, o posible llegada, del tren verde flúor a la vetusta estación de Canfranc. El silencio ganaba a la muchedumbre, que por ser tal, no tenía miedo, y se apoyaban unos a otros en medio de dos culturas infinitamente dispares. La boca de un túnel que separaba dos Historias, con mayúsculas, era más negra que nunca.

- ¿Es que no puedes pensar en otra cosa? -dije a mi joven amigo que me indicó el soberbio trasero que tenía la joven del pantalón rojo ajustado.
Los raíles brillaban a la luna llena. El cielo se veía sin nubes. Y las personas habían encendido fogatas, asaban chorizos, y sonreían. Mientras, traviesas y hierbajos olvidaban el abandono: la memoria estéril.
- ¡Cuánto personal ha venido! -abrió la boca la foránea madura-. Parece que todos esperaban lo mismo.
Yo la miré nervioso, al saber, por boca de mi amigo, que era periodista y trabajaba en un periódico interesado en la noticia.

Él y ella se besaron, entre las afiladas piedras blancas como fondo. Supuse que eran algo más que colegas de profesión periodística, o dos simples personitas interesadas en las profecías de Canfranc.
Me sentí sólo entre un centenar y medio de personas que habían encendido sus fogatas. Yo era el punto apagado del techo fulgente y plateado de la más hermosa estación de trenes que conociera. Además, esa noche había gente como cuando vas a una estación en una hora punta y con el murmullo incesante de quienes no se conoce y que viene y va. Salen y llegan sin pararse a pensar que ya han llegado. Me noté tristón, solitario, sin ese dúo hermético que tenía a pocos centímetros de mi destemplada figura: El frío parecía ser la excusa perfecta. No hablaba si no me lo pedían, y me lo pidieron:

- Sé muy poco de todo esto. ¡Porfa...! Cuéntame de qué va... ¡Cómo si yo fuera a leer el periódico! -ella mantuvo sus manos bajo el jersey de una lana cariñosamente marfil, y con un rostro enrojecido por la gélida temperatura.
- ¿Cómo te llamas? -ésa fue toda la simpatía que localicé, en un recuento interior, a las tres de la mañana.
- Es verdad... ¡Tan amable en acompañarnos, y tú, tan soso como siempre, y no nos presentas, Pepe! -me sonrió con su gentil naricita en la penumbra.
- ¡Hombre! Lo primero es lo primero... -volvió a abrazarla, y le palmeó el trasero, mientras reía.
Ella sintió vergüenza a posta, y dijo, zalamera:
- ¡Ay, qué pegajoso eres...! Me llamo Marga...
La chica se apartó de Pepe, y me percaté de que llevaba unas medias negras tupidas y nada más que el jersey, porque con el salto brusco, le vi el ombligo.

En la lejanía, se oyó un potente claxon de tren. La gente se calló. Las vías de metal no vibraron, pero se pensó si el tren fantasma llegaría. Nadie creyó en la posibilidad de una falsa alarma. Yo sí: Tenía la convicción de que no hacía falta que se cumpliera la profecía para que todo se silenciara ante tanta belleza. Estaba enamorado de Canfranc y su túnel negro. Además, basta que los hombres esperemos un tren, para que sólo percibamos los sonidos que nunca percibimos. No solemos imaginar cómo será el vehículo y las ilusiones y experiencias fantásticas que llevará dentro...

- ¡Eh tú! ¿En qué planeta estás? -me asaltó Marga que quería oírme.
- Déjalo, está agotado... -me defendió Pepe.
Y, a la vez, aprovechó la indiferencia para hacer alguna de sus payasadas: Se tumbó en aquel suelo hostil y, pegando la oreja derecha al raíl oxidado, dijo con el rostro serio:
- El cargamento es de doscientos kilos en oro. Nos apoderamos de él y... repartimos -rió con acento mexicano. Marga le miró con fastidio, y le dio una patadita en la espalda.
Pepe se hizo el muerto, con los riñones aplastando un arbustillo de ortigas...
- Eres un payaso, Pepe -Marga frunció el ceño y me pudo mirar.
Pepe seguía riendo en el suelo.

- Son muchas casualidades juntas. Mira, yo fui a Ginebra, a Suiza, a ver a mi cuñada que es médico y está estudiando una especialidad relacionada con el cáncer, y en ese hospital había una enferma mental internada...
- ¡Una tía loca que la llevaban medio dormida todo el día, porque se daba de cabezazos contra las paredes...! -me interrumpió Pepe, más entusiasmado de lo normal- ¿No me dijiste que estaba muy buena?.
Asentí.
- ¡Cómo un tren, me dijiste!.
- Sí, pesado... ¿Podríamos ir a sentarnos en aquel banco, al lado de la farola?.

Estación de Canfranc

Ella nos tomó del brazo, se colocó en medio de los dos respirando fuerte, y salió dando pasos cortos, hacia el círculo mágico de luz, dónde no parecía haber nadie. Asemejaba ser un paseo por otro mundo, otra gravedad. La oscuridad... la luna de julio... el caminar entre las vías moribundas... los enormes saltos en el plano de las piedras en las traviesas de ferrocarril... la espera del tren fantasma... el murmullo hueco de docenas de personas expectantes... el silencio roto de antiguos andenes y hangares... demasiada belleza para no abrumar a un romanticón como yo.

Marga, fuerte, siempre llevaba la conversación a sus fines: vulgar deformación profesional.
Pepe y yo nos sentamos en el banco, pero ella afirmó llevar el culo blando de estar en autobús todo el día en el viaje desde Madrid, y quedó de pie, mirándonos desde más arriba.
Pepe sacó su sofisticada cámara de fotografiar de su bolsa de imitación de piel, con mil cremalleras. La manipuló para introducir película más sensible y fotografiar la noche, según dijo.

(Continuará mañana).

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Nota final del administrador del blog:

Vicente falleció en el año 2006. Para acceder a una breve semblanza del autor del texto (escrita por su hermana, Cristina, también, como él, paciente de Ataxia de Friedreich), hacer click en: Semblanza de Vicente Sáez Vallés.

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