Por Carmen Ramos Añón, paciente de Ataxia de Friedreich, de Sevilla.
Extraído (excepto gráficos) del blog de la autora: "minukanews". Fecha 28/02/2012.
Original en: Un contrato llamado amistad.

Firmar un contrato de amistad con una persona va más allá de acompañarla al baño en las fiestas del colegio. Y mucho más allá de chocar coca-colas escuchando un concierto de rock. Va más allá del beso de una tarde, o de las conversaciones de una noche de invierno tumbados en el césped del parque. Ese convenio va más allá de gritar y saltar a la vez, dejándose la voz en una canción. Es más que hablar de tu ex y criticarle por lo estúpido que fue contigo. Es más que que identificar las conductas de tu ex con el ex de la otra persona.
Es sabido que en el contrato de amistad va incluida una cláusula que obliga al intercambio de cualquier articulo útil para mejora del look, y se define la duración del mismo desde el día del préstamo, hasta el día de “¿me prestas mis converses blancas que tienes desde hace ocho meses?”... y ni eso te garantiza la devolución. En el pacto de amistad uno sabe que tiene que compartir las alegrías de "me llamó", o "me escribió... de risas y "ayúdame a conquistar a ese guapete"... o las tristezas de "el maldito guapete no se dejó conquistar"... de volver a compartir con la misma alegría de las 67 veces anteriores la noticia de que le llamó... y oír, otra 67, qué le dijo cuando la telefoneó.
Y una empieza a compartir tiempo. Una se descubre compartiendo viajes, risas, el cepillo de dientes, y hasta la vida entera. Y comparte todo con dirección a la honestidad interior, a la que sólo los verdaderos amigos pueden llegar, a las frases de “¿qué mierda te has hecho en el pelo?”, o “¡puta!”, o “estoy cagando, llámame luego”, o “tu armario está muerto, colega”, o “yo también te quiero, cabrona”, o ”¿no te gustan las fotos?, ¡sonríe!”, o “tienes aire felino”.

En la parte que no se lee del contrato, está ver a tus seres queridos caminar al precipicio al que una le advirtió que no fuera, y que si iba, no había que tirarse. Y esperarlas con una sonrisa frustrada, enternecida y furiosa de “te lo dije”, y reanimarle el corazón. Y, claro está, dejar que hagan lo mismo conmigo... También está ahí, querer a ese perro desgraciado, que no es hombre, ni da la talla, porque es un cobarde, pero que yo escogí querer, porque, en el fondo, tiene buen corazón, y en vez de patearlo, sonreirle. Está la difícil tarea de no olvidar lo que por amor siempre se olvida: la de respetarse lo suficiente como para aconsejar sin influir en la decisión de nadie... dejar que cada cual piense por sí mismo, decida por sí mismo, y se equivoque por sí mismo. Superar la protección exagerada, y estar ahí por si, efectivamente, nos equivocamos.
En el contrato de amistad está todo lo dulce, y todo lo amargo. Están los días de energía, y las noches agotadoras. El convenio de amistad se hizo para regalar autoestima, y decirle a la pesada de tu compañera “no estas gorda, todo va estar bien, y ya llegará uno que valga la pena”. Para compartir silencios, tardes de tonterías, películas de robots alienígenas, y noches sin dormir.

Soy humana, soy pequeña, padezco Ataxia de Friedreich, soy vulnerable, y carezco de sentido en este mundo de locos. Pero. a pesar de todo, reivindico mi derecho a querer, y a ser querida. Tengo pocos amigos, lo sé, pero son verdaderos... y espero que sean tan conscientes de ello como yo.
¿Qué haría sin vosotros? =)
********************
2- Sección "PowerPoint del día":
Seguimos con la amistad :-)
Para visionar y/o guardar el archivo PowerPoint, pinchar en: Amigos para siempre.
********************
"¡A los desertores... ni agua!" :-)
ResponderEliminarGracias, Carmen.
Un abrazo.
Miguel-A.
¡Pues claro! ¿Qué se han creído? jejeje
ResponderEliminarGracias a ti ^^
Un besote.
Carmen.