La pagina web de "Ataxia y atáxicos" (información sobre ataxia, sin ánimo de lucro) es: http://www.ataxia-y-ataxicos.es/


jueves, 14 de mayo de 2015

La ilusión tardía (primera parte)

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Cristina Sáez Vallés, paciente de Ataxia de Friedreich, de Zaragoza.

Nota de administrador de blog:

Este precioso relato ficticio de Cristina, a nosotros los atáxicos, puede parecernos tan real como la vida misma... Por adaptación a tamaño aceptable a post de formato blog, ha sido dividido en dos partes. Hoy se edita la primera.

Cristina Sáez Vallés (la autora del relato)
Hoy es viernes. Los viernes me gustan, pero los domingos no. Los viernes puedo ver a mi pequeña, y los domingos tengo que volver a la residencia en la que vivo, o más bien, sobrevivo. Utilizo silla de ruedas y dependo mucho de otras personas, de modo que no tengo otra opción. Preferiría vivir con mi familia, pero no tengo. Buen... tengo una hija... No sabía que la tenía... no lo supe hasta hace cinco años.

Cuando mi mujer, bueno, mi novia, me dejó, me volví a casa de mis padres. No la busqué, no le pedí que volviera… La dejé marchar. Pensé que sería lo mejor para ella. Creía que ella ya no me quería, y sería más feliz sin mí... que se podría casar y tener hijos... todos los que quisiera con su marido. Porque conmigo, no. Yo no quería ser padre. ¿Para qué traer un hijo al mundo, si no podía disfrutar de él? Además, podría heredar la Ataxia de Friedreich, mi enfermedad, que es hereditaria y progresiva. Y eso no me parecía justo. Mi hermana Silvia, dos años menor, había muerto con sólo quince años, de este mismo mal. Y no quería tener hijos que corrieran la misma suerte.

Sara decía que en una enfermedad de herencia recesiva si uno de los dos padres no era portador del gen defectuoso, los hijos no heredaban esta rara enfermedad. Lo había leído en la biblioteca de la facultad de medicina, donde trabajaba de limpiadora. Quería hacerse un análisis genético. Ya lo había hablado con un profesor de la facultad, que era médico.

A Sara le gustaba leer, y era muy curiosa. No pudo estudiar una carrera, porque se quedó huérfana cuando era una niña, y se fue a vivir con unos tíos que no la trataban muy bien. Cuando fue mayor de edad, se puso a trabajar fregando oficinas, y con lo que fue ahorrando se marchó de esa casa, y alquiló una buhardilla en la misma finca en la que estaban las oficinas que limpiaba: entre ellas, la mía, en la que yo trabajaba. Y fue así como la conocí.

Nada más verla, me enamoré perdidamente de ella. Era una chica guapísima. Tenía unas piernas preciosas. Y una sonrisa maravillosa. Y olía a jazmín, su perfume favorito. Ella hablaba mucho, y yo la miraba hablar. No oía lo que decía, porque escuchaba a su cuerpo y a mi corazón, que me latía con tanta fuerza, que parecía que me iba a estallar. Un día me invitó al cine. Yo era muy tímido y acomplejado, así que fue ella la que tuvo que dar el primer paso. Y el segundo. Y el tercero. En seguida nos hicimos novios. Y tres meses después, dejé la casa de mis padres, y me fui a vivir con ella. A mi madre eso le preocupó, porque pensaba que yo era un pobrecito minusválido, y no quería que sufriera mal de amores, porque tarde o temprano, ella me dejaría, eso decía.

Todavía podía caminar, apoyado en un bastón, pero me cansaba mucho. Sara me instaba a que usara silla de ruedas, “sólo para las grandes caminatas”, decía ella. Pero yo sabía que eso sería mi condena, mi perdición: Porque si empezaba a usar silla, ya no la dejaría. Tener que dar ese paso, me costaba mucho. Era consciente de que tarde o temprano la necesitaría, pero deseaba alargar ese momento lo máximo posible. Siempre discutíamos por esto, pero yo me negaba rotundamente a hablar del tema.


Sara y yo vivimos juntos tres años. El primero fuimos muy felices. Al segundo año, Sara empezó con lo de casarnos y formar una gran familia. Esa familia que siempre anheló... ésa que no tuvo de niña. Yo no quería hijos, por lo de mi ataxia hereditaria, aunque Sara se había hecho la prueba genética, y no era portadora de la enfermedad. Yo quería que mis posibles hijos vieran como la enfermedad carcomía a su padre por dentro y por fuera. Si ella quería tenerlos, que los tuviera con otro. Pero Sara me amaba, y pensaba que cambiaría de opinión. Yo también le quería, pero creo que no era capaz de amarla tanto... ni siquiera me quería a mí mismo. Se me agrió el carácter. Me enfadaba por todo. Empecé a comportarme con ella de forma muy agresiva y violenta.

Una noche, al acostarnos, me dijo: “¿Y si estuviera embarazada?”. Yo le amenacé: “Más te vale que no. Ya sabes lo que pienso”. Sí que lo sabía, pero el aborto no entraba en sus planes. Ella me miró, con esos grandes ojos oscuros, y me dijo que estuviera tranquilo, que le había venido la regla. Se levantó de la cama, y se fue a dormir al sofá. Desde ese día, no volvimos a dormir juntos. Y dos semanas después, me dejó.

(Continuará mañana).

********************

1 comentario: