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viernes, 15 de mayo de 2015

La ilusión tardía (segunda parte)

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Cristina Sáez Vallés, paciente de Ataxia de Friedreich, de Zaragoza.

Nota de administrador de blog:

Este precioso relato ficticio de Cristina, a nosotros los atáxicos, puede parecernos tan real como la vida misma... Por adaptación a tamaño aceptable a post de formato blog, ha sido dividido en dos partes. Hoy se edita la segunda. Para acceder a la primera parte, pinchar en: La ilusión tardía (primera parte).

Cristina Sáez Vallés (autora del relato)
- II -

Sara se marchó de casa un domingo de invierno. Hacía mucho frío, y yo me desperté helado, temblando. Quise arrimarme a ella, y no la encontré. Claro, ahora Sara dormía en el sofá de la salita. Miré el reloj de la mesilla y vi que eran casi las dos de la tarde. No olía a café, sólo olía a jazmín y a tabaco. A mi tabaco. Ella siempre vaciaba mi cenicero, repleto de colillas. Lo hacía todas las mañanas al levantarse. Desnuda, abría la ventana, subía un poco la persiana y me decía que si podía dejar de fumar, "por favor, cariño".

Pero esa mañana de domingo, fría, triste, el cenicero seguía lleno de colillas, y mi cama estaba vacía. Mi corazón se estremeció cuando, al ponerme las gafas, vi el armario abierto de par en par, sin su ropa, sin sus zapatos, sin sus bolsos.

Me levanté de la cama y me dirigí torpemente a la salita. Vi el sofá. Vacío también, como mi alma, como mi vida. La llamé a gritos. Gritos de rabia y de dolor. De inseguridad y de impotencia. Nadie contestó. “Siempre supe que me dejaría, siempre lo pensé, y se lo decía. Le decía que no me engañara, que prefería saber la verdad”. “Hay otro, seguro. Quiere a otro mejor que yo”. Todo eran paranoias mías.

Estuve una semana encerrado en casa, en pijama, sin ducharme, casi sin comer, manteniéndome a base de café y frutos secos, fumando como un descosido, sin ir al trabajo y sin contestar al teléfono. Al cabo de unos días, llamaron a la puerta, y, como no quería ver a nadie, no abrí. Volvieron a llamar al timbre, y a gritar mi nombre y el de Sara. No tuve más remedio que abrir la puerta a mi madre, que cuando me vio se asustó. Yo me eché a llorar como un niño, y le conté que Sara me había abandonado y que se había enamorado de otro. Mi madre pareció entenderlo, y me hizo volver a casa con ella, porque: “¿Dónde iba a estar mejor su niño que en su casa, con sus padres, que le iban a cuidar y mimar tanto?”.

Así, pues, volví a la casa de mis padres, y me resigné a vivir una vida sosa, aburrida, sin esperar nada más que ir pasando los días con mi enfermedad a cuestas. Poco tiempo después, comencé a utilizar un andador y, luego, la silla de ruedas, que, fue mi condena, sí, pero también mi salvación, porque ya no podía caminar ni siquiera con ayuda. Me jubilaron a la fuerza, y pasaron los años. Mi padre murió, y mi madre enfermó del corazón. Así que me vi obligado a ir a vivir a una residencia para discapacitados.


No volví a saber nada de Sara en veinte años. Un día, recibí una carta que creí suya, pero era de su hija... Sara, como su madre: Me explicaba que su madre había muerto, y que en su lecho de muerte, le dijo que me buscara, que yo era su padre. Siempre le había dicho que su padre les había abandonado poco antes de nacer ella. Pero cuando enfermó de leucemia, y supo no tener remedio, le dijo la verdad: al quedarse embarazada, tuvo miedo de mi reacción, y se fue de casa. Aunque sabía de mí, nunca se atrevió a llamarme.

Después de morir su madre, la joven Sara comenzó a buscarme por todas partes. Encontró a mi madre, que vive en una residencia de ancianos, apenas ve, pero tiene una muy buena memoria. Y recordaba a mi novia, Sara y, al conocer a su nieta, se le alegró el corazón.

Yo ya no puedo volver atrás. Cometí el error de dejar escapar a la mujer de mi vida. Cuando veo a mi hija, la veo a ella. Madre e hija se parecen en todo, menos en sus ojos, verdes, como los míos. Heredó algo de mí, pero no mi Ataxia de Friedreich, como yo, ignorante, había pensado.

Sara, mi hija, tiene ahora veinticinco años. Está casada y tiene una niña que se llama Silvia, como mi madre y como mi hermana. Antes de casarse, ella y su marido se hicieron análisis genéticos, para saber a qué atenerse. Sara, Sarita, como la llama mi madre, su abuela, es portadora del gen anómalo de la Ataxia de Friedreich. Pero su marido no. Así que están tranquilos en ese aspecto.

Los viernes me vienen a buscar a la residencia, y me voy con ellos hasta el domingo. Y en Navidad nos vamos a pasar unos días al pueblo donde nacieron mis padres, con mi madre, que es una bisabuela feliz, y más ahora, que su nieta espera gemelos. Sara dice que su mayor ilusión es ser madre de muchos niños. Y la mía ahora es disfrutar al máximo de mi hija, y de mi nieta, y de los que vengan. Nunca es tarde para ilusionarse...

- FIN -

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