La pagina web de "Ataxia y atáxicos" (información sobre ataxia, sin ánimo de lucro) es: http://www.ataxia-y-ataxicos.es/


jueves, 15 de agosto de 2019

23- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Autobiografía, segunda parte)

Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Notas:
Esto es la autbiografía de un atáxico, como se dice en el titular. No es un trabajo nuevo, sino un cambio desde el formato web, al de blog, buscando la seguridad "de enlaces permanentes". Sin embargo, no ha sido tan fácil el cambio como un copy-paste: He estado dos veces a punto de tirar la toalla.
La redacción nunca fue concebida como autobiografía en sí, sino como serie de artículos individuales. Mi objetivo era decir a los demás atáxicos que la vida con ataxia es difícil, pero no imposible. Y, con el paso del tiempo vemos cómo nos hemos agobiado por cuestiones nimias al lado de nuestras dificultades actuales. Y hasta aprendemos a reírnos de nosotros mismos.
Se podrá apreciar cómo la autobiografía se corta mucho antes de apagarse mi vida. Es cierto: Choqué contra un escollo insalvable: No es ético biografiar acontecimientos en los cuales habría de referir comentarios negativos relativos a terceras personas
.

Enlaces a capítulos de esta autobiografía:
1- Autobiografía (Primera parte). &&&&& 2- La escuela rural. &&&&& 3- Santo Domingo de Silos. &&&&& 4- Segundo fracaso. &&&&& 5- Al volver la vista atrás, (I). &&&&& 6- Al volver la vista atrás, (II). &&&&& 7- Al volver la vista atrás, (III). &&&&& 8- Al volver la vista atrás, (IV). &&&&& 9- Tiempo cero. &&&&& 10- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, I. &&&&& 11- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, II. &&&&& 12- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, III. &&&&& 13- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, IV. &&&&& 14- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, V. &&&&& 15- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VI. &&&&& 16- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VII. &&&&& 17- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VIII. &&&&& 18- Mi voz disártrica, I. &&&&& 19- Mi voz disártrica, II. &&&&& 20- Mi voz disártrica, III. &&&&& 21- Mi voz disártrica, IV. &&&&& 22- Mi voz disártrica, V. &&&&& 23- Autobiografía (II parte). &&&&& 24- Curanderos y ataxia. &&&& 25- El sexo de los conejos. &&&&& 26- Autobiografía (III parte). &&&&& 27- Autobiografía (IV parte). &&&& 28- Hispano-Ataxia e HispAtaxia. &&&& 29- Autobiografía (V parte).

*****

23- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Autobiografía, segunda parte)

El cambio del Seminario al pueblo fue para mí bastante traumático, pero no por la dura actividad de las labores del campo, sino por las circunstancias físicas y psicológicas de mis dificultades personales. Desde niño ya había trabajado duramente en la recolección durante los meses de verano y no me espantaba la dureza de las labores. Sin embargo, se unieron numerosas circunstancias para hacerme pasar un tiempo realmente malo.

En primer lugar, mi familia tomaba al pie de la letra las observaciones de los Doctores. Era visible con ostensible claridad que nadie confiaba mínimamente en mí. Oficialmente, yo era un tipo enfermo de los nervios y poco de fiar. Los trabajos a mí encomendados iban destinados solamente a mantenerme entretenido por la terapia de recomendación médica. En el fondo, mis labores carecían de rentabilidad y, por nada del mundo, me hubieran dado una tarea de responsabilidad. ¿El tractor?.¡Ni pensarlo!. ¡A lo mejor yo atropellaba a medio mundo!.

 La terapia correcta de estos casos es justamente la contraria de la llevada a cabo: fomentar la autoconfianza del individuo, y eso es imposible si la persona ve carencia de confianza en ella por parte de los demás. Y no es que mi familia no me quisiera. Ellos hacían lo que habían entendido a los Doctores con la mejor de las intenciones. Y una muestra del cariño de mi familia fue que me llevaron  a consulta a una clínica privada de Madrid. Y eso para una familia pobre, al principio de lo años 70... los honorarios médicos, más ir a Madrid en taxi, suponía un pastón... lo suficiente para verse en la necesidad de hacer equilibrios económicos durante el resto del año.

Bueno, lo de ir en taxi no es del todo correcto: solamente fuimos una vez de ese modo. Luego fui en tren, yo solo. En la segunda  ocasión, por mi aparente adolescencia, a pesar de mis 19 años, me hicieron una enorme putada que jamás se hubieran atrevido a hacer a ningún adulto, ni de haberme acompañado mi familia: El día en que había sido citado, después de pasame la noche viajando semidormido en los asientos del frío compartimento de un vagón, me presenté a las 10:00 de la mañana en la clínica, y entregué los papeles a la recepcionista. Me mandó a la sala de espera.

A pesar de que yo iba por allí cada dos horas a ver que pasaba con mi caso, ella me seguía mandando esperar. Ya anochecido, me dijo que el Dr. no podía atenderme aquel día, que volviera al día siguiente (sin calificativos para clínica y Drs... porque iba aquí a llamar puta a la recepcionista, pero a lo mejor es la que menos culpa tiene). Le pregunté por un hotel cercano. Respondió que ella no vivía por allí y no conocía aquella zona.

De noche no me atrevía a callejear e ir por ahí preguntando, porque me hubiera perdido, y decidí desandar el camino conocido hasta la estación del tren con idea de dormir en ella en un banco. Primero un viaje en autobús, luego uno de metro, eran el trayecto. Al descender del autobús en Cuatro Caminos para ir a la estación y tomar el metro, vi un letrero que decía "Pensión". Se puede suponer que para mí fue como ver la gloria del cielo :-) ... y sólo por 300 cochinas pesetas :-) . Dormí de un tirón tras no haber dormido en cama la noche anterior.

Los resultados de los nuevos Doctores no cambiaron el diagnóstico existente, únicamente se empeñaban en incrementar las dosis de sedantes.

Por otra parte, mi nivel de inteligencia, no exenta de dedicación, en el Seminario me concedía un prestigio, y allí disfrutaba de un respeto que aquí en el pueblo tenía que ganarme. ¿Pero cómo?. ¡Si ni siquiera podía gozar de un mínimo de confianza!. Otro problema a añadir era mi escasa constitución física. Yo aparentaba casi 4 años menos de mi edad real. Eso no había sido un problema en el Seminario, pero aquí si hube de ver numerosos desprecios por ese simple motivo. Probablemente la diferencia de tratamiento se debiera al diferente nivel cultural, o la observación de la rígida disciplina allí imperante.

Aunque en el fondo, he de reconocer que la escasa constitución física ha marcado mi vida posiblemente aún más que la Ataxia de Friedreich. Y es que ya no era sólo un enfermo nervioso, era débil y torpe, y, como vulgarmente se dice, nadie hubiera dado un duro por mí.

Comenzaron a dejarme el tractor... más por necesidad (pues mi padre ni tenía carnet ni se había preocupado por aprender a manejarlo), que por confianza.


Uno de los trabajos de aquellas recolecciones, dos años antes de que comprásemos la cosechadora, consistía en llevar las nías a la era: uno de los trabajadores las subía con una horca de mango largo y otro las acomodaba en el remolque. El primer trabajo... carecía de fuerza y me agotaba... y el segundo trabajo... bueno... ninguno de los dos es compatible con la Ataxia de Friedreich.. Y yo la tenía... y bastante visible además... pero la ineptitud médica no acertaba a diagnosticarla. La labor citada comenzaba a las tres de la mañana... a oscuras... (de todos los pacientes de ataxia es sabido el negativo efecto de la oscuridad en ellos), y sobre las nías: una superficie blanda e inestable, parecida casi a una cama elástica para los efectos en mí... yo pasaba más tiempo desequilibrado que de pie... mi padre me gritaba porque tardaba en recoger los brazados que me daba con la horca de mango largo... por fin todo se me caía del remolque de tanto bailar sobre ello en mi lucha por mantener el difícil equilibrio de un atáxico... lógicamente mi padre se cabreaba y acababa llamándome "inútil". Eso fui durante dos años, un "inútil". Y no porque que me lo llamasen, sino porque yo me lo había creído.

Poco a poco, demostré a mi familia que era un tipo muy fiable. Y una cosa eran mis deficiencias que eran ajenas a mi voluntad (que nadie sabía por qué estaban ahí), y otra distinta mi interés suficientemente demostrado. Mi padre, posiblemente porque yo era el único varón de la familia, comenzó a contar conmigo de una forma extraordinaria reconociendo como óptimas mis ideas favorables a la petición de préstamos. Contratamos la construcción de una casa. Y saqué el permiso de conducir.

 Tener un automóvil entraba en nuestros planes familiares y, por supuesto, en los míos personales. Sin embargo, no era prioritario... habría de esperar. Nuestra economía de momento estaba hipotecada en otros asuntos.

Yo, por estas fechas, aún andaba en bicicleta, no exento de algunas dificultades. Años atrás habíamos comprado una bicicleta, BH azul, para uso familiar. La utilizábamos todos, incluida mi madre. A mí me había costado muchísimo aprender a montar en ella. Incluso, recuerdo que mi hermana, un año menor que yo, aprendió antes, y para vergüenza mía, a veces me llevaba, como paquete, en el sillín posterior. Pero al fin y tras muchas caídas había aprendido a manejarla. Cierto que, por la incipiente Ataxia de Friedreich, nunca tuve las habilidades con ella de otros chicos de mi edad: jamás pude soltar las manos del manillar, frenar en seco, levantar la rueda delantera, alcanzar sus velocidades, cambiar vertiginosamente de dirección, subir cuestas empinadas, o meterme con ella por terrenos escabrosos.


Aunque me faltaran reflejos, salvo el pronto cansancio y sensación de ahogo, no tenía demasiados problemas en carretera: yo me ceñía a circular por la derecha a un metro de la orilla sin preocuparme lo más mínimo de quién viniera por delante o por detrás... también es verdad que aquí las carreteras tenían muy poca circulación. Y utilizaba mucho la bicicleta por necesidad, pues había que salir a otros pueblos para todo: médico, veterinario, farmacia, secretarios, mecánicos, cajas de ahorro, compra de alimentación, etc. Más problemas tenía con la bicicleta en los caminos rurales de acceso a las fincas agrícolas. La mayoría tenían algunos rodales hechos por los tractores cuando los caminos se encharcaban en invierno. Era necesario circular por arriba... una especie de sendero. Eso sí era dificultoso para mi ataxia o preataxia, pero me lo tomaba como un reto.

Recuerdo que un día de mucho frío y de fuerte viento fui por uno de estos caminos rurales a una población 5 km. al norte a que el secretario de la Hermandad (sindicato) me hiciera unos trámites respecto a unas fincas que allí sembrábamos. Al ir con el fuerte viento de cara, la bicicleta, aparte de mal camino, apenas avanzaba y me exigía mucho esfuerzo pedaleando.
- ¿Cómo has venido hoy con el mal tiempo que hace? -me preguntó el secretario.
Hizo el papeleo y lo firmé, pero faltaba un dato: el número del carnet de identidad de mi padre. Por supuesto, por entonces no disponíamos de la facilidad de comunicar el dato por teléfono. Así que me dijo:
- Te falta el número del carnet de tu padre. Ya me lo traerás otro día que haga mejor tiempo. Aún queda una semana de plazo.

De regreso, la bicicleta y yo, impulsados por el fuerte viento, volábamos. Sin esfuerzo, llegué a casa en un santiamén. Y me dije: "ni otro día ni inventos, ahora mismo vuelvo y le llevo el número que me ha requerido". Y así lo hice.

Creo que fue hacia 1973 cuando hube de trabajar con una pareja de mulas. El sistema de cultivos en la comarca cambiaría radicalmente el la década de los 80. Por entonces predominaba el trigo de ciclo largo, leguminosas como las comuñas, y se practicaba mucho el típico barbecho (dejar la tierra descansando durante un año, pero arada para mantenerla libre de malas hierbas)... la cebada de ciclo corto, tan sembrada en decenios posteriores, apenas existía. Tampoco los tractores y sus aperos eran nada de otro jueves. Mientras hoy se usan con cerca de 200 cavallos de potencia y, a mayores, doble tracción, aquellos solamente rondaban los 60.

Por tanto, las sementeras de otoño era necesario hacerlas deprisa comenzando a primeros de octubre, e, incluso, parte de ellas, antes de la llegada de las lluvias (denominada "sementera en seco"). Por lo cual el suelo no quedaba demasiado llano, necesitando de otro ligero allanado, con las plantas ya nacidas, hacia el mes de marzo... sobre todo las comuñas, que era necesario segarlas a ras de tierra. Con tal allanado de la tierra después de ya crecidas, algunas plantas resultaban dañadas de muerte... pero la tradición decía que se beneficiaba a las restantes. No deja eso de ser una de tantas tonterías que perduran a través de los tiempos.

De hecho ya se comenzaba a incrementar bastante, además, las densidades de semilla, que desde tiempos inmemoriales habían incluso servido para marcar extensiones. Una fanega no sólo era una medida de volumen que equivalía aproximadamente a 42´5 kg. de trigo, sino también a la porción de tierra que se sembraba con esa cantidad... y que en el sistema métrico a su vez la equivalencia en esta comarca era de 36 áreas, o a 1/3 de hectárea (obsérvese que las cuentas ni siquiera cuadran, en todo caso, un tercio de hectárea pudiera ser 33,33, pero no 36).

Mi padre estaba en operación quirúrgica con dos hernias, y mi tío barbechando. Hube de ocuparme yo de realizar esa tarea con las mulas. Mi abuelo me enseñó a aparejarlas y, con su cachaba, me acompaño la primera tarde. El resto del mes fue mío. Doy fe de que seguir a una pareja de mulas (a pie, claro) es arduo para todos, pero muy jodido para alguien con incipiente ataxia. No se me olvidará que un día las dejé solas en una finca y, sediento, me escapé a beberme "medio" río sin miramientos a que el agua estuviera contaminada :-) . No estaba seguro de hallar a las mulas allí a mí vuelta, pero no se movieron.

En el verano de 1974, justamente el día que comenzaban la construcción de la casa (6 de agosto), tuvimos un fatal acidente. En el acarreo de nías a la era y en un bache del camino hubo un corrimiento de la carga y volcó el remolque. Conducía mi tío y lo había cargado mi padre, yo y mi torpeza no tuvimos nada que ver en este tropiezo.

Mi padre, que iba arriba, al volcar, se rompió las piernas. Mi madre estuvo unos días en el hospital con mi padre. Yo me cargué de responsabilidad. La cosecha estaba segada y ya no había forma de cambiar de planes (no era posible alquilar el trabajo de una cosechadoras de cereal). La casa estaba en construcción, y la ganadería era abundante. Menos mal que encontramos un chico para contratarlo como ayudante, el cual estaba disponible porque un hermano suyo había venido con un mes de permiso del servicio militar. Aún así, yo tenía que currar de forma extraordinaria y dormir poco y a deshora.

Nos levantábamos a las 3:00, mi tío este chico y yo... luego, hacia las 6:00 me reemplazaba mi hermana en la labor del campo, y yo me quedaba en casa para ordeñar y cuidad las vacas. En fin, que casi no tenía tiempo de dormir... menos mal que me correspondían dos horas de siesta, tras la comida, en el suelo de la era... que con tanto cansancio, no quedaba el más mínimo resquicio para pensar en su dureza.

De esta época nace mi afición por el ganado vacuno. Probablemente mis ocupaciones desembocaron en un mayor interés. Una anécdota es que mi padre tenía con el ganado frecuentes problemas de indigestiones (meteorismos en los rumiantes). Todos le reprochábamos su exageración a la hora de darles de comer abusando de la harina de cereales. Yo desde el primer día me dije que aquello no me pasaría. Por olvido, suprimí los complejos vitamínicos, y acorté las raciones de harina intencionadamente. Aquello a primera vista funcionaba perfectamente. Cierto que las vacas estaban más delgadas, pero de eso se trataba. Pasados algunos meses, comencé a tener en el ganado un problema, a todas luces de metabolismo, porque nunca ocurrió en los animales de cebo. Eran una costras redondas del tamaño de una moneda que concluían con la pérdida de pelo del animal, y lo peor era que parecían multiplicarse de una manera vertiginosa.

El veterinario (que estaba en la higuera) me dijo que eran herpes... muy contagiosas, incluso para el ser humano... que utilizase guantes... raspase las costras con un trozo de una teja hasta hacer sangrar al animal por la herpe... y luego rociase la herida con un aerosol. Aquel remedio era materialmente imposible de realizar: salvo alguna vaca vieja que se dejaba torturar estoicamente, los demás animales enloquecían nada más verme con una teja en la mano dispuesto a torturarlos. Me llevé varias coces y revolcones, porque los animales no aguantaban aquel tormento. Y abandoné convencido de que aquello era superior a mis fuerzas. Lo cierto es que aquel mal se curó tan misteriosamente como había llegado, y sin aerosoles ni saber por qué, comenzó a crecer pelo en los redondeles: tal vez fuera la mejor alimentación, o la llegada de la primavera... no lo sé.

Mi padre quedó mal físicamente de aquel acidente. Durante un año estuvo con muletas. A sus problemas de cojera se unía la pérdida de un ojo sufrida por una coz de una mula muchos años antes. Pidió la invalidez, y le concedieron el 50 %. Llegaba el verano y, casi de repente y sin muchas ideas previas, decidimos que ya no podíamos continuar como antes, y pensamos en comprar una cosechadora para el cereal. La inversión económica era muy grande, por ello tratamos de adquirir una de segunda mano. Pero la operación falló a última hora. Entonces, ya con la recolección encima y casi sin tiempo, optamos una nueva. O renovarse, o morir, suelen decir :-) .  Creo que fue la mejor copra que hicimos jamás, pues, sin duda, los avances agrícolas nos lo hubieran exigido con inmediata posteridad.

Yo, pasada la recolección, me dejé deslumbrar por la oferta de unos cursos de capacitación agraria que daban acceso a la Universidad. Pensé que no tenía condiciones físicas apropiadas para la actividad laboral en el campo y debía buscar otros caminos para mi futuro. La inversión económica en la cosechadora, la casa, el cambio de tractor, y la adquisición de algunas fincas, no eran obstáculo: Para el resto del año se apañaba bien mi familia, y en las recolecciones, donde yo sí era necesario, me tendrían todo los veranos durante las vacaciones junto a ellos. Y me largué a Palencia.

Tuve una enorme decepción, porque aquello allí hallado, nada tenía que ver con lo que yo había pensado. Sí, existía una posibilidad de salto a la Universidad, pero el nivel educativo era cero, y resulta un auténtico disparate ir a la Universidad sin unos conocimientos previos. Y lo peor del caso es que existía un comportamiento caótico y a veces inhumano. Debido a mi acostumbramiento a la rígida disciplina de un Seminario, a veces me daba nauseas. Y aún me queda el mal sabor de boca de haberlo dado de paso todo sin saber defender unos ideales, aunque me temo que no hubiera servido para ello, pues habría tenido que comprarme una navaja para amedrentar a gente tan cerril.

Y no me refiero a tonterías sexuales o a pequeñeces propias de juventud, sino a hacer daño por placer. El problema era que mandaban tres o cuatro llamados veteranos, expulsados de otros colegios, quienes ni siquiera sabían que existiese una muela llamada del juicio, ni cosa parecida. Yo allí era respetado por múltiples circunstancias largas de enumerar, pero dejaba pasar, o me hubiese encontrado un problemón. Entre las muchísimas barbaridades que allí sucedían, había un bedel a quien algunos alumnos hacían la vida imposible. Sólo le mantenía firme su propio orgullo y faltarle solamente un año para la jubilación.

Un día, después de una canallada al tal conserje, el Director nos llamo uno por uno. Todos sabían qué había pasado... pero nadie dijimos nada... porque nadie podía soltar una palabra sin desatar las iras del infierno.

Estando allí, otoño de 1975, aconteció la muerte de General Franco. Y no digo nos sorprendió porque su muerte estaba cantada. Simplemente, hay una anécdota que relataré a continuación. Por esos días alguien contaba una historia muy curiosa, de las que te deja pensativo. Días antes de la muerte, la pronosticaban para el día 19 de noviembre con esta extraña operación: Si se suma independientemente las cifras de días, meses y años, del día que comenzó la guerra civil española, 18- 07-36, y las del día que terminó, 01-04-39, daría el día que moriría el general Franco.

Murió un día más tarde del pronóstico: 20-11-75. Quien así hablaba mantenía que no se había equivocado, sino que se había ocultado su muerte durante un día por las llamadas razones de Estado. ¿Verdades, o mentiras, o simples casualidades? Son cosas que te hacen pensar... ¡como si tuviésemos nuestra muerte predeterminada por operaciones aritméticas con cifras de fechas influyentes en nuestras vidas!.

Aquel era un Centro dependiente del Estado. Y curiosamente, a la muerte de Franco, se sacó a un balcón principal la bandera con crespón negro, y, nos dieron tres días de vacaciones. ¡Raro luto!. Alguien pedía que resucitase para morirse otra vez :-) . Ya tenía tomada esa decisión, y tras las vacaciones de Navidad no volví al Centro.

Escribí una dura carta al Director culpándole de todo cuanto allí pasaba, por dejación de sus obligaciones. Su vivienda estaba adosada al edificio, pero tenía una puerta independiente. Nos daba una asignatura, pero, aparte del tiempo de clase, él se estaba en su casita con su mujer sin inmiscuirse para en cuanto pasara en el colegio. Mi carta era dura, pero nunca podría calificarse de irrespetuosa. Sin embargo, él no se molestó en responder, y sólo obtuve el silencio. ¡Qué cosas pasaban en los organismos estatales! ¿Será diferente en democracia?.

Tras esto, decidí quedarme definitivamente a trabajar en casa, con la familia. Por cuestiones de tener trabajo para todos no había problema. Compramos un segundo tractor, arrendamos algunas fincas más, y construimos una nave de 240 metros cuadrados para guardar grano y maquinaria.

Un año después de quedarme definitivamente en casa a trabajar con mi familia, y casi casualmente como describí en la primera parte de esta autobiografía, me diagnosticaron Ataxia de Friedreich. Esto, lejos de apesadumbrarme, pues nunca se me dijo la verdad, y yo seguía sin pensar que fuera una enfermedad progresiva y con el cuento de llegar a mis 50 años sin silla de ruedas, supuso un alivio. Por lo menos, podía dar un nombre a cuanto me pasaba.

El Neurólogo de Burgos nos explicó a mi hermana y a mí que no existía tratamiento para esta enfermedad, pero que fuésemos por la consulta si necesitábamos ayuda psicológica. Yo no necesité tal clase de ayuda, y pasaron más de tres años sin que visitase a un médico. En honor a la verdad, nunca me imaginé la realidad de una ataxia de Friedreich y sus verdaderos efectos. Simplemente pensaba que era una persona con deficiencias y tenía que vivir con ellas. Y la silla de ruedas pronosticada para mis 50, estaba muy lejos y no merecía la pena amargarse con ese pensamiento porque no sabía si iba a durar 50 años. Y fueron, al menos, tres años bastante estables y felices.

Durante este tiempo, me refugié en mi trabajo. Él era mi vida y mis sueños. Con él vivía y dormía. Si el campo requería mi trabajo, partía para allá de madrugada, o a veces antes. Si no era temporada alta en las labores del campo, sin necesidad de despertador, a la 6:00, antes que mis padres, ya me levantaba e iba a la cuadra (establo) a comenzar la tarea del cuidado de los animales. Ellos se quejaban medio en bromas: "¡Es que este chaval no nos deja dormir1".

El trabajo eran mis 24 horas del día. Bueno sí, casi, también había momentos de relación con los demás... las partidas de cartas de las que era un buen jugador de mus... y meriendas en la bodega de las cuales era el máximo instigador... etc. Las meriendas a veces eran consecuencia de apuestas, pagaban los perdedores. Eso no me importaba en absoluto jugarlo, es más, buscaba esta clase de apuestas. Pero siempre me negué a jugar dinero... eso no tenía para mí relación alguna con el esparcimiento relajado.

Evidentemente, un principiante en ataxia, con caminar de ebrio, con cara de jovencito, y con una constitución física poco desarrollada, no tenía nada qué hacer en el terreno de las mujeres. A mis problemas personales mencionados, se unía la ausencia de mujeres en el mundo rural y los prejuicios de ellas a caer en un mal sitio por la dureza de la vida del campo. Toda mujer abandonaba sistemáticamente los pueblos antes de los 15 años. Y si volvía de vacaciones, tenía buen cuidado de no enrollarse con alguien cuyo futuro fuese la agricultura. Eso se inculcaba de padres a hijos: "Mira, hija, como tu madre, ni hablar, esto ya es lo último".

Digamos que en aquellos tiempos ser labrador era casi como tener el SIDA actualmente. Y mis compañeros o siguen solteros o se han casado muy tarde, cuando la profesión de agricultor se ha suavizado y, por otra parte, la crisis de empleo ha asomado a las ciudades. Por ello, debido a mi escaso desarrollo físico y a mi incipiente ataxia, mi caso con las mujeres estaba perdido de antemano y no merecía la pena ni luchar por él. Era inútil.

Los domingos y festivos, los sábados eran día de trabajo, íbamos a la ciudad o alguna población grande. Al principio hubo una gran convivencia entre todos los jóvenes del pueblo (féminas no había) e íbamos todos juntos armando, sin malicia, grandes juergas y algarabías por donde pasábamos. ¡Que le pregunten al guardia municipal de Aguilar de Campoo!.

Poco a poco, los diferentes gustos nos disgregaron. Había algún grupo bebedor y pendenciero con quien difícilmente se podía alternar. Ni yo podía beber, ni era válido para las pendencias que a veces armaban. Como el más débil siempre me hubiera tocado cobrar :-) . No obstante, la relación con los otros grupos del pueblo era muy buena... nos tomábamos una cerveza juntos y después cada uno a lo suyo...Yo iba casi siempre con el mismo amigo. Las discotecas eran para mí un potro de tortura. A veces aguantaba el tipo y en su interior bromeaba mucho. Mi amigo, romántico empedernido, se lanzaba a pedir bailes, pero era inútil. Una de las bromas consistía en lanzarle una apuesta sobre el número de calabazas. Yo iba detrás cotando entre risas. Siempre le ganaba.

Probablemente sea cosas de esas luces llamadas psicodélicas, en la  discoteca, yo tendía a aislarme y a quedarme solo en medio del gentío, en algún rincón de la oscuridad... miraba a mi alrededor y veía otro mundo en el cual yo no cabía... me invadía la tristeza... y no pocas veces acababa llorando. Algunas veces incluso no lo soportaba, y me marché al cine solo, y volvía luego a la discoteca al finalizar la película, para que mis amigos no lo supiesen, y mentía a sus preguntas.
- ¿Pero dónde te metes?. Te hemos estado buscado.
- ¡Si yo siempre he estado aquí!.

Punto y aparte merecen mis encontronazos con gilipollas que, por mis dificultades de equilibrio, me han querido partir la cara por borracho. Incluso en una ocasión me han zarandeado apretándome por el cuello. No hace falta decir que era a ellos a quienes les sobraban las copas. O también he hallado bares donde se han negado a servirme antes de saber que iba a pedir una Coca-cola. ¡Gajes del "oficio" de paciente de ataxia!.

La única vez que bailé con una mujer fue así: Sucedió en una población Palentina a 40 o 50 kilómetros de aquí, Aguilar de Campo, donde ibamos a menudo porque había muchas chicas de aquella comarca: por existir dos fábricas de galletas donde trabajaban. Yo me mofaba, en bromas, de mis compañeros:
- Pero qué ambiente ni qué cuernos, si vosotros sólo veis a las mujeres de lejos.

Yo estaba a la orilla de una pista de baile hablando con un chico del pueblo que trabajaba en la ciudad y había venido a casa de sus padres por las fiestas de Navidad. Él me gasto una broma y dijo a una chica:
- Dice éste que si quieres bailar con él.
Yo creí que se trataba de su novia, y no podía negarme. Un minuto después los compañeros de esta chica estaban coreándonos con palmas y diciendo cosas poco agradables de oír como "¡límpiale los mocos!". Y no porque yo llevase mocos, sino por mis apariencias de jovencito. Y es fácil suponer que ella tuviese al menos tres años menos que yo.¡Como para decirse "per sécula seculorm... y un rato más. Amen!. A mí no me pillan más veces en esto de bailar".

En 1980 construimos un nuevo establo. Yo pensaba que aún me quedaban muchos años antes de la llegada de la silla de ruedas, y las nuevas instalaciones serían una ventaja para suplir mis deficiencias. De todas formas, la construcción significaría una reducción del trabajo en el cuidado de los animales para mi familia. Mis ideas iniciales sobre el proyecto quedaron reducidas a la mitad, pues resultó imposible conseguir un terreno colindante... que se negaron a vendernos... con total independencia del precio que estuviéramos dispuestos a pagar. Esta negativa era absurda, pues el propietario lo tenía y sigue teniendo valdío. Ni nuestras ofertas monetarias ni de permuta de fincas consiguieron mover su rotunda decisión negativa. Aún así, construimos adaptándonos al espacio disponible.


24- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Curanderos y ataxia)

Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Notas:
Esto es la autbiografía de un atáxico, como se dice en el titular. No es un trabajo nuevo, sino un cambio desde el formato web, al de blog, buscando la seguridad "de enlaces permanentes". Sin embargo, no ha sido tan fácil el cambio como un copy-paste: He estado dos veces a punto de tirar la toalla.
La redacción nunca fue concebida como autobiografía en sí, sino como serie de artículos individuales. Mi objetivo era decir a los demás atáxicos que la vida con ataxia es difícil, pero no imposible. Y, con el paso del tiempo vemos cómo nos hemos agobiado por cuestiones nimias al lado de nuestras dificultades actuales. Y hasta aprendemos a reírnos de nosotros mismos.
Se podrá apreciar cómo la autobiografía se corta mucho antes de apagarse mi vida. Es cierto: Choqué contra un escollo insalvable: No es ético biografiar acontecimientos en los cuales habría de referir comentarios negativos relativos a terceras personas
.

Enlaces a capítulos de esta autobiografía:
1- Autobiografía (Primera parte). &&&&& 2- La escuela rural. &&&&& 3- Santo Domingo de Silos. &&&&& 4- Segundo fracaso. &&&&& 5- Al volver la vista atrás, (I). &&&&& 6- Al volver la vista atrás, (II). &&&&& 7- Al volver la vista atrás, (III). &&&&& 8- Al volver la vista atrás, (IV). &&&&& 9- Tiempo cero. &&&&& 10- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, I. &&&&& 11- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, II. &&&&& 12- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, III. &&&&& 13- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, IV. &&&&& 14- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, V. &&&&& 15- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VI. &&&&& 16- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VII. &&&&& 17- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VIII. &&&&& 18- Mi voz disártrica, I. &&&&& 19- Mi voz disártrica, II. &&&&& 20- Mi voz disártrica, III. &&&&& 21- Mi voz disártrica, IV. &&&&& 22- Mi voz disártrica, V. &&&&& 23- Autobiografía (II parte). &&&&& 24- Curanderos y ataxia. &&&& 25- El sexo de los conejos. &&&&& 26- Autobiografía (III parte). &&&&& 27- Autobiografía (IV parte). &&&& 28- Hispano-Ataxia e HispAtaxia. &&&& 29- Autobiografía (V parte).

*****

24- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Curanderos y ataxia)

Una de las constantes de nosotros los pacientes de ataxia y de quienes se han visto atrapados por enfermedades crónicas hasta el momento intratables e incurables por la medicina tradicional es la búsqueda de soluciones en otros lugares. En tales experiencias puede existir, unas veces, cierto realismo, las más, buenas intenciones, y en algunas, cierto tufillo de fraude.

Aparte de un mecanismo natural humano de supervivencia, la de agarrarse hasta al último clavo, aunque esté ardiendo, es una obligación, me refiero, más que a otra clase de medicinas, desconocidas para mí, al asunto curanderos. En alusión de pasajes evangélicos, ir de la medicina tradicional al curanderismo, sería como salir de casa de Pilatos para meterse en la de Herodes.

La casa de Pilatos es un sitio jodido, pero uno no va a allí de gira de copas, sino forzado. Y es que, generalmente, dígase lo que se me diga, los responsables de la medicina tradicional, cubiertos con su capa o bata blanca de legalidad (blanco, símbolo de inocencia) tampoco son "mancos"diciendo y haciendo tonterías en materia de ataxia. Posiblemente hoy debiera saber callarme en lugar de hacer afirmaciones que contradicen la tendencia social. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos, un médico es un caballero por cuya boca salen verdades irrefutables, ante cuyo sonido sólo quedaría por añadir el clásico: "Palabra de Dios. / Te alabamos, Señor".

Como Castellano nacido en 1954, hasta hace poquitos años, he visto a los hombres descubrirse la cabeza y tener la boina en la mano durante la consulta médica. Eso era exactamente lo mismito que hacían en la iglesia. La única vez que se me ha ocurrido discrepar larga y abiertamente en la consulta de un Dr., tuve a mi padre, mi acompañante, como principal rival esgrimiendo la tesis en defensa de aquel señor, que él había estudiado medicina. O sea, que aunque no lo dijera, yo era un simple paleto.

En fin, dice el refrán que cada uno cuenta la feria según le va en ella. Así es la mía: No es precisamente un carrusel de barracas, norias, y montañas rusas, con música, luz, y colorido. ¿No querréis que relate cuentos de hadas o de princesas que curan con un beso?. Mi reproche a la medicina no son los errores humanos, que, al fin y al cabo, son eso, propios de hombres... y todos estamos abocados a cometerlos en cualquiera de las facetas desarrolladas en nuestra vida, incluidos los aspectos personales.

Sí reprocho a la medicina su vanidad para publicar a bombo y platillo su inventos para hacer creer a la gente que controlan la salud. Sí reprocho la arrogancia de algunos especialistas que, en lugar de admitir su pequeñez, se dedican a pontificar diciendo estupideces que en asuntos casi desconocidos para ellos, como la ataxia, les dejan con el culo al aire cuando el paciente se ha tomado la molestia de enterarse de los pormenores de su enfermedad.

Y, sobre todo, visto y comparado desde la experiencia personal a lo largo de más de cuarenta años enfermo, reprocho a la medicina el camino imparable de bur-r-ocratización y deshumanización experimentado en los últimos años: Antes el Dr. especialista, que a lo mejor no tenía ni puta idea de la enfermedad, ni instrumentos apropiados para realizar un diagnóstico, era como un padre: Te mandaba desnudar, te tocaba, y te hacia sentir el calor humano de su mano y de sus palabras. Hoy no: El especialista es un tío con bata blanca que parapetado tras una mesa de despacho y escoltado por una enfermera, tras visionar una radiografía al trasluz, se dedica tres minutos a pontificar para terminar rubricando las tres recetas de rigor semipreparadas por la enfermera mientras él habla.


Y lo de la radiografía al trasluz es altamente preocupante. Si llegas antes de la consulta y eres perspicaz, podrás observar que el celador la ha introducido en la consulta cinco minutos antes de comenzar la sesión. Es fácil deducir que el Dr. la ve por primera vez, pues de no ser así, solamente tendría sentido sacarla del sobre para explicar alguna anomalía detectada en aquella clase de foto. En fin, viene a mi memoria lo del enfermo imaginario de Molière: "Nadie muere de sus enfermedades, sino de sus remedios".

Es innegable, e indiscutible al cien por cien, el avance de la medicina, pero también lo es el retroceso en el aspecto humanitario. Y a todo esto y por comparación me pregunto yo: ¿a diferencia del Dr. de antes, éste de ahora sí tendrá puta idea? Pues bien, en materia de ataxia permitidme que lo dude.

Comencé este escrito haciendo alusión a una constante en la vida de los pacientes de ataxia y demás enfermos crónicos cuando la medicina no les/nos da demasiadas esperanzas. Creo que en el campo de la ataxia las cosas actualmente ya han entrado en un cambio. Al menos ahora se vislumbran, a corto plazo, esperanzas de un enlentecimiento de la progresión y comienza a haber tratamientos más o menos eficaces. No obstante, aunque exista gran similitud entre todos los atáxicos, sin que eso refute mi teoría, cada persona tiene una experiencia única e irrepetible marcando su trayectoria.

 Mi predisposición hacia el curanderismo ha sido leve. Aún así, he consultado con tres curanderos distintos. La levedad de la tendencia se debe a que en una primera etapa, a falta de diagnóstico, no se le dio importancia a cuanto me estaba ocurriendo. En una segunda etapa, ya con diagnóstico de Ataxia de Friedreich, se me mintió quitando fuerza al asunto, y yo más que no enterarme, no quise darme por enterado. Y en una tercera etapa, cuando llegué por razonamientos propios a vislumbrar un futuro, aún mas negro que la realidad, el atenazante miedo me impedía revolver mierda y huía a cualquier precio de preguntar. Hoy voy relatar aquí las visitas a los tres curanderos citados, pero antes contaré una historia que ratifica mis tesis de agarrase a último clavo, aunque sea ardiendo: Yo había comenzado a tener grandes problemas digestivos hacia mis 26 años.

Muchos años después, esta clase de molestias siguen siendo mi espada de Damocles. Mientras, los Drs. se empeñan en ligarlo a la Ataxia de Friedreich. Y yo me digo: paso el que no sepáis quitar o detener la progresión de una ataxia, pero si no sabéis tampoco quitar un dolor de barriga, ¿qué coño sabéis vosotros?.

Bien, previo escrupuloso pago, una persona, hablando casi de milagros de una rara medicina naturista, puso en mis manos un caro libro sobre naturismo. Según aquel volumen, la vida antinatural era la culpable de todas las enfermedades habidas y de por haber en la vida del ser humano y, una por una, aparte de citar gran número de plantas específicas para cada caso, daba casi idénticos remedios para todas las dolencias: desde la calvicie hasta los sabañones. Para más inri, aparte de condenar una costumbre de mala alimentación, hacia hincapié en que se comía demasiado y aseguraba que para vivir bastaba con tres frutas diarias, tamaño naranja.


Me agarré al clavo ardiendo del naturismo y me hice vegetariano. ¿Y para qué coño iba a pararme a almorzar solamente una manzana si podía mordisquearla mientras vigilaba que mi tractor no se saliera del surco de arada?. Mi merienda era un yogur, el cual, después de haber estado tres horas mareándose traqueteando en el tractor no hacía falta cucharilla: bastaba con agujerear la tapa con un destornillador, ponerlo sobre la boca, y chupar. Eso sí, aquella merienda era muy higiénica, pues en aquella clase de trabajo las grasientas manos no necesitaban de lavado, lo cual siempre era una cuestión difícil en el campo. A veces se podía hallar algún arroyuelo... pero hasta podía tener una fina capa de hielo para disuadirte de que no metieras las manos allí por miedo al frío.

En fin, que sólo me faltó, para seguir los consejos del libro, despelotarme y caminar desnudo por la fría estepa burgalesa, bien sobre la hierba, evitando las espinas de los cardos y gatuñas, o sobre la blanca y suave almohadilla de la nieve.

Por supuesto, no tardé en percatarme de que todo aquello era ridículo para mi caso personal. Estaba perdiendo peso a pasos agigantados... Y si lo pretendido fuera suicidarme, seguro que encontraría formas más rápidas y eficaces y, a la vez menos, molestas para mí. Me deshice rápidamente de aquel libro para no volver a verlo jamás. Había adelgazado 9, o 10, kilos.

*****

Era la primavera de 1982. Mi tío, nuestro socio en la explotación familiar agraria, había comenzado a sentir las molestias de una desviación de vertebras en la columna. No era grave. Aún hoy lo controla usando faja ortopédica sin que le quite de poder trabajar. Sin embargo, entonces, impulsado por la novedad y por la prescripción facultativa de reposo, cuestión nefasta por ser una persona sumamente activa, le tenían preocupado y desanimado.

Llegó el verano y pensamos contratar un maquinista para la cosechadora de cereal. Mi padre no andaba con vehículos de motor, y yo, en hipótesis encargado de tales cosas, nunca me había atrevido con aquella enorme maquina. Por mi falta de reflejos, aquel carísimo chisme no hubiera durado sano en mis manos más de un día: ora habría clavado la sierra en la tierra, ora habría cortado las espigas por la cabeza... o me habría tragado las piedras, o habría estrellado los cabezales del corte contra alguna lindera. No fue posible encontrar a una persona adecuada, pues quienes se dedican a esta clase de tareas parten con contratistas a finales de mayo para Andalucía para ir subiendo hacia el norte a medida que maduran las cosechas. Pusimos un poco todos de nuestra parte y salimos adelante.

Al final de la recolección tuvimos una obra de construcción. Para nosotros siempre trabajaron los mismos albañiles, dos hermanos, por lo cual existía un buen grado de confianza. El menor de ellos había tenido problemas de columna y hablaba casi milagros de cierta curandera. Mi tío no se decidió a ir a esa consulta: Aunque no lo dijera abiertamente, es muy probable que no creyera en tales cosas.

Ya bien entrado el otoño, habíamos comenzado la sementera de cereales de ciclo largo. Mi tío, entonces, nos expuso en casa su intención de ir a dicha curandera. Al momento se decidió que yo también fuera. Por aquel tiempo yo estaba bastante deprimido y apenas hablaba. De buena gana hubiera dicho que me dejasen en paz, pero como mi padre y mi madre eran partidarios, solamente pude encogerme de hombros en señal de resignación.

El lugar distaba más de 80 kilómetros. Por la mañana trabajábamos... cerrábamos los tractores hacia las doce del mediodía... nos duchábamos... comíamos pronto, e íbamos para allá. A la primera consulta nos acompañó mi madre y conmigo apenas hablaron. La curandera en cuestión sobrepasaba los setenta años. Por entonces mis problemas auditivos aún eras leves y, como las voces eran muy claras, pude enterarme de todo.

Aquella señora le prometió a mi madre no curarme del todo, pero si arreglarme en parte si iba a su consulta semanalmente. Es preciso añadir que esta curandera no era ninguna impostora, sino una persona de una honradez intachable. De entrada reconocía con humildad no saber nada de medicina y que toda su experiencia provenía de su afición a curar las patas de los animales de la granja su padre.

No cobraba nada. El salario era a voluntad del cliente. Aunque imagino que ciertos clientes pudieran/amos ser generosos. Como pude comprobar, ésta lo ganaba con el sudor de su frente. El esfuerzo en su tarea era casi inimaginable en una mujer de su edad: indicando que su vida había habido mucho trabajo físico de sol a sol. ¡Al Cesar lo que es del Cesar!.

La sesión de trabajo consistía en dejarme en calzoncillos y tratar de estirar unos tendones o hipotéticos tendones. La mujer mojaba sus dedos en aceite para facilitar mejor el movimiento a través de mis piernas y presionaba intensamente en una trabajosa labor que provocaba la salida de sudor en su frente.

La pregunta repetida era: ¿Te hago daño?. Yo negaba por amor propio y para esconder mi propia endeblez. En realidad, tenía que apretar los dientes porque aquello en ocasiones se las traía.

Finalizada la sesión, con los músculos bien calientes experimentaba una aparente clara mejoría. Mi regreso al coche parecía que se realizara con más ligereza. Era principios del mes de noviembre. Las primeras heladas del año, tras la primavera y el verano, ya comenzaban a sentirse a los anocheceres, que era cuando salíamos de allí. Tras recorrer los 80 kilómetros, de regreso a casa, con los músculos ya fríos, casi hacía falta una grúa para moverme. Más o menos esta historia hasta aquí relatada se repitió durante tres semanas.

A la cuarta visita, cuando me realizaba la pregunta rutinaria sobre hacerme daño, espontáneamente, sin ser una respuesta premeditada, solté:
- Bueno, yo no sé lo que estamos haciendo aquí, porque los médicos me miran la cabeza y no las piernas.
Ante mi perplejidad, sin mediar palabra, la curandera salió de la habitación como si de repente hubiera recordado hacer algo urgente. Me encogí de hombros. Tampoco era raro, porque distribuía los clientes por distintas habitaciones... además, ciertos días, el olor indicaba que tenía la cena sobre los fuegos de la cocina: judía verdes, compota, etc. Enseguida regresó con un vaso, alcohol, algodón, y cerillas, y dijo:
- Vamos a poner una ventosa en la vertebras del cuello.

Aquello no era doloroso, en absoluto: Consistía en quemar el aire del vaso para que la ausencia de oxígeno provocara el vacío quedando el vaso pegado al cuerpo, en este caso a la base del cráneo. Los bordes de vaso, supongo que por el calentamiento previo del fuego, aparte de la señales propias de estar un tiempo allí pegado, provocaban diminutas ampollas únicamente molestas por el roce del cuello de la camisa.

Aquel episodio me pareció tan ridículo que en casa aquella semana le dije a mi tío:
- Mira, vete tú si quieres, que yo no te quito. Yo ya me quedaré trabajando, pero allí no vuelvo.

Tanto mi tío como yo en las temporadas altas de trabajo no parábamos a descansar ni siquiera los domingos. Por tal circunstancia nos dolía perder de trabajar en plena sementera. Como en su tratamiento también había ventosas, ambos decidimos que era absurdo cerrar ambos tractores y perder medio día a la semana.

*****

A través de un anuncio en el periódico provincial había descubierto que el neurocirujano jefe del Hospital de la Seguridad Social pasaba consulta en una clínica privada. Pensé que debía tratarse de una eminencia, pues durante el mes que estuve internado siempre le vi rodeado de médicos jóvenes haciéndoles indicaciones en las visitas rutinarias sobre los pacientes internados y dándoles explicaciones en una especie de aula con mi nombre en la pizarra. Pedí cita. Aquello funcionaba y me resultó altamente satisfactorio: entre otras cosas, porque estaba hasta el gorro de consultas de dos horas para treinta pacientes.

En realidad, ibas porque estabas deprimido y era otro mazazo más a la depresión: El Dr. te preguntaba el nombre, la edad, te hacían las recetas, y ya se acabo el tiempo. Siempre he pensado que a los Drs., o los administradores de la sanidad que malorganizan líos de tal tipo, debieran exigirles una experiencia de dolencia, al menos temporal, para que sepan que se cuece en los pucheros de la enfermedad. No es concebible que estos tíos ignoren que toda curación o mejoría además de medicamentos conlleva un efecto psicológico.

Allí en la consulta privada, en el aspecto aludido, era totalmente distinto: El tiempo no contaba, la consulta podía ser veinte, treinta, cuarenta, minutos, o una hora. Dudo mucho que fuera del todo legal. Más bien parecía que aquel Dr. hubiera decidido ganarse por su cuenta unas perrillas extras: Aquello no guardaba ninguna relación directa con la clínica privada, sino que ésta le alquilaba una consulta (despacho de) dos tardes por semana. No disponía de ningún medio técnico, salvo la simple observación con lo objetos que cualquier médico lleva en su maletín. En mi caso no le eran necesarios métodos sofisticados, pues sin duda tendría acceso a todas las pruebas realizadas en la seguridad Social, la mayoría por orden o a petición suya. Tampoco tenía enfermera: él mismo iba a buscar a los pacientes a la sala de espera. Por supuesto, se embolsaba el pago de los honorarios sin extender factura.

Este Dr. fue sumamente amable conmigo... y quién, posteriormente, me allanaría el camino para la utilización de mi primera silla de ruedas. De repente, desapareció y nunca supe más de él. Supongo que consiguió un traslado por parte de la Seguridad Social, ya que él era de otra Comunidad Autónoma y la tierra y la familia siempre tiran. A estas consultas iba acompañado por mi tío, conductor del automóvil, mientras mi padre y mi madre se quedaban cuidando la ganadería.

En aquella ocasión eran las fechas prenavideñas de mediados de diciembre. Tras la consulta, ya de regreso a casa habiendo anochecido, mi tío decidió entrar en un pueblo de la ruta a desear feliz Navidad a unos hermanos de mi abuelo, ya entrados en años: El era sacerdote, y ella estaba soltera.

Sobre mi enfermedad raramente se me preguntaba. Mi familia desde que supo que era hereditaria, en la intimidad lo había establecido como secreto. La mayoría de la gente, con quienes teníamos relación con asiduidad, se había percatado de nuestro interés por silenciarlo y era lo suficientemente inteligente como para no preguntar.

Mi tío, cura, al decirle que veníamos de consulta y pasábamos por allí, solamente me hizo la clásica pregunta rutinaria y de cortesía:
- ¿Y tú cómo estás?.
Respetando los deseos de secreto de mi familia, en lugar de hablarle de ataxia, le hablé de mis problemas digestivos que ciertamente, para mí, siempre han sido un tema prioritario: uno puede enrrollarse con sus cosas y olvidarse de que tiene el culo sobre una silla de ruedas, pero el dolor y las molestias te recuerdan a cada instante que algo no va bien.

Empeñado en que fuera, me dio por escrito la dirección de un curandero. Pude decirle que yo no creía en tales cosas, pero me resultó más cómodo guardarme el papelito y dar por zanjado el asunto. Mala cosa. Desde aquel momento quedé atrapado en una tela de araña sin poder salir hacia atrás. Mi familia se enteró, porque mi tío había estado presente, ¿y cómo podía decir yo a mi padre y a mi madre que no me daba la gana ir a tal curandero? En este caso, el recomendante era el cura que los había casado y ambos tenían un profundo respeto hacia él.


Fuimos al curandero. La sala de espera estaba repleta, mucho más llena que la de cualquier médico. Nos dieron un número de orden. Cuando me correspondió el turno vi un señor con cierto aire de misterio que me ponía encima las manos y cerraba los ojos como si me estuviera leyendo los pecadillos del alma. Para más, yo ya había comenzado a tener problemas auditivos... y a pesar de mis múltiples advertencias de que me hablara más alto, se empecinó en emitir leves susurros. Mi madre tuvo que hacer de interprete y traducirme absolutamente toda la batería de preguntas. Por fin se sentó a escribir. El tiempo de escritura se me hizo largo, porque me sentía muy incómodo en aquel lugar.

Cuando llegó a mi mano la prescripción, me quedé de piedra: no entendía ni una sola letra. Uno sabe de la mala letra, natural o adrede, de los médicos, pero aquello parecía estar escrito con una clave de signos. Exclamé:
- ¿Pero aquí qué dice?.
Él musito algo que yo, como siempre, no entendí, y mi madre no me tradujo.
- ¿Pero aquí qué dice? -repetí.

- ¡Cállate, hombre, cállate! -me recriminó mi madre-. Ya te ha dicho que ahora te lo explicará su mujer.
El curandero explicó, y eso sí lo tradujo mi madre, que aquello era casi todo solamente para los problemas digestivos y para las dificultades de movimiento únicamente podía recomendarme consultar con un compañero. Añadió que si me daba prisa aún podía llegar ese mismo día a su consulta. Mi tío se quedó tomando la dirección y las indicaciones de trayectoria, pues se trataba de uno de los barrios periféricos de la ciudad.

Mientras, nosotros salimos acompañados de la mujer que en otra estancia diferente nos explicaría la prescripción.
Aquellas indicaciones para mí eran tan, tan, tan ridículas que ni siquiera podía esperarse de ellas un efecto placebo:
1- Llevar constantemente una patata pequeña en el bolso y, cuando se machitara, cambiarla por otra.
2- Poner en la cama, en la zona de los pies, una bolsa con ochocientos gramos de patatas.
3- Tomar a media tarde, a estilo té o café, el agua de cocer tres castañas.
4- Lavarme las piernas con una mezcla de vino y romero.

Por la primera de las prescripciones pasé. En nuestra familia cultivábamos patatas para autoconsumo, y las pequeñas de tamaño, por no tirarlas, se quedaban para los animales. Patatas pequeñas teníamos varios sacos donde elegir el tamaño adecuado.
Por la segunda también pasé luego de dos meses: al fin y al cabo no era molesto que, al hacer mi cama, mi madre pusiera al fondo una bolsa de patatas, pero absurdo.
La tercera me resultaba más difícil. Yo aducía que ¿cómo iba a ser compatible mi trabajo en el campo con tomarme a media tarde el agua de tres castañas? Me convencieron de probar en los veinte días que aún restaban para el comienzo de la sementera tardía. Y probé: Dicha agua era tan fea y de tan mal sabor que a los tres días de comenzar el tratamiento ya estaba comiéndome las castañas cocidas y tirando el agua de cocerlas.
Por la cuarta prescripción ya no ni probé: ¿Cómo, por mi condición de paciente de ataxia, iba a ir tambaleante por ahí, y, encima, oliendo a vino y dando la impresión de haber empinado el codo?.

*****

Aquel mismo día de la consulta del citado en el anterior capítulo y dándonos prisa para llegar a tiempo, fuimos a la consulta del curandero recomendado. Siguiendo las recomendaciones de trayectoria, llegamos al barrio de la periferia indicado. Aquello nos resultaba totalmente desconocido, y mi tío decidió aparcar el coche y lanzanos caminando a la búsqueda de la dirección anotada en un papel. Tras algunas preguntas a los viandantes, la encontramos. Era un bar con unos clientes misteriosos, que guardaban un silencio sepulcral.

Preguntamos a la señora de la barra y no dijo que, efectivamente, era allí, y nos dio un numero de orden. Pedimos unas consumiciones, más por compromiso que por ganas de tomar algo. Y, cómo no, nos dejamos contagiar por el misterioso silencio de los clientes más propio de consulta de médico que de bar. Cada vez que salía un cliente, entraba automáticamente el siguiente de turno sin ser indicado por nadie.

En una ocasión salió un hombre de ropaje corriente, era el curandero, se acercó a la barra, pidió un vasito se vino, lo tomó de dos sorbos en treinta segundos y volvió a la tarea sin más comentarios.

Entramos cuando nos correspondió el turno. Mi madre explicó mi situación y que el anterior curandero nos había recomendado ir allí. Dentro de aquella, había otra sala con la que compartía techo: solamente tenía puerta y paredes de dos metros de altura que la aislaba ópticamente de la anterior. Todo parecía indicar que eran salas (ilegales) para juego, y la pequeña era un reservado especial. Uno podía imaginarse que durante la noche allí en aquel reservado habría una mesa para juego de baraja y apuestas de muchos miles de pesetas.

A esta segunda sala el curandero no dejo entrar a mi familia. Él y yo nos quedamos solos en aquella pieza de unos nueve metros cuadros y ridícula al cien por cien: tanto el piso como las paredes estaba todo forrado de moqueta de color rojo. Se me mandó acostar en el suelo y comenzó la sesión.


El ejercicio consistió en ponerme piernas y brazos en raras posturas y, cuado ya había llegado al aparente tope, presionar más y más, con todas sus fuerzas. Evidentemente yo tenía que apretar los dientes para no gritar.

A la salida explicó a mi madre, a mí nunca se dirigió, que yo había de volver cada semana. Pagamos, y nos fuimos.

Por el camino, de regreso en busca de automóvil, mi familia me preguntó qué me había hecho el curandero y si estaba dispuesto a volver. Dije que había sido muy duro, pero me sentía más ligero y que podía caminar mejor. No era placebo, sino algo totalmente explicable: mi cuerpo estaba caliente y bajo los efectos de ese calor provocado por el ejercicio realizado, aparentemente caminaba mejor.

Cuando, de vuelta a casa, mis músculos, tendones y huesos, se quedaron fríos, no sólo volví a la torpeza habitual, sino que estuve al menos dos día con el cuerpo dolorido como si me hubiesen dado una terrible paliza. Por ello decidí hacer ejercicio en casa en mi cyclostatic sin necesidad de sentir apaleamientos.

*****

Decidí que ya había cumplido mi cupo de trato con el curanderismo y dar por concluida la fase. Aún hoy, oigo a gente bienintencionada haciéndome proposiciones sobre ir a éste al otro curandero. No, no me interesa. Y yo no discuto que alguno de ellos tenga dones especiales de curación. Tampoco me resulta discutible que la mayoría de los curanderos son gente honesta, creyendo en su trabajo, ganándose honradamente un salario, y produciendo mejoría en los pacientes, ya sea real o por efecto psicológico: ambas son mejoras, deseables y de gran valor.

Asimismo, es indudable que en el curanderismo, como en todos lo sectores de la sociedad, hay mangantes cuyo objetivo es vivir bien a costa de vender humo. Sin embargo, hay cosas y cosas. ¡Con los genes hemos topado!, amigo Sancho. Me temo que muchos curanderos no sabe que son los genes y, si lo saben, están excluidos de su vocabularios por falta de remedios contra los desmandados del rebaño.

Aunque soy católico tampoco creo en milagros al estilo "levántate y anda". Tampoco creo en los milagros de la ciencia y su terapia génica en la fórmula de venir a volverme a poner como un chaval. Si creo en los pequeños milagro del vivir de cada día: en el amor, en la amistad, en abrazo, en la sonrisa, en la palabra... en luchar por un mundo mejor. Soy consciente de no tener nada, pero sería un auténtico gorrón asqueroso si no aportara mi nada y sólo estuviera aquí para recibir lo mucho que necesito.

He aprendido a fuerza de palos lo de: "no es más feliz quien más tiene, sino el que menos necesita". Y ya no deseo ni necesito el "levántate y anda". Tal vez, en materia de deseos, en definición de milagros del vivir de cada día, en ideas deseos/necesidad/felicidad, y en concepto de la solidaridad, esté diciéndome tonterías únicamente de consuelo, que no hubiera admitido en otras circunstancias. Pero mis circunstancias ya no son solamente circunstancias: forman parte de mi persona como un todo indivisible.

Hermosa, puta, o muy puta, así es la vida: o te tragas el paquete entero o lo dejas: no hay más. Eso, lo de Espronceda: "¿Qué es la vida?. / Por perdida ya la di / cuando el yugo del esclavo / como un bravo sacudí". ¿Y por qué habría yo de temer a la muerte si no tengo nada que perder? Y si nadie puede quitarme nada con la muerte, ¿por qué no habría de creerme lo de Sócrates: "Lo importante no es vivir o morir, sino vivir justamente para poder morir con dignidad"?. No tengo miedo la muerte, pero tengo pánico al dolor.

Sé que el pasado nunca podrá doler. Sé que el presente casi no existe: un instante antes es pasado y un segundo después será futuro. Sé que no tiene sentido angustiarse por un porvenir que no se sabe si va a llegar o cómo va a venir.

¡Ja, ja, teorías, solamente teorías! Pues sí, soy un gilipollas miedoso. Si no tuviera miedo al dolor de mi futuro, o sería un mentiroso, o no sería hombre. ¡Y solamente aspiro a ser hombre, aunque haya de ser hombre gilipollas y miedoso!.


miércoles, 14 de agosto de 2019

25- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (El sexo de los conejos)

Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Notas:
Esto es la autbiografía de un atáxico, como se dice en el titular. No es un trabajo nuevo, sino un cambio desde el formato web, al de blog, buscando la seguridad "de enlaces permanentes". Sin embargo, no ha sido tan fácil el cambio como un copy-paste: He estado dos veces a punto de tirar la toalla.
La redacción nunca fue concebida como autobiografía en sí, sino como serie de artículos individuales. Mi objetivo era decir a los demás atáxicos que la vida con ataxia es difícil, pero no imposible. Y, con el paso del tiempo vemos cómo nos hemos agobiado por cuestiones nimias al lado de nuestras dificultades actuales. Y hasta aprendemos a reírnos de nosotros mismos.
Se podrá apreciar cómo la autobiografía se corta mucho antes de apagarse mi vida. Es cierto: Choqué contra un escollo insalvable: No es ético biografiar acontecimientos en los cuales habría de referir comentarios negativos relativos a terceras personas
.

Enlaces a capítulos de esta autobiografía:
1- Autobiografía (Primera parte). &&&&& 2- La escuela rural. &&&&& 3- Santo Domingo de Silos. &&&&& 4- Segundo fracaso. &&&&& 5- Al volver la vista atrás, (I). &&&&& 6- Al volver la vista atrás, (II). &&&&& 7- Al volver la vista atrás, (III). &&&&& 8- Al volver la vista atrás, (IV). &&&&& 9- Tiempo cero. &&&&& 10- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, I. &&&&& 11- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, II. &&&&& 12- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, III. &&&&& 13- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, IV. &&&&& 14- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, V. &&&&& 15- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VI. &&&&& 16- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VII. &&&&& 17- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VIII. &&&&& 18- Mi voz disártrica, I. &&&&& 19- Mi voz disártrica, II. &&&&& 20- Mi voz disártrica, III. &&&&& 21- Mi voz disártrica, IV. &&&&& 22- Mi voz disártrica, V. &&&&& 23- Autobiografía (II parte). &&&&& 24- Curanderos y ataxia. &&&& 25- El sexo de los conejos. &&&&& 26- Autobiografía (III parte). &&&&& 27- Autobiografía (IV parte). &&&& 28- Hispano-Ataxia e HispAtaxia. &&&& 29- Autobiografía (V parte).

*****

25- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (El sexo de los conejos)

Nota previa:
Para quienes no han conocido mi trayectoria física (degeneración progresiva), este escrito les puede parecer un simple texto de humor, sin más. Para quienes sí la conocen y me han visto apagarme poco a poco, aclaro que la historia aún siendo verídica y así, no es así: Una cosa es cómo se vive, y otra, distinta, cómo se cuenta pasados los años: Se puede suponer que está vivida en depresión y en el más completo hundimiento anímico... y, sin embargo, narrada después de asumir que, o te ríes de ti mismo, o te vas al carajo: O sea, aquí, pintar de gracioso lo que en su momento no tuvo ni maldita gracia... Pero así es la vida: a veces te lleva y te trae por caminos espinosos e inesperados. Todo es adaptarse. No vale llorar cuando se derrama la leche, y seguir eternamente llorando por la leche derramada y por la que se continúa derramando. ¡A mal tiempo, buena cara!.

Alguno de los lectores puede dudar de la certeza de esta historia. Sí, pudiera parecer un poquito fabulada. Por lo menos, a la vista del misterioso título del texto, se podría pensar que únicamente se trata de escribir un chiste jocoso narrado como pequeña provocación sexual. Pues no. El relato es muy cierto, aunque pueda tildarse de una de esas tonterías que, para contar a título de anécdota, a veces ocurren en nuestra vida. Tal vez, para los ajenos a esta experiencia personal de la ataxia, su única gracia sea la cualidad de absurdo del suceso.

A mis 18 años había comenzado trabajando en las labores ganaderas de la explotación de mi familia a un nivel altísimo. Cierto que resultaba "torpe" (en sentido atáxico), pero suplía mis deficiencias con mucha dedicación. En un inicio, podía realizar casi cualquier tarea: Así, cuando nadie entendía las instalaciones eléctricas de ordeño, yo me cargué con esa responsabilidad y ordeñaba las vacas.

Y, aunque por la falta de carnet de conducir de mi padre, si el trabajo del campo estaba en temporada alta, mi labor con el tractor me impedía trabajar con los animales, allí en las cuadras se hacía lo que yo mandaba. Digamos que existía un pacto tácito, nunca formalizado, entre mi familia: Ellos mandaban en cuestiones del campo, y yo en lo relativo a los animales. Y sí, existían muchas discusiones, opiniones y sugerencias, pero al final acabábamos respetando la jerarquía antes indicada. Yo peleaba con el conservadurismo de mi padre y de mi tío y discutía la oportunidad de los diferentes cultivos, pero al fin acataba las órdenes... Y también discutía con ellos sobre los animales, pero al final imperaban mis opiniones, como el más enterado del asunto... aunque también es cierto que mi madre en este asunto siempre estaba de mi lado. Pues para eso yo llevaba al día una libreta de notas donde constaba todo lo relativo al ganado. E incluso tenía un botiquín, y cuando un animal se ponía enfermo, hacía de veterinario y recetaba. Después mi padre, en el papel de practicante, pinchaba.

A medida que avanzaba la degeneración impuesta por mi ataxia, mi familia comenzó a darme órdenes y a restringirme las zonas del establo donde debía actuar. No me gustaba. Eso era para mí sumamente irritante. En realidad predicaban en el desierto: Yo era un cabezota, y en ese sentido hacía lo que me daba la gana. Mi familia me gritaba: "¡No ves que te van a pisar!". Los gritos eran inútiles. Aunque ahora reconozco que mi familia tenía toda la razón del mundo. Mis actuaciones solamente son comprensibles vistas desde el pundonor personal. Y si nunca tuve accidentes serios, fue porque los animales parecen tener más conocimientos que algunas personas. Y cuando uno se ha visto caído en el patio con 10 novillos de 500 kilos cada uno que han saltado por encima de él, ya no sabe si creer en Dios, en el destino, en los ángeles de la guarda, o simplemente en la sensatez de los bichos.

Si no tenía trabajo en el campo con el tractor, pasaba largas horas en el establo. No importaba que no fuese el horario de tener actividad allí. Me sentaba sobre una paca de paja y me enrollaba con mis pensamientos sin interrumpir la tranquilidad de los animales que continuaban con su cansino rumiar sin perturbarse por la presencia del visitante, el cual les era familiar.

En el otoño de 1983 mi familia ya solamente me dejaba limpiar los pesebres desde fuera y barrer los pasillos con una escoba de brezo que yo utilizaba mitad para barrer, mitad como bastón para apoyarme :-) en mis frecuentes pérdidas de equilibrio. Un día, tras una discusión surgida de lo mismo [sus continuas órdenes: "¡Ten cuidado!". "¡Por ahí no te metas!". "¡No ves que te van a pisar!", yo me irrité excesivamente y los mandé a la mierda, o al diablo, o a no sé dónde, y volví a sentarme sobre mi paca de paja... a semillorar.

Ésa de la paca de paja, donde me sentaba a diario, era una cuestión poco agradable para ellos, porque se sentían vigilados. Yo nunca paraba de dar órdenes, hacer observaciones, y decirles cómo debían hacer las cosas, sobre todo a mi madre y a mi hermana menor. Lo cual, mutuamente creaba un clima de irritabilidad. Y sólo requerían gustosamente mi presencia cuando había algún animal enfermo, y no sabían qué hacer, o cuando aquella dichosa maquinita eléctrica de ordeño, ya muy pasada de moda, no funcionaba correctamente.

Allí, en la paca de paja, tuve una idea genial: "¡Si yo criase conejos!". Evidentemente por su pequeño peso, no me podrían decir: "¡No ves que te van a pisar!". Y empecé a rumiar la idea... Yo no tenía la más mínima necesidad económica. Solamente buscaría una pequeña actividad para pasar el tiempo. No sería un negocio, sino un pasatiempo para mi tiempo libre, y aparte de mi dedicación a la explotación familiar. Intenté enterarme de algunos aspectos de la crianza de conejos... y manos a la obra.

Foto extraída de Internet

Primero compré una jeringuilla de múltiples dosis milimetradas para inyectarles la imprescindible vacuna contra la terrible mixomatosis (popularmente conocida como "mal de los ojos")... Después, pasé por un centro comercial de una población cercana y compré pienso para conejos, y algunas jaulas que me llevaron a casa con un pequeño camión.

Bien, ya tenía todo, menos los animales. En casa siempre había habido algunos conejos para consumo propio, pero una reciente mixomatosis se había cargado todos, menos el conejo que ejercía de semental, que, tal vez por si resistencia, a pesar de haberla padecido, la enfermedad no había podido con él. Ya tenía uno, si había superado el mal, ya era inmune... Me habían aconsejado que si sólo pretendía pasar el tiempo, no comprase muchas hembras, porque los conejos son muy prolíficos, y yo ni siquiera contaba con un mercado que absorbiera la producción. Con cuatro hembras sería suficiente para empezar.

Preparé una casa vieja que teníamos. Como ya llevaba 30 años deshabitada, apenas tenía cristales en las ventanas. Puse alambradas para que no entrasen los numerosos gatos sin dueño que, afortunadamente, abundaban en los pueblos, evitando las plagas de ratones. Con mi medida pretendía evitar el acoso de estos gatos a las conejas con crías pequeñas. Y además, puse en la ventas una tela fina de yute, la cual dejaba pasar el aire, pero creaba un ambiente de penumbra. Ésta era una medida contra las moscas, que me habían dicho eran las transmisoras de la mixomatosis.

Fui a comprar la hembras donde una vecina casada. Me llevó a una sala grande donde tenía más de treinta conejos en edad de sacrificio, y me dio la oportunidad de escoger en función de colores o de tamaño.
- Escoge -me dijo.
- No. No. Elige tú -respondí.
Repetimos esta secuencia de oferta y respuesta durante al menos tres veces. Al fin, ruborizado, hube de decirle la verdad.
- Escoge tú, porque yo no sé distinguir un conejo de una coneja.
Y es que eso de levantarles el rabito y mirarles descaradamente el sexo, me daba corte realizarlo delante de ella. ¡Si hubiese sido una vaca o un caballo...!. Yo había visto conejos... y casi a diario veía liebres por el campo, pero jamás pasó por mi pensamiento si aquel bicho era macho o era hembra.
La elección, al final, la hizo ella. Cuando, al azar, capturaba un conejo, le levantaba el rabo, y si era macho le soltaba otra vez, y si la capturada era una hembra la metía en mi saco.

Metí las cuatro conejas con el conejo semental en un recinto... llené de pienso y de agua unas viejas latas de conservas, y me olvidé del asunto por una semana.

Pasados los 7 día, puse las hembras en jaulas individuales que incluían una paridera, una especie de cueva con tapadera superior.

Transcurridos otros 10 días, como había visto hacer a mi madre, quise comprobar la preñez de las hembras. Tomaba a cada coneja por las patas traseras con mi mano izquierda... apeaba mi culo contra la jaula para no perder el equilibrio deteriorado por mi ataxia... metía la cabeza del animal entre mis rodillas...y suavemente, para no dañar los fetos, con mi mano derecha palpaba las bolitas de las crías en formación. ¡Todas estaban preñadas, menos una!.

Y parieron... las tres conejas preñadas parieron. La paridera, a modo de cueva, quedaba totalmente obscura, pero podía echarse un vistazo descorriendo la tapadera. Los conejillos, desprovistos de pelo, y que aún no abrían los ojos, eran difíciles de contar. La camada estaba apelotonada entre el suave pelo que se había quitado la madre para construir "la nidada". ¡Resulta una visión impactante!. Siempre había oído decir a mi madre que ahí no se andaba, o la coneja aborrecería a los conejillos. Por ello, me quedaba sin saber exactamente cuántos conejillos había en aquel apelotonamiento arropado por pelo materno, y, por tanto, cuál era el incremento de mi "familia conejil".

Camada de gazapos... Fotografía extraída de Internet

Durante una semana llevé diariamente a aquella coneja, no preñada, al recinto del semental. La misma historia se repetía día a día: El semental corría tras la hembra a una velocidad vertiginosa porque la velocidad de ella no era menor... y sólo se detenían cuando yo interceptaba la carrera y me ponía entre ambos. Yo me encogía de hombros: "¡Bah, esta coneja no está en celo!", pensaba. Así día tras día, hasta que comencé a sospechar que ambos eran machos...y las carreras no eran de pasión, sino por agresividad. Y el semental corría tras el otro animal para morderlo, y el otro, más joven e incauto, intentaba poner los pies en Polvorosa. Con ese pensamiento, le levanté el rabito, y pude confirmar mi sospecha. ¡Todo el lío había sido una confusión de mi vecina!. ¡Habría que comprarle una gafas! :-) .

Al día siguiente, mi madre guisó el conejo.

Un día me regalaron una coneja blanca. Supongo que el color era la cualidad especial del bicho. Y, aunque eso a mí me diera lo mismo, he aprendido a estar agradecido y aceptar cualquier regalo con una sonrisa. Lo cierto es que el dueño tenía los conejos en un estado semisalvaje, y la coneja blanca era incapaz de adaptarse a estar enjaulada. Las conejas siempre o casi siempre están en celo... el ciclo es cada 7 días... comenzando, y ya, por el mismo día del parto... por lo que una coneja podría parir, casi, una vez por mes, pues su ciclo de gestación es de 31 días.

Mi conejo semental era una máquina trabajando en sus cosas :-) ... y en un minuto, sin calentamiento previo, cumplía su misión... y, una vez cumplida, caía de culo hacia atrás :-) ¡Curiosidades conejiles! Así que la coneja blanca quedó preñada en un visto y no visto. Sin embargo, la coneja blanca no fue capaz de adaptarse a las jaulas... y en lugar de parir en la paridera, como hacían las demás conejas, parió fuera, y todos los conejillos se colaron por las rejillas de salidas de excrementos... y murieron. Por ello, tras llevar el mismo día del parto, a la coneja a que la preñara el semental, le di un puntapié, y la dejé, fuera de las jaulas, en el suelo del recinto. Allí había un centenar de pacas de paja, por lo que la coneja blanca creó un sistema de cuevas entre ellas. Pasado algún tiempo se podía ver 8 o 10 conejillos blancos, que huían presurosos a las cuevas ante cualquier presencia humana. "A estos cuando sean adultos, habrá que cazarlos a lazo :-)", pensaba yo.

Pero de repente, los conejillos desaparecieron sin dejar rastro. Pensé en hurones (que a veces extraviaban los cazadores de conejos montescos)... tal vez alguna comadreja, si no. Pero no... no. Estaba equivocado. La delicada observancia de mis abuelos, desde la ventana de su salón, descubrió al culpable. Era un gato negro [además negro :-) ], semisalvaje. Tales gatos abundan en los pueblos. Son descendientes de los gatos abandonados por sus dueños cuando emigraron a la ciudad en la década de los 60. Estrechándose casi lo imposible, penetraba por un agujero en el techo.

Con tres hembras no tuve problemas con la producción de conejos: Unos los consumíamos en casa... otros los vendía de forma esporádica... y algunos simplemente los regalaba. Pero una hermana de mi padre me trajo más hembras, asegurando su buena raza. Cuando criaron todas las conejas, me formaron un problemón: Llegué a tener casi 50 conejos en edad de sacrificio y sin saber qué hacer con ellos. ¡Y comían... y comían... que era un barbaridad!. Se los ofrecí a las carnicerías cercanas... y en todas me respondieron lo mismo: que compraban en el matadero, y que para ellos era engorroso manipular animales vivos. Yo pensé en soltarlos al campo para que se ganasen la vida por ellos mismos o fuesen almuerzo de algún zorro o lobo. Por fin, me los llevó un señor que vendía pescado por los pueblos, no era lo suyo, pero tenía intención de ofrecérselos a sus clientes. Pero, claro, la cantidad de dinero que me dio por la venta de los conejos fue tan ridícula que ni siquiera alcanzaba para pagar las tres cuartas partes del pienso que los bichos se habían jamado. ¡Había sido un negocio completamente ruinoso! :-) .

Llegada la primavera, las actividades del campo, de sementera de la cebada, entraron en un temporada alta. Casi no me dejaban tiempo para poder dedicarlo a los conejos. Solamente los veía los domingos. Durante la semana, encargaba a mi hermana llenar de pienso las tolvas y de agua las botellas. Entonces comenzó a ocurrir un suceso extraño: Algunas botellas aparecía vacías y el agua derramada por el suelo. Regañé a mi hermana y le acusé de no colocarlas bien, pero cuando las coloqué yo, sucedió lo mismo. Como las botellas eran de plástico, pensé en algún poro que interrumpía el sistema de vacío por el cual funcionaba el bebedero. Y como los recipientes tenía poco valor, cambié las botellas. Pero cada día aparecía una nueva botella cuyo agua estaba por los suelos.

Las examiné detenidamente, y pude comprobar que no se trataba de un poro, sino de una diminuta roedura en la parte superior (o inferior, ya que su colocación era boca abajo), y al entrar el aire e interrumpirse el vacío, el agua se derramaba. Pensé en alguna camada de pequeños ratoncillos de esos que existen en casi todos lo graneros. Y para que nunca faltase agua a los conejos, con unos tornillos sujeté unas latas al piso de las jaulas. Unas arandelas hechas de un viejo neumático, ajustadas por la presión de las tuercas, impedían la pérdida de líquido del recipiente. Los conejos podían ensuciar el agua, pero jamás volcar el depósito. Llenar las latas sin abrir las puertas de las jaulas, era sumamente fácil, pues como medida contra el desequilibrio de mi ataxia y para no mojarme los pantalones, nunca llevaba el agua en cubo, sino en un gran botijo de plástico. El agua, aunque a distancia, mediante chorrito, caía con exactitud sobre la lata por el peto delantero del botijo.

Una noche, después de la cena, enviaron a mi hermana, 16 años entonces, a aquella casa a buscar no sé qué. Como allí no había luz eléctrica, fue provista de una linterna. Volvió de vacío, y todo pálida y con cara de haber visto a Frankestein :-) . Tanto... que todos le preguntábamos qué le pasaba. Y no era para menos su susto: Durante varios días pudimos observar los mejores efectos especiales de una película de terror: Más de 20 o 30 ratas de una cuarta de largas más otra cuarta de rabo, deslumbradas por la linterna, corrían en busca de sus cuevas de refugio :-)

Nunca las habíamos visto, porque evidentemente solamente salían durante la noche. Y si no hubiese sido por la penumbra a que había sometido el edificio por miedo a las moscas transmisoras de la mixomatosis, me habría dado cuenta de que allí existían excrementos no pertenecientes precisamente a diminutos ratoncillos. ¡Si con razón pensaba yo que aquellos conejos comían demasiado! :-) .

Las ratas tenían sus cuevas de refugio en las paredes de adobe de la casa. Sin embargo, no eran visibles las grutas, era imposible verlas, por estar ocultas detrás de una pila de tablas sobrante de una reciente construcción, pues el año anterior habíamos remodelado el tejado del edificio por amenaza de ruina. Retiramos la madera. Cualquier intento por tapar las entradas a las cuevas resultaba inútil. Las ratas excavaban otras salidas, o destruían el cemento del tapón antes de que fraguase.

Compré veneno para ratas, de distintas clases. También el veneno resultó inútil. Las ratas no eran tontas y satisfacían su voracidad con el pienso de los conejos dejando inéditos aquellos granos envenenados, antiratas, preparados en los laboratorios. No me quedó más remedio que "mandar al cuerno" a los conejos para poder retirar el pienso. Esa retirada significó hambre para la ratas... que se comiesen el pienso envenenado... y muriesen en sus propias cuevas. También abrí las ventanas para que entrasen los gatos... aunque me temo que el tamaño de aquellas ratas hubiera intimidado a cualquier gato, incluso a los semisalvajes hambrientos, a pesar de su valentía :-) .

Así acabaron mis experiencias con los conejos. Llegaba verano y, con la recolección del cereal, apenas me quedaría tiempo libre.... ¿Y después del verano?. Había comprobado ya cómo mi degeneración crecía a pasos agigantados, y la crianza de conejos ya había dejado de ser mi solución mágica pensada en la paca de paja :-) . Ahora veía con suma claridad que ni siquiera mi enfermedad, Ataxia de Friedreich, me dejaba validez para cuidar conejos.

martes, 13 de agosto de 2019

21- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Mi voz disártrica, IV)

Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Notas:
Esto es la autbiografía de un atáxico, como se dice en el titular. No es un trabajo nuevo, sino un cambio desde el formato web, al de blog, buscando la seguridad "de enlaces permanentes". Sin embargo, no ha sido tan fácil el cambio como un copy-paste: He estado dos veces a punto de tirar la toalla.
La redacción nunca fue concebida como autobiografía en sí, sino como serie de artículos individuales. Mi objetivo era decir a los demás atáxicos que la vida con ataxia es difícil, pero no imposible. Y, con el paso del tiempo vemos cómo nos hemos agobiado por cuestiones nimias al lado de nuestras dificultades actuales. Y hasta aprendemos a reírnos de nosotros mismos.
Se podrá apreciar cómo la autobiografía se corta mucho antes de apagarse mi vida. Es cierto: Choqué contra un escollo insalvable: No es ético biografiar acontecimientos en los cuales habría de referir comentarios negativos relativos a terceras personas
.

Enlaces a capítulos de esta autobiografía:
1- Autobiografía (Primera parte). &&&&& 2- La escuela rural. &&&&& 3- Santo Domingo de Silos. &&&&& 4- Segundo fracaso. &&&&& 5- Al volver la vista atrás, (I). &&&&& 6- Al volver la vista atrás, (II). &&&&& 7- Al volver la vista atrás, (III). &&&&& 8- Al volver la vista atrás, (IV). &&&&& 9- Tiempo cero. &&&&& 10- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, I. &&&&& 11- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, II. &&&&& 12- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, III. &&&&& 13- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, IV. &&&&& 14- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, V. &&&&& 15- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VI. &&&&& 16- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VII. &&&&& 17- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VIII. &&&&& 18- Mi voz disártrica, I. &&&&& 19- Mi voz disártrica, II. &&&&& 20- Mi voz disártrica, III. &&&&& 21- Mi voz disártrica, IV. &&&&& 22- Mi voz disártrica, V. &&&&& 23- Autobiografía (II parte). &&&&& 24- Curanderos y ataxia. &&&& 25- El sexo de los conejos. &&&&& 26- Autobiografía (III parte). &&&&& 27- Autobiografía (IV parte). &&&& 28- Hispano-Ataxia e HispAtaxia. &&&& 29- Autobiografía (V parte).

*****

21- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Mi voz disártrica, IV)

... El año anterior, mi vecino, y mejor amigo, había sido llamado filas al servicio militar obligatorio... a Tenerife. Ese hecho puede parecer insignificante, pero, indirectamente, tuvo gran repercusión en mi vida social: En mi tiempo libre y días festivos, desde que se fue, me encerré en casa. Son las verdades o mentiras que, en estas situaciones degenerativas, que se dice uno cuando está falto de confianza en los demás y en sí mismo: “¿Para que coño voy a salir si ellos (los amigos) están mejor sin mí, y yo sin ellos?. ¡No quiero ser una carga para nadie!”.

Y, por supuesto, la partida de mi amigo también influyo a la hora de embarcarme en las antes citadas oposiciones: rellenar un vacío en mi tiempo. Si bien, ése es un tema complejo de explicar, y más aún de entender, a no ser que el lector se sepa ponerse en el punto de vista de alguien que, erróneamente, piensa que se le va vida.

El auténtico objetivo de la presentación a estas oposiciones era demostrarme a mí mismo mi valía, en momentos de desmoronamiento total de ánimo. Citar cualquier otro fin, sería un sinsentido. Aprobar era muy difícil, puesto que las plazas eran menos de un 1 por ciento de los aspirantes... pero ni siquiera aprobando, yo tenía la más mínima opción de tomar posesión del cargo: Nunca hubiera superado el certificado médico exigido antes de acceder al empleo: puesto que no me había presentado por el turno de discapacitados (si tal opción hubiera existido en aquel tiempo). Aun así, en mis condiciones, no hubiera tenido ganas de salir de mi familia, y enfrentarme a lo desconocido. Mi trabajo era malo, pero lo tenía, y hasta me gustaba.

Sobre el examen de las oposiciones: (copy-paste de otro capítulo de mi autobiografía):

”El examen de las oposiciones me salió fatal. De nada sirvió mi inteligencia y mi buena preparación. Todos mis planes quedaron por los suelos. La primera prueba era un dictado donde contaba ortografía y caligrafía. Yo era bueno en ortografía, pero malo en caligrafía si me hacían correr, pero suficientemente bueno (había sido muy bueno) si lo hacía muy despacio. Por tanto, según mis planes, tomaría apuntes y, luego, aunque tuviese que desquitar tiempo a otras cuestiones, como las matemáticas, lo pasaría a limpio.

Mis ideas quedaron sistemáticamente destrozadas: no se admitía lápices ni gomas, sólo plumas o bolígrafos, y el papel era único, no podía utilizarse ningún otro como borrador... en el margen debían constar hasta las operaciones aritméticas realizadas. Aquella medida era como si premeditadamente hubiesen adoptado tácticas contra mis posibles estrategias.

No quise correr en el dictado, en beneficio de poder hacer una mejor caligrafía. Mi nueva táctica consistía en escribir algunas palabras dejando huecos para adivinar las otras una vez acabado el dictado... pero con el nerviosismo del momento, no acerté a recomponer el texto. Se me olvidaron la mitad de los datos.



Además, yo nunca tuve dificultades con las matemáticas, incluidos los sistemas de ecuaciones y las ecuaciones de segundo grado, pero no fui capaz de coger el problema que se dictó de palabra. Por la cara de los otros examinandos, creo que fue una incomprensión general. Las incesantes preguntas individuales sobre el enunciado del problema, fueron inútiles, y acalladas de forma tajante: " - Aquí no se repite nada, ni se dan explicaciones".

Esa duda sobre la incomprensión general respecto al enunciado de la prueba matemática, me quedó asegurado en los comentarios de la salida de los juzgados de la plaza de Castilla, en Madrid, lugar del examen. Nadie había entendido nada, y para todos faltaba algún dato en aquel problema. O sea, que ése no fue despiste mío...

En geografía y en historia creo que respondí bien, como también lo hice en los temas judiciales. Con tres temas fallados de seis, creí absurdo esperar a puntuaciones para saber si tenía derecho a una segunda convocatoria, y me vine inmediatamente a Burgos a continuar ingresado en el hospital.

Jamás me interesé por saber de mi puntuación. Di el caso por cerrado y, como en el lema del deporte, me dije que lo importante era haber participado :-) .”


*****

Durante su estancia en Tenerife, me había carteado con mi amigo en varias ocasiones. Un día en su carta me dijo que lo iban a licenciar ya, y se ofrecíó a comprame un radio-cassette, siempre que le girara (en la mili en asuntos de dinero todos los reclutas estaban a dos velas) el importe de la compra. Aducía lo supersabido: que allí, en las islas Canarias, estas cosas eran muy baratas por no pagar aranceles de importación... o quizás por ser de contrabando... eso yo no lo sé.

Un radio-cassette no me hacia ninguna ilusión, pero, como esa clase de pequeños gastos carecía de importancia para mi bolsillo, pensé que era un aparato útil para casa... al menos, mis hermanas lo disfrutarían... Le contesté que mirara un aparato bueno, no uno corriente... me dijera el precio... y yo se lo enviaría por giro postal.

Acordamos en 14.000 y pico pesetas (era 1981)... Se las envié... Y compró el aparato. Poco después me dijo, por carta, que su familia le había pedido más cosas de las previstas en inicio, y en la aduana no le iban a dejar pasar tanto. Y añadió que, por ello, me lo iba enviar por correo... ¡¡Ni él, ni yo, sabíamos el lío donde nos íbamos a meter...!!.