La pagina web de "Ataxia y atáxicos" (información sobre ataxia, sin ánimo de lucro) es: http://www.ataxia-y-ataxicos.es/


sábado, 10 de agosto de 2019

8- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Al echar la vista atrás..., IV)

Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Notas:
Esto es la autbiografía de un atáxico, como se dice en el titular. No es un trabajo nuevo, sino un cambio desde el formato web, al de blog, buscando la seguridad "de enlaces permanentes". Sin embargo, no ha sido tan fácil el cambio como un copy-paste: He estado dos veces a punto de tirar la toalla.
La redacción nunca fue concebida como autobiografía en sí, sino como serie de artículos individuales. Mi objetivo era decir a los demás atáxicos que la vida con ataxia es difícil, pero no imposible. Y, con el paso del tiempo vemos cómo nos hemos agobiado por cuestiones nimias al lado de nuestras dificultades actuales. Y hasta aprendemos a reírnos de nosotros mismos.
Se podrá apreciar cómo la autobiografía se corta mucho antes de apagarse mi vida. Es cierto: Choqué contra un escollo insalvable: No es ético biografiar acontecimientos en los cuales habría de referir comentarios negativos relativos a terceras personas
.

Enlaces a capítulos de esta autobiografía:
1- Autobiografía (Primera parte). &&&&& 2- La escuela rural. &&&&& 3- Santo Domingo de Silos. &&&&& 4- Segundo fracaso. &&&&& 5- Al volver la vista atrás, (I). &&&&& 6- Al volver la vista atrás, (II). &&&&& 7- Al volver la vista atrás, (III). &&&&& 8- Al volver la vista atrás, (IV). &&&&& 9- Tiempo cero. &&&&& 10- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, I. &&&&& 11- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, II. &&&&& 12- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, III. &&&&& 13- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, IV. &&&&& 14- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, V. &&&&& 15- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VI. &&&&& 16- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VII. &&&&& 17- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VIII. &&&&& 18- Mi voz disártrica, I. &&&&& 19- Mi voz disártrica, II. &&&&& 20- Mi voz disártrica, III. &&&&& 21- Mi voz disártrica, IV. &&&&& 22- Mi voz disártrica, V. &&&&& 23- Autobiografía (II parte). &&&&& 24- Curanderos y ataxia. &&&& 25- El sexo de los conejos. &&&&& 26- Autobiografía (III parte). &&&&& 27- Autobiografía (IV parte). &&&& 28- Hispano-Ataxia e HispAtaxia. &&&& 29- Autobiografía (V parte).

*****

8- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Al echar la vista atrás..., IV)

Si en el capítulo anterior he reseñado la intransigencia disciplinaria en el Seminario en determinadas faltas, se era más tolerante con las trampas educativas. En cualquier caso, ese asunto era totalmente diferente en cuanto a la falta no ser incumbencia de la dirección. Pasaba a ser competencia del profesor de cada asignatura. Algunos profesores se comportaban como si el fenómeno de copiar en los exámenes allí, entre seminaristas con hipotético alto sentido de la ética, no existiera... leyéndose su periódico tranquilamente mientras la prueba. Mientras otros, por el contrario, paseaban, ojo avizor, por los pasillos, y advertían, en plan ogro, que nadie osara copiar en su examen, y que a quien pillaran copiando, se le iba a caer el pelo: le pondrían un cero en esa asignatura en las calificaciones de final de curso.

Sí se copiaba, a pesar de tácitas teorías de alto sentido de la ética y/o de terribles amenazas. Se copiaba, es cierto. No obstante, cada cual debía saber qué o dónde se la jugaba. Por sistema yo no copié, porque no lo necesitaba para aprobar, porque me jugaba demasiado debido la supresión automática por parte del estado de ni beca por la presencia de un cero en las calificaciones finales del curso, y porque a cualquier preatáxico de Friedreich le falta tanto la habilidad manual como la sangre fría requerida para efectuar esa trampa.

Miguel-A.Cibrián. Foto de 1971
Sí, es cierto que en alguna ocasión hice alguna chuleta.... eso lo confieso Tampoco sabría dar una razón al porqué de este proceder, pues yo hubiera tardado poco más en aprenderme el contenido que en hacer aquellas letras diminutas de dudosa posible lectura estando atenazado por mis nervios de preatáxico en un examen. Tal vez únicamente buscara la experiencia de colocarme del lado de la infracción, o sentir la adrenalina... esa misma adrenalina que, hoy, terminaría por matarme ;-) .

Como anécdota, en una ocasión le hice un examen final de matemáticas a un compañero. Así, exacto, como suena, aunque suene a "farol de póquer" y a imposible, pero es cierto. Él se quejaba de que iban a suspenderlo en esa asignatura, y yo le tracé un plan para hacerle el examen, pero sin prometer nada. Le dije: "Mira, si me da tiempo te lo hago, pero tú hazlo lo mejor posible por si yo no lo hiciera".

Para exámenes teníamos un bloc apropiado... cuando uno acababa de realizar su prueba, arrancaba la o las hojas... las llevaba a la mesa del profesor... y, como los pupitres de clase no coincidían con los de estudio, llevaba el bloc vacío al pupitre de su propiedad... y salía de clase. Quedé en que si me daba tiempo, ademas de mi examen, iba a hacer una copia para él... luego la llevaba en el bloc e iba a levantar la tapa de su pupitre de examen y dejarla como primera hoja del bloc... sacarla, arrancarla, y depositarla en la mesa del profesor, ya serían cosas suyas.

Así lo hicimos. Hice mi examen... luego otro para él, cambiando el estilo de escritura y cometiendo algunos errores adrede para que aquello no pareciera copia de mi examen, ni que un alumno al borde del suspenso llamara la atención sacando un 9 (se lo dejé en un aproximado 6 o 7)... y entregué mi mensaje en la mesa del profesor... y llevé su copia junto al bloc al pupitre por él ocupado durante el examen, levanté la tapa, como era práctica habitual, y lo metí al cajón. Sacarlo y entregarlo fue obra de él.

En otra ocasión supe las preguntas que iban a poner al día siguiente en un examen final de física. El profesor de matemáticas y el de física, que era una misma persona, en su primer examen llevó ambas pilas de impresos fotocopiados a la mesa... repartió la de los impresos de matemáticas, pero dejo la otra intacta. Para mí, que nunca pasé de ingenuo, eso pasaba desapercibido. Cuando entregué mi examen vi que el que iba delante dejaba su examen en la mesa del profesor y cogía un folio de la otra pila. Yo (otra vez ingenuo) aprecié la anormalidad, pero seguía sin comprender el sentido de la maniobra. Fui a dejar mi bloc como de costumbre, y el asunto del robo del folio desapareció de mi mente.

Pero cuando salí al anden, a aquellas horas vacío, vi a tres alumnos corriendo de una forma casi endiablada y meterse en una sala pequeña. Allá me fui yo, curioso, a ver qué pasaba. Ellos dudaron un instante, pero al fin, compartieron "su robo" conmigo.

Lo que ya no sé si es trampa es el hecho de que en cuarto curso tradujéramos del latín "El libro VI de las Galias", de Julio Cesar, y algunos tuviéramos acceso a una versión en castellano. Y digo no saber si eso es trampa, porque el profesor no podía ignorar la existencia de tal versión de traducción libre al español. Muchos alumnos copiaban mis traducciones de latín, pero quedaban en fuera de juego cuando el profesor les preguntaba por qué traducían así. El quid no era la traducción global en sí, sino comprender cada giro. En quinto curso, en cuanto a latín, traducíamos "De senectute", de Cicerón.


También estudiamos griego clásico, con D. Teo como profesor. Lo único que recuerdo es el alfabeto: "alfa, beta, gama, delta...... iota, capa, landa...". ¡Una tontería! Para conocer el pensamiento filosófico de la antigua Grecia no se necesita tal aprendizaje. Hasta yo (sin pasar del alfabeto griego, y que, como él decía "sólo sé que no sé nada") cito a veces a Sócrates... para enterarse están los libros ya traducidos ;-) .

Tal vez en aquel tiempo sintiera algún atractivo por el mundo literario... lo cual pudiera haberme servido como futuro modo de ganarme la vida. Me aprendía de memoria los poemas de los libros de texto. Aún hoy, treinta y tantos años después, sería capaz de recitar una docena de versos seguidos de varios poemas y autores. Ahora se me ocurre "la canción de pirata", de Espronceda, y "el vaquerillo", de Gabriel y Galán: "Con diez cañones por banda / viento en popa a toda vela / no corta el mar, sino vuela / un velero bergantín", y "He dormido esta noche en el monte / con el niño que cuida mis vacas. / En el valle tendió para ambos, / el rapaz, su raquítica manta, / y e quiso quitar, pobrecillo / su blusilla y ...".

Por supuesto que por aquellos tiempos leía todo cuanto cayera en mis manos. ¡Qué cosas!. No sé quién traza los caminos de la vida, ni si los traza alguien... o, en su caso, en lugar de asfaltarlos, escabrosos senderos de cabras sólo iluminados por los relámpagos de la tormenta que en ciertos casos acompaña al peregrinaje terreno. Desde aquel tiempo no he leído más de 20 libros. Casi sale a uno por cada dos años. No soy capaz de concentrame en la lectura de cosas largas ni me apetece pasar hojas sin ser consciente de lo que acabo de leer. El periódico sí lo reviso a diario. Y solamente he comprado un libro desde entonces. Creo que los escritores y editores no hacen negocio a costa mía :-)

Mi compra fue "rimas y leyendas" de Bécquer. Quería escribirle a una joven cuyo padre (considero que yo, atáxico, no era bueno para ella... y creo que tenía toda la razón) los 24 versos íntegros (sólo recordaba 8) de "Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar, / ...", y terminaban con los versos: "... / como yo te he querido... desengáñate, / ¡así no te querrán!".

En fin, esa clase de fracasos amorosos por cuestiones de salud, aunque la realidad es totalmente distinta, debieran carecer de importancia. Si embargo, los seres humanos a veces somos tan estúpidos que nos recreamos en hurgar en nuestras propias heridas, incrementando así el dolor... y entrando en un círculo vicioso sin previsible final. Pasado el tiempo, al echar la mirada atrás, hasta nos causan risa nuestra propia estupidez al hundirnos por no saber aceptar la naturalidad de algo que es como es, a pesar de las zarandajas dichas sobre la ceguedad del amor.

Durante algún tiempo en es Seminario escribí versos, métricos y de rima. Posteriormente, en una revisión años más tarde, ya en casa, me parecieron sumamente ridículos. Las palabras me parecían como metidas con calzador buscando una rima. Por ello, los rompí. Ni siquiera los recuerdo. Posiblemente formateé la memoria del disco duro de mi cerebro :-) . En realidad, conservo muy poco de aquella etapa de mi vida. Ni siquiera encuentro muchos de los libros de texto. ¡Y mira que he dado vueltas buscando un libro de la asignatura de francés en el cual, en idioma galo, había un párrafo sobre la civilización que comenzaba diciendo: "La civilization ce n'est la maison a six étages, ni l'automovil, ni le chaufage central, etc, etc". Y terminaba con, traducido, algo así como: "La civilización es el control de la materia por la voluntad, es la práctica de la solidaridad, es la paciencia ante los contratiempos cotidianos, en una palabra, es el valor (courage)".

A pesar de no tener acceso a los periódicos, estuvimos atentos a casos rimbombantes, como el llamado "proceso de Burgos" seguido contra varios etarras. Se saldó con las últimas penas de muerte impuestas por el franquismo. Nuestras preguntas se incrementaron a raíz del hallazgo en un árbol de El Parral grabadas las palabras "Gora Euzkadi Azkatuta, Zorobi". La traducción desde el vasco, salvo lo de "Zorobi" (que pudiera ser la firma), no ofrecía dudas, pues entre nosotros había un vasco, de Rentería (Cuesta), pero servían de excusa para preguntar.

Recuerdo que mi hermana mayor, como yo, estaba interna en un colegio de monjas de Burgos, y mi madre estaba muy preocupada por ambos, porque ETA había amenazado con envenenar el agua de la ciudad. También recuerdo que en una visita a la Catedral nos meábamos de risas llamando la atención de unas señoras mayores debido nuestras alusiones a ETA. ¡Cómo cambia la vida! Aquellos, héroes para nosotros, capaces de cantar en pos de unos ideales mientras eran condenados a muerte (con independencia de las opiniones sobre el régimen político condenador), hoy no pasarían de ser calificados como hijoputas desalmados. Pienso que "patrias, himnos, banderas, y nacionalismos" son un maquiavélico invento de algunos gilipollas para justificar armamentos, guerras, patadas en la espinilla, y mirar por encimo del hombro a quién no sea "de los nuestros".

Llevo varios años en Internet con amistades en todo el mundo, en 5 idiomas... y todo el mundo es igual... goza, sufre, llora... son humanos (sencillamente eso)... y se solidarizan unos con otros sin importar nacionalidades, razas, clases, ni ideologías. ¿A qué coño vienen tales inventos separadores por parte de quienes "no ven más allá de los 200 metros de su terruño"?.

También recuerdo de aquella época haber hecho una especie de manifiesto republicano. ¡¿Pero qué se me habría perdido a mí en tales cuestiones?! ¡A mí que ni siquiera me preocupo de votar, porque los políticos me parecen una panda de embusteros mentirosos compulsivos ansiosos de tocar poder como sea y a costa de lo que sea, y porque creo que quienes tenemos "una rueda (dicho por la silla) aquí y otra allá", si nos conviene, podemos estar exentos de obligaciones ciudadanas! :-) Tal asunto del manifiesto es un fiel reflejo de lo afirmado por el dicho: "Quien no es revolucionario a los 18 años, no tiene corazón... y quien sigue siéndolo a los 50, no tiene cabeza" :-) .

No obstante, no soy consciente de que allí existiera el más mínimo movimiento prodemocrático o antifranquista. Sencillamente, nosotros dábamos por bueno lo que había, porque ignorábamos que hubiera otras opciones. Nuestro aislamiento de opiniones del exterior era casi total. Éramos libres en los periodos vacacionales. Sí, es cierto, pero en las poblaciones rurales no existían periódicos, ni tampoco absolutamente nadie introducía el tema político en sus conversaciones. Desde luego, no teníamos acceso a la prensa, pero no creo que los periódicos editaran informaciones subversivas o, de haberlo hecho, hubieran sido censurados y cancelados.

Vivíamos los tiempos en los que el NODO, de emisión obligatoria en los cines antes de las películas, cantaba a voz en grito las excelsitudes de régimen y las obras inauguradas por sus dirigentes. Jamás escuchamos voces discordantes ni vimos panfletos subversivos.

Quinto curso fue, a partir del segundo mes, un tiempo malo para mí. Es difícil dar una explicación sobre el motivo cuando no se tiene. Simplemente hay momentos en la vida en que la mente te juega malas pasadas. Lo ocurrido tenía bastante relación con la enfermedad que, sin saberlo muy bien, estaba sufriendo, sólo que ya no pude aguantar el estrés al que ésta me sometía. Me comporté como un imbécil al querer aparentar que no me ocurría nada y, por tanto, negarme a recibir una ayuda que sin duda hubiera necesitado. Sentí las depresiones (curiosamente la hora negra era a la caída de lo noche), apenas comer, dormir mal, no estudiar, y no atender en clase, nerviosismo, falta de equilibro (físico), temblor (manual) etc. Nadie se dio cuenta, y todos se dieron cuenta.

Así, D. Alipio, me abordó un día y me preguntó: "¿Qué te pasa que antes sacabas buenas notas y ahora he de ponerte un 5 raspadillo?". Fiel a mí manía de querer ocultar mi problema, le contesté con una salida de tono de las dichas sin premeditación para que te dejen en paz: "¡Es que no me gusta la asignatura!".

O D. Procopio que se olvidó la libreta de notas sobre la mesa tras su clase de literatura, y sobre mi ponía: "a este chico no hay quien le entienda, sé que sabe las cosas, pero nunca levanta la mano en clase".

Hay dos anécdotas de esta época bastante expresivas de cuanto me sucedía. Por entonces, ambos en cama, compartí habitación en la enfermería con un compañero de curso, nuevo, Delgado, que tenía gran facilidad de palabra y componía versos. Estuvo toda una tarde hablándome de romanticismo, poetas románticos, y leyéndome sus poemas. Pero no sé qué dijo. Yo no podía escuchar. Mi cabeza era como un hervidero presentando cientos de pensamientos en forma de retales que se pisaban unos a otros impidiéndome centrarme en nada concreto.

También recuerdo un partido de fútbol de copa de Europa, todos apretujados, y la luz apagada para mejor visión del televisor... aquel me parecía un mundo que no era el mío... y si se cae el cielo y pilla debajo a los asistentes al espectáculo, yo ni siquiera me entero... no estaba allí... la depresión que me coge... y yo, como un tonto, a buscar aire para respirar y a llorar al patio... de noche y lloviznando.

Algunos detalles de esta época reafirman lo dicho al comenzar esta historia sobre la gran humanidad de estas personas y su interés más por formar jóvenes que sacerdotes. Una de las tonterías hechas (porque mi cabeza entonces no estaba capacitada para el planteamiento de tal tipo de reflexiones) fue plantearme mi vocación y estancia en el Centro. Se me dijo, que para mi formación educativa no me era conveniente abandonar entonces... que por su parte no existía ningún problema para que yo acabara allí el curso.

Cuando se nos planteó la posibilidad de realizar una reválida de cuarto en el Instituto de Enseñanza Media fui uno de los que se ofreció voluntario. Pero, como mi cabeza no estaba en su sitio, mandé posteriormente la idea al cuerno... simplemente porque por el procedimiento normal de pedir a mi familia en la bolsa de la ropa sucia y serme enviadas en la de la lavada, no me daba tiempo a recibir las 1.000 pesetas del importe de la matrícula... pude llamar por teléfono, o cualquiera me las hubiera prestado, o incluso tenía un familiar dando allí clase... a quien podía ver a diario... y quien me las hubiera prestado gustoso si se las hubiese pedido... pero me cerré mentalmente, y lo di todo por perdido.

Faltando sólo dos días para la finalización del plazo de inscripciones, el superior me preguntó por qué, a pesar de haber presentado la intención, no me había matriculado. Le dije: "Es que no tengo las 1.000 pesetas que cuesta la matrícula". Me respondió: "¡Tú te ahogas en un dedal!". A continuación buscó la cartera en su bolso, me dio las 1.000 pesetas, y añadió: "Toma, anda, vete a matricularte al Instituto". Ni siquiera me dijo que se las devolviera. Por supuesto que se la devolví... pero ahí queda en detalle de involucrase a tope en mi educación, aunque el asunto significara mi abandono vocacional.

Esta cifra reseñada en el párrafo anterior ratifica mis explicaciones dadas al inicio de este texto, aportando la existencia de una diferencia abismal entre las tarifas de los distintos centros educativos de la ciudad. La enseñanza en el Seminario cobraba precios casi testimoniales en relación a otros colegios no exigentes de presunta vocación. Aquí, por ejemplo, estamos hablando de 1.000 pesetas por unos trámites, un examen de una hora, y un título o diploma. Mientras, en el Seminario eran solamente 10.000 anuales, por profesores todo un año, manutención al alumno en régimen de internado durante nueve meses, y mantenimiento del edificio. ¡Abismal diferencia! ¿Es, visto así, comprensible quejarse de cualquier tipo de deficiencia o imposición disciplinaria?. Sinceramente no. Cada cual era libre de quedarse o marcharse.

Pocos días después del comienzo del segundo trimestre del curso quinto, llamaron mis padres para que me llevaran al médico. Y el Dr. aconsejó mi vuelta al hogar. Y regresé a casa abandonando el Seminario

Algunas cosas no me gustaron, pero me es sumamente fácil hallarlas explicación y comprensión. No me gustó que se avisara a mis padres sin contar conmigo. Pero es posible que por entonces mi mente no fuera apta para este tipo de reflexiones y decisiones. Tampoco me agradó que desde la dirección del Centro en el tiempo inmediato posterior a mi abandono no se preocuparan por interesarse en preguntar por mi salud. Pero tenían otros 450 alumnos a su cargo por quienes preocuparse, sin necesidad de añadir uno más que ya ni siquiera estaba allí y había dicho no querer continuar.


Pues sí, tengo a gala haber sido seminarista... no sólo no lo oculto, sino que también tal dato suele constar en mis presentaciones informales de amistad.

Aún en un arranque de genio, puesto que había aprobado con notable la reválida de cuarto, me matriculé por libre de quinto curso en el Instituto de Enseñanza Media. Sin embargo, cuando intenté coger los libros, vi que no podía ser. Seguía sin poder concentrarme: Podía hacer una sesión de estudio de una hora sin estar metido en el libro y sin al final tener una mediana noción de lo que había estado leyendo o estudiando. Por ello, decidí dar por terminados mis estudios... comprarme unos buzos (monos de trabajo) azules... y ponerme a las órdenes de lo que me fuera mandado en la explotación agrícola familiar.

Solamente estuve en un reunión de ex-compañeros de curso del Seminario. Fue en 1981. No me gustaría asistir en la actualidad a dichas reuniones. Tengo deficiente el habla y oigo poco en circunstancias normales, y no descifro los sonidos con ruido de fondo o si hablan dos o más a la vez. Tampoco, a más de innumerables dificultades físicas de gran calado, podría controlar mis emociones y rompería a llorar como un niño.

Es evidente que no querría, ni por ellos ni por mí, ser llevado a una de estas reuniones a ser expuesto allí como bicho traro de zoológico. No quiero. Mi dignidad me aconseja estarme quietecito en mi casa. Padezco una enfermedad genética degenerativa llamada Ataxia de Friedreich. No obstante, quienes no tenemos futuro, o es tan negro que ni siquiera es bueno comerse el coco pensando en él, echamos insistentemente la vista al pasado. Y, por ello, me he preguntado a menudo por el devenir de las vidas de los ex-compañeros... y, más aún, me he interesado... y he realizado preguntas. ¡Claro que me agrada saber de los ex-compañeros del Seminario!.

Sé (salvo que sea un fatídico sueño de dormido) que falleció Del Val. Sé que D. Procopio llegó a ser rector del seminario, pero después abandonó el sacerdocio y se casó. Con Lamberto estuve en una Escuela de Capacitación Agraria en Palencia. A Vela lo vi en la estación del tren en uno de mis viajes a Madrid por asuntos médicos. Con Carmelo me he encontrado en Burgos y estuvimos casi una hora juntos. A Vélez lo encontré en la estación de autobuses. Y con Miñón he tenido comunicación por carta a lo largo de estos últimos 30 años. Por citar algunos nombres de la reunión de 1981: Tomé, Marcos, Álvarez, Cogollos, Aguilar, Sicilio, Santos, Arsenio, González López ("Peque"), etc. Y a Tobar, que me acercó con su coche a la estación de autobuses (caía aguanieve aquella tarde).

Sé de quienes llegaron al sacerdocio: Elías, y Fermín (uno en Burgos tras su paso por Salas de los Infantes, y el otro por el sur de la provincia), Viñé Pérez (por Perú), Martín ("Zeque", por Brasil), y posiblemente Albertito (que repitió segundo curso y tal vez no se considere de esta "hornada"). Sé de otros que estaban trabajando en mi anterior gremio agrícola: Inocente, Vidal, Ausín, y Cobo. Con Arnáiz hablé por teléfono a cuento de un problema familiar con una póliza del seguro agrario (asunto que quedó solucionado). En 1992 (cuando ya hacía cinco años que yo utilizaba silla de ruedas) vinieron a visitarme a mi casa Miñón, Calvo Pérez, Carrasco (casi vecino de población de nacimiento), y Ajates. Sé que Marañón (en cuarto curso compañero de pupitre) trabaja en un banco, y Ayala y Barrasa estaban por Valladolid, Castro por Fuenlabrada, y Demetrio por Vitoria. Y ahora veo en la lista de correos "Seminario-67", además de algunos ya citados, a Requejo (Fabri), Chema, y a Ginel.

¡Me encanta saber de los ex-compañeros de curso del Seminario, y que les va bien en la vida!.

viernes, 9 de agosto de 2019

7- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Al echar la vista atrás..., III)

Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Notas:
Esto es la autbiografía de un atáxico, como se dice en el titular. No es un trabajo nuevo, sino un cambio desde el formato web, al de blog, buscando la seguridad "de enlaces permanentes". Sin embargo, no ha sido tan fácil el cambio como un copy-paste: He estado dos veces a punto de tirar la toalla.
La redacción nunca fue concebida como autobiografía en sí, sino como serie de artículos individuales. Mi objetivo era decir a los demás atáxicos que la vida con ataxia es difícil, pero no imposible. Y, con el paso del tiempo vemos cómo nos hemos agobiado por cuestiones nimias al lado de nuestras dificultades actuales. Y hasta aprendemos a reírnos de nosotros mismos.
Se podrá apreciar cómo la autobiografía se corta mucho antes de apagarse mi vida. Es cierto: Choqué contra un escollo insalvable: No es ético biografiar acontecimientos en los cuales habría de referir comentarios negativos relativos a terceras personas
.

Enlaces a capítulos de esta autobiografía:
1- Autobiografía (Primera parte). &&&&& 2- La escuela rural. &&&&& 3- Santo Domingo de Silos. &&&&& 4- Segundo fracaso. &&&&& 5- Al volver la vista atrás, (I). &&&&& 6- Al volver la vista atrás, (II). &&&&& 7- Al volver la vista atrás, (III). &&&&& 8- Al volver la vista atrás, (IV). &&&&& 9- Tiempo cero. &&&&& 10- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, I. &&&&& 11- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, II. &&&&& 12- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, III. &&&&& 13- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, IV. &&&&& 14- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, V. &&&&& 15- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VI. &&&&& 16- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VII. &&&&& 17- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VIII. &&&&& 18- Mi voz disártrica, I. &&&&& 19- Mi voz disártrica, II. &&&&& 20- Mi voz disártrica, III. &&&&& 21- Mi voz disártrica, IV. &&&&& 22- Mi voz disártrica, V. &&&&& 23- Autobiografía (II parte). &&&&& 24- Curanderos y ataxia. &&&& 25- El sexo de los conejos. &&&&& 26- Autobiografía (III parte). &&&&& 27- Autobiografía (IV parte). &&&& 28- Hispano-Ataxia e HispAtaxia. &&&& 29- Autobiografía (V parte).

*****

7- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Al echar la vista atrás..., III)

El curso anual quedaba dividido en tres trimestres con tres periodos vacacionales intermedios: Navidad (unos 18 días), Semana Santa (8 a 10 días), y las vacaciones estivales (más amplias). Cualquier vacación esa esperada por nosotros con suma ilusión. Hasta íbamos tachando en la lista (antes citada) y en pequeños calendarios los días transcurridos, y contábamos a la baja los restantes para tan magnos acontecimientos. Cada uno de los tres periodos vacacionales tenía sus particularidades: no sólo en función de las festividades a celebrar, sino también del tiempo de duración. No era igual llevarse a casa una bolsa de ropa para dos semanas, que toda la maleta, incluidos los libros de texto (sin dejar nada) a fin de curso.

Entre las tres vacaciones citadas, aunque no sepa muy bien por qué, me quedo con la ilusión de las navideñas. Tal vez fuera por ser las primeras en el calendario tras el comienzo del nuevo curso... o se deba a la propiedad del tiempo de cortedad de las horas de luz solar la que nos impulsaba a la añoranza de la familia... o simplemente, de forma mimética, se nos metiera en la mente y en la sangre la tradición fomentadora del ambiente familiar de estas festividades. Es posible que hayamos de buscar motivos especiales de ilusión en el conjunto de las tres cosas en lugar de elegir solamente una.


Comenzaban hacia el 20 o 21 de diciembre. Venía a buscarnos algún familiar. Recuerdo la bajada aquel día al centro de la ciudad a buscar la terminal de autobuses y la contemplación asombrados y absortos de las adornaciones públicas y las de los centros comerciales. A mi madre (que casi nunca había estado en la ciudad) tenía que apremiarla para que no se quedara absorta mirando en los escaparates algún abrigo que no hubiéramos tenido dinero suficiente para comprar :-) .

La terminal de autobuses estaba repleta hasta tener que abrirnos paso a empujones, porque todos los centros educativos daban vacaciones a la vez y éramos muchos los estudiantes que vivíamos fuera de la capital. Los autobuses en aquellas fechas siempre estaban llenos... exigiendo la espera de un segundo... o un tercero... y, aún así, medio viaje de pie por insuficiencia de asientos... como sardinas en lata. Y para más, la carretera sin asfaltar estaba llena de baches poniendo a prueba los amortiguadores del coche y nuestro aguante físico casi ilimitado. Y por fin, el no va más de la felicidad: la entrada en el pueblo y el contacto familiar, incluidos hermanos, tíos, y abuelos.

Y no olvido el inconfundible sonido lotero con el que los niños de San Idelfonso por la radio me despertaban la primera mañana mágica de vacaciones: "16.324... 25.000 pesetas".

Y, como anécdota recordar aquí lo que en vacaciones era "el santuario" de visita casi obligada tras nuestra inmediata salida, y previa entrada al Seminario; se trataba de una tiendecita-kiosco para venta de chucherías y cromos para niños. Era "La Antigua" en la plaza del Dr. Albilñana, al lado del instituto femenino Cardenal López de Mendoza, cerca del Seminario. Y puestos a recordar garitos, añado la tómbola de la Cruz Roja que por tales fechas se instalaba en los bajos de un edificio destartalado y sin uso el la plaza del Cid... hoy, ni más ni menos, aquello es "El Teatro Principal", propiedad del Ayuntamiento, situado en un extremo del Espolón, junto al puente San Pablo.

La hora de levantarse era las 7:00. Los domingos nos dejaban una hora más. Yo despertaba automáticamente a dicha hora y nunca pude aprovechar para dormir ese tiempo extra dominical. Algunos de nosotros teníamos una linternita para poder visionar y hojear algún tebeo sin ser observados desde el exterior. Había quien decía usarla para repasar en tiempo de exámenes. Para mí eso era una tontería. Procuraba un trabajo constante. Fiel al dicho al dicho de "quien no pasa, no puede repasar" no aguardaba a últimas horas para agobiarme pasando absurdamente de forma constante y compulsiva las hojas del libro de texto mariposeando sin quedarme fijo en ningún tema. No obstante, ambas prácticas con la linternita, ya fuera de entretenimiento o de estudio, no pasan de ser una estupidez de adolescentes. La mala postura, la deficiente visibilidad, y la nula ventilación, eran motivos suficientes para no merecer la pena hacer aquello. Y si era gravoso y sin sentido, podemos peguntarnos sobre el motivo de hacerlo. No lo sé. ¡A ciertas edades se hacen tantas cosas sin pararse a buscar una razón! El analizar si compensa el provecho esperado con el esfuerzo a realizar es cosa de adultos. ¿Sensatez? No lo creo. Me parece una locura pasarse la vida elucubrando qué merece la pena y qué no. La vida no son fríos datos bancarios sometibles al fenómeno rentabilidad.

Con respecto a levantarme cada mañana mi comportamiento era bastante anómalo en un incipiente paciente de ataxia de Friedreich. Tras el sonido despertador del timbre, saltaba como un botón automático sometido a algún mecanismo, tomaba la toalla y el jabón, y siempre llegaba a los lavabos entre los primeros. A mi vuelta lavado, algunos compañeros aún continuaban vacilantes sobre si dejar las sábanas o aprovechar 30 segundos más. "La diferencia", explicaba, "es que yo no he pensado que tenía que levantarme, y tú aún lo sigues pensando, a mí no me ha atormentado la idea, mientras a ti te sigue atormentando la pereza de abandonar las sábanas... y total, ¡no tienes otro remedio que acabar levantado, como yo!" ;-) .

Habitualmente, salvo hacer nuestra propia cama, no ejercíamos labores domésticas de ninguna especie. Aunque no las viéramos, había unas empleadas para ocuparse de la limpieza. Solamente las veíamos por la mañana hacia las 7:20, cuando bajábamos diariamente del dormitorio a la capilla para oír Misa. Ellas estaban limpiando el anden. Echaban serrín mojado para que barrido y fregado se ejecutaran en una misma pasada.

Al atardecer teníamos a diario el rezo del Rosario. Solamente, abandonábamos tal práctica en días muy concretos cuya tarde íbamos al Seminario de San Jerónimo a visionar algún espectáculo y volvíamos con el tiempo justo a la hora de la cena. Normalmente, está oración la hacíamos en la capilla, aunque muy ocasionalmente se hizo ante las vírgenes del patio y del andén. Pero, hablando de rezos, jamás recuerdo que se hiciera un Víacrucis, como sí se hacía en los pueblos. Aunque tal práctica sí había existido en años anteriores, pues en las paredes de las capillas había estaciones numeradas en dígitos romanos.

Aunque no nos ocupábamos de la limpieza, alguna vez, algunos sí teníamos cargos. En tercero, junto a otros tres, estuve encargado de la portería. La labor consistía en buscar a los alumnos cuyos familiares llegaban a visitarlos. El horario de visitas coincidía con el recreo de después de la comida. Pero teníamos el privilegio de poder ir a menudo por la portería a ver que contaba el Sr. Anastasio (el portero) . Si algún ex-compañero me leyera, esto último le puede chirriar y no saber quién es el tal Anastasio. A tal señor nunca lo conocíamos por su nombre, sino por un apodo... pero me niego a escribir aquí apodos ;-) .

La temperatura era buena. Había calefacción. Salvo dos días por avería de reventones tras nuestro regreso de unas vacaciones navideñas. Hubo continuas heladas afectando a las tuberías calefactoras. Por cierto, en aquella ocasión, la piscina del patio, siempre llena de agua, entonces estaba como un campo de jockey sobre hielo, con una capa helada que aguantaba a una docena de muchachos haciendo piruetas encima. La diversión fue prohibida. Había un peligro evidente de resquebrajamiento del hielo y que el presunto hundido no pudiera sacar la cabeza a la superficie para respirar. Pero vuelvo a la calefacción tras narrar la anécdota de la piscina, la apagaban por la noche para ahorrar gastos, por lo que la primera hora de las mañanas de invierno (por entonces no existía el invento del cambio de hora), viendo amanecer por las ventanas, eran un poco fresquitas. No obstante, no tuve los sabañones de mi estancia en los frailes.

Yo era buen estudiante. Otros alumnos elogiaban mi capacidad de memoria, pero no era del todo cierto como materia de ensalce. Lo que yo tenía era gran constancia siguiendo los estudios al día. Algunos holgazaneaban y luego se pegaban grandes atracones estudiando en vísperas de exámenes. Yo llevaba al día las tareas de traducciones y problemas matemáticos o de física. Generalmente compartía mis trabajos... jamás me negaba a compartirlos ni a explicarlos... era mi forma de ganarme la consideración de los compañeros. Tampoco me mofaba de las deficiencias intelectuales de ninguno de ellos, pues me era fácil comprender que, aunque fueran físicos, yo también tenía mis grandes defectos. Nadie somos perfectos ni culpables de carencias de cualidades independientes de nuestra voluntad. Y no trataba de afearlos, dándomelas de sabiondo, por ejemplo riendo en clase respuesta salidas de tono o levantando abusivamente la mano en señal de saberme las contestaciones... de no haber actuado con prudencia y haber afeado sus carencias intelectuales, me hubiera ganado a pulso la discriminación por mis deficiencias físicas, la cual bajo ningún concepto deseaba.

Si no tenía dificultades en asignaturas donde, además de la aplicación, fueran importantes la memoria y el discernimiento, sí las tenía, en cambio, en las que requerían aptitudes especiales. En música era malísimo... todo un caso... lo siento, "Castañeda" era "mi ogro" ;-) . Y en gimnasia, en el salto de altura sólo pasaba si bajaban el listón a lo mínimo: 1 metro, aproximadamente. Sin embargo, en tales asignaturas eran comprensivos y resultaba muy difícil ser suspendido, salvo que existiera alguna falta de desconsideración con los profesores. Curiosamente, en contra de cuanto pudiera deducirse de mi preataxia, aunque no era ningún artista, me defendía en dibujo y trabajos manuales... otras dos asignaturas sin importancia en las evaluaciones.

La asignatura estrella era el latín. Se llevaba cinco de las seis clases semanales, prime-time, del mejor horario, las 9:00 de la mañana... previsiblemente cuando teníamos la cabeza más fresca ;-) . No deja de ser una incongruencia cuando ya la Iglesia había abandonado el latín como lengua universal y los ritos se hacían en castellano. Sin embargo, como idioma precursor del español, confieso haber aprendido grandes cosas, como vocabulario y construcciones de vocablos y frases. No obstante, las declinaciones del "rosa-rosae", o las conjugaciones de "amo-amas-amare-amavi-amatum", por no citar los verbos irregulares "volo-vis-vult-..." [no-sigo-porque-no-lo-recuerdo] ;-) eran una pasada inútil. No estoy de acuerdo con los detractores de la supresión de tal lengua del estudio bachillerato (o como lo llamen) cuando aducen que ahora la juventud desconoce el pensamiento de los clásicos latinos. ¡Para tal viaje no hacen falta tantas alforjas!: se puede captar en libros traducidos sin necesidad de aprender todo el bagaje de traducción.


Cierto que la juventud estudiantil ha quedado sumamente coja en el aprendizaje de vocabularios, caligrafías, ortografías, construcción de frases, y otros aspectos no gramaticales. Antes, por ejemplo, no te aprobaban sin saber el teorema de Pitágoras de palabra y con los números cantando. Hoy, los estudiantes tiran de calculadora, ordenador, enciclopedia Encarta, Internet, y en plan lorito, copiando y pegando, te hacen una tesis de rechupete de ocho folios cada mes. En fin, este fenómeno se explica bien con una frase humorística circulante por la red: "Lo importante no es saber, sino tener el número de teléfono del que sabe" ;-) .

Por las calificaciones y el bajo nivel económico de mi familia disponía de una beca estatal. Anualmente me reintegraban en su integridad el importe de las citadas 10.000 pesetas de la matrícula.

Algunos alumnos, elegidos entre los más válidos para ello, practicaban con varios pianos. Yo no tenía ni la más mínima cualidad musical "de oído", pero también mis manos hubieran sido extremadamente lentas para "aporrear"un piano. Además, había un coro, escogido ente las mejores voces, el cual cantaba las estrofas, dejando los estribillos como cuestión de todos. El conjunto de canciones religiosas utilizadas era amplio y de lo más moderno en aquellos tiempos. Casi al azar, anoto "Juntos como hermanos", "Madre, óyeme, / mi plegaria es un grito en la noche", y "Junto a ti al caer de la tarde". Muy esporádicamente también teníamos en el repertorio otras antiguas y en latín: "Salve regina, mater misericordiae", "Pange lingua gloriosi, / corporis mysterium", o "Tantum ergo Sacramentum, / veneremur cernui". Más o menos, sabía la traducción ;-) . Por supuesto que mis cabellos se erizaban cantando estas cosas todos juntos. Si ello era signo de religión, yo la sentía... si era ingenuidad, no voy a negarlo... si era ñoñería... yo sería un ñoño. Pero, ¿lo era de vocación? No lo creo.

Por cierto, tenía una libreta dónde anotaba canciones profanas. Y, aunque la inmensa mayoría me resbalara, parecido sentimiento me producía recordar a Miguel Ríos en "Escucha, hermano la canción de la alegría / el canto alegre del que espera un nuevo día. / Ven, canta, sueña cantando...", o a Victor Manuel en "Van subiendo los mozos / con los corderos al hombro. / Sube la gente contenta / a la fiesta del patrono".

Estoy en total desacuerdo con quienes critican la entrada de las guitarras en las iglesias. Un rito eclesial es algo de sentimiento, no un espectáculo musical. Bien vale, lo mío puede ser "un berreo en una berrea de ciervos"... lo admito. Pero prefiero "berrear" a estar callado escuchando "músicas celestiales". Prefiero "... me has mirado a los ojos / sonriendo has dicho mi nombre", a Bach, a Mozart, y Haendel con su "aleluya". Al igual que paso de los Beatles o los Rollings Stones (porque no sé lo que dicen). Ahora mismo, a bote pronto, se me ocurre tararear en mi mente: "Yo soy rebelde porque el mundo me hizo así, / porque nadie me ha tratado con amor", o "Ay, amor de hombre / que estás haciéndome llorar / una vez más". Creo que soy bastante carroza ;-) .¡Ah!, sí, rubrico lo que he dicho, si volviendo al anterior párrafo, y aún sabiendo que mi afirmación es una incorrección en toda regla, afirmo que a mí no me decía nada la VI sinfonía de Beethoven si detrás no hubiera venido Miguel Ríos a poner una letra que, en conjunto con la música, me pusiera piel de gallina. Y otro tanto de lo mismo me pasaría con el "avemaría" de Schubert sin una letra, para mí comprensible, añadida a la composición.

Cuando se está interno en esta clase de centros, la libertad consiste en que o se acatan todas sus normas, o se puede optar por marcharse. Bajo ningún concepto en aquel tiempo hubiera protestado ni discutido los preceptos impuestos por la dirección, ni sus criterios. No obstante visto desde mi hoy y teniendo en cuenta la conducta observada, me parece sumamente ridícula aquella costumbre de los ejercicios espirituales. Tal vez esta práctica pudiera tener sentido en unos adultos con convicciones religiosas bien asentadas, pero era totalmente absurda en unos adolescentes sin edad para meterse en berenjenales de pensamientos de calado espiritual. Las continuas charlas religiosas concentradas en un día era como intentar llenar de agua un vaso que ya está lleno... inútil... todo el líquido rebasaría por sus bordes... así, aquella insistente pesadez solamente conducía a un soberano aburrimiento. El silencio impuesto en tales ejercicios... de la capilla a la sala de estudio a meditar, y viceversa... era incumplible, y sólo callábamos mientras éramos vigilados. E ir a la sala de estudio, presuntamente a meditar o a releer libros religiosos no funcionaba... unos releían a escondidas sus tebeos y novelas, y los menos atrevidos mirábamos a las musarañas.

Las dos máximas festividades eran: San José, día del Seminario, y "El Reservado" (ignoro el sistema de cálculo para ubicar tal fiesta en el calendario). El Reservado era como una exaltación y exposición permanente del Santísimo Sacramento. A nuestro ojos de chavales, cualquier excusa para tener una fiesta, librar de clases, abrirse todas las puertas del Seminario para nuestros familiares, y darnos un pastel al final la comida, era excelente. Hoy, sin necesidad de tener que cuestionar absolutamente nada de la fe católica, me cuesta hallar explicación a dicha festividad. Si el Santísimo Sacramento estaba expuesto de forma permanente en el sagrario, ¿qué sentido tenía hacer una exposición especial? Me parece rizar el rizo.

No teníamos acceso a la prensa solamente dejaban en nuestras salas de juegos periódicos estrictamente deportivos: Marca y As. Tampoco teníamos el más mínimo acceso a la radio, aunque uno de los superiores, aficionado, "patrullara" vigilándonos por andenes y comedores con su transistor en la mano y su audífono a la oreja escuchando el "carrusel deportivo" dominical atento a los goles de los encuentros ligueros. De televisión solamente veíamos alguna película muy selecta los domingos que llovía y no podíamos salir de paseo, y algún partido de Copa de Europa. Había un salón de actos, con sillas plegables de madera, que estaba muy desaprovechado. Todo su bagaje era una sesión de teatro (interpretada por los propios alumnos) en vísperas de las vacaciones navideñas, y una película vieja tipo "vida de Jesús". Más partido le sacaban al salón de actos del Seminario Mayor de San Jerónimo donde podíamos ir a ver unas cuatro películas al año (recuerdo, por ejemplo, "La cabaña del tío Tom" y la recién oscarizada "Mary Popins"), así como un par de sesiones de teatro (ejemplo, "Las sandalias del pescador" que por entonces el argumento era o acababa de ser rodado en cine).

No había problemas para obtener permiso para salir de Seminario durante las clases para cuestiones concretas siempre que la causa estuviera justificada, como ir al médico, o a comprar unos zapatos, por ejemplo. La norma era que te asignaran al azar otro alumno para que te acompañara y saliéramos, al menos, de dos en dos. Si los encargos no requerían nuestra presencia, se los mandábamos al Sr. Martín (adjunto en la portería, recuerdo que en una ocasión me llevó a pegar las gafas, partidas por la mitad). Otra persona adjunta a la portería era el Sr. Jacinto (encargado de vaciar las papeleras).

En medio de las vacaciones del verano volvíamos al Seminario para una reunión de un par de días. Lo cual significaba una lata para la mayoría de las familias que perdían nuestra aportación a las labores agrícolas de la recolección. Incluso a mí me fastidiaba un poco, pues en verano desconectaba totalmente de las prácticas religiosas, y no me quedaba tiempo para misas ni rosarios. Incluso los domingos, aunque asistiéramos a una Misa rápida por cumplir el precepto eclesiástico dominical, eran días de trabajo, autorizado por dichas normas preceptivas con motivo de la recolección de la cosecha agrícola. De todas formas, era alegre y hermoso hallarse junto a los compañeros. Durante las vacaciones veraniegas se nos enviaba a casa por correo hojas informativas llamadas "La Diáspora".

Cuarto y quinto era un importante paso hacia adelante en nuestro escalafón de seminaristas. Pasábamos a residir en el ala opuesta del edificio. Nuestros dormitorios estaban dotados de "camarillas": cubículos independientes sin puerta y sin techo. El patio y las salas de juegos nos quedaban más holgados. El comedor ya no era de bancos corridos, si no que teníamos silla cada uno en mesas para 6 alumnos. Incluso cambiábamos a una capilla más moderna, menos clásica. Los cursos, en cuanto al número de alumnos, no eran tan amplios... siempre se incorporaba gente nueva, pero era muy superior la cantidad de quienes habían abandonado en años precedentes, bien por propia voluntad o por descartes de la dirección del Centro. En fin, por nuestra edad, ya éramos más responsables, pero, por lo demás, en cuanto a las normas disciplinarias no cambiaba nada.

En ocasiones se expulsaba del Centro a algún alumno, o a grupitos de alumnos. Pero no se nos solía dar una explicación oficial, o si se nos daba, era bastante descafeinada dejándonos el sabor de no haber entendido ni la mitad. Teníamos que enterarnos por comentarios con otros alumnos sobre el fondo del suceso. También se expulsó a profesores seglares por no aceptar las normas de Centro. Recuerdo que estando en tercero, como alumno aventajado, un profesor de matemáticas en vísperas de clases me telefoneó dos veces para que pusiera a los compañeros ciertos problemas matemáticos numerados en el libro de texto, ya que él no podía asistir a clase. Cerrábamos la puerta, y pedíamos hablar en voz baja... o de oír ruidos extraños, hubiera entrado a la clase el rector... y hacíamos los problemas en la pizarra para que los copiase quien quisiera. Al tercer día nos fue presentado por parte del rector un nuevo profesor de matemáticas. Ésa fue toda explicación.. Ninguna. ¿Dimitió... lo echaron? No lo sé. En nuestros comentarios se decía que este señor era de ideología anticlerical. ¿Pero por qué con tal ideología había aceptado un empleo como profesor en un colegio religioso?.

Mención aparte, por lo aparatoso del caso, merece la expulsión de un profesor de la asignatura de física, de tercero, cuando yo ya estaba en cuarto. La explicación oficial, como siempre, fue corta. Aparte de hiriente y poco respetuosa con las normas y con la dirección de Centro, era sumamente jocosa. Al parecer este señor les decía a los alumnos, refiriéndose a la dirección, lindezas de este calibre: "¡Estos curas son tontos... los que yo conozco de verdad... sí que saben dónde están las casas putas!". De los comentarios entre nosotros podía extraerse que ésa era únicamente la guinda del pastel, pero, además de ésa, existía gran cantidad de infracciones... había una serie de faltas graves independientes pero salidas a la luz en cadena, de tal magnitud que, junto al profesor, acabaron en la calle cuatro alumnos.


Todos sabíamos de la existencia de normas intransigentes en el Centro. Pillar a alguien en una falta de corte sexual, ya fuera de obra, o de palabra, o que le pillaran con una revista porno, o un calendario con chica en topless, podía suponer su puesta irremisible de patitas en la calle. Tal severa disciplina pudiera llevar a los ajenos a este tinglado a juzgarnos a los alumnos erróneamente. No, no éramos adolescentes apocados y cabizbajos que se pasaban la vida en la capilla mascullando oraciones. Éramos totalmente normales... como cualquier otro adolescente de nuestra edad... a veces rebeldes... a veces sumisos por obligación... a veces aplicados... a veces holgazanes. En el fondo no creo que ninguno de nosotros renunciara a la sexualidad y dejaran de escapársele los ojos tras alguna jovencita de su pueblo.

De hecho, siguiendo con la normalidad, como cualquier otro adolescente de la época, usábamos la ropa de moda acomodada a nuestros escasos recursos familiares. Recuerdo aquellas gabardinas (hasta media pantorrilla) llamada "midi", y los más atrevidos incluso la "maxi" (hasta los tobillos)... y volvíamos al Seminario, tras las vacaciones navideñas, con el pelo sin cortar y tarareando la canción de "Los Diablos" de 1970: "Sha, la, la, la. Oh, oh, oh. Un rayo de sol...".. el resto de la letra se omitía... pues le hubiera sonado casi a "apología del terrorismo", o eso creíamos, a la dirección del Centro ;-) . Es decir, una cosa es que se acaten unas normas y uno se reprima bajo su responsabilidad de saber que se juega todas sus posibilidades de recibir unos estudios, y otra que un joven de 15 o 16 años lleve la represión en sus ideales... porque a esa edad ni siquiera tiene claro cuáles son tales ideales ni hasta dónde llegan. Ni por asomo, puedo imaginar que a esos años alguien de los ex-compañeros ya tuviera ya decidido su futuro dentro de la vida sacerdotal.

Lo más parecido a un chiste verde que en el Seminario pudiera haberse escuchado, hasta habría pasado la censura en un convento de monjas de clausura. Recuerdo un año haber compartido mesa de seis en el comedor con chicos de un curso mayor al mío. Pues bien, uno de ellos había tenido un desliz de la lengua en clase. Había sido una tontería de esas saltadas sin la más mínima premeditación. Fue en una clase de Historia dada por un profesor cura que había vivido varios años en Roma, en el Vaticano. La lección iba sobre la reunificación de Italia, y hablaban de Garibaldi. Creo que el profesor no midió lo que podía pasar y les dijo: "Si vais a Roma, no se os ocurra ir por la plaza de Garibaldi". Los alumnos inmediatamente pensaron que se tratara de un lugar de exposición de prostitutas. Y trataron de tirarle de la lengua preguntándole el porqué... pero el profesor se hizo el tonto como si no hubiera oído las preguntas. Y, tras un silencio, este chico respondió en voz alta: "¡No vayáis, porque os capan!". La carcajada de los demás alumnos fue mayúscula. Así que, como si no supiera qué, hubo de decir para salir del bache: "Pero a ver, ¿qué he dicho?". Lo cual aumentó la juerga aún más. En el comedor nos aseguraba no sabe qué era capar. Ni él mismo podría creerse tal aseveración. Era imposible que un joven de 16 años, de los listillos, que iba de líder, no supiera el significado del vocablo capar ;-) . También en el Centro hubieran sido intransigentes con cualquier delito contra la propiedad. De echo, nuestros armarios carecían de llaves, pero jamás nadie se quejó de que le hubiesen robado nada.

Fumar también estaba prohibido, sin embargo, a diferencia de las faltas citadas anteriormente, ese vicio no estaba tan satanizado. Incluso uno de los superiores era un gran fumador. Y a partir de 6º curso, ya en el Seminario Mayor de San Jerónimo, los seminaristas podrían fumar a libre voluntad. Más bien creo que nuestra edad fuese aún considerada prematura para la toma de esta clase de decisiones de ser o no fumador, y tampoco fuera adecuada para asumir la responsabilidad de usar un elemento de fuego poniendo en peligro la integridad del edificio y de sus moradores. Nunca vi que allí se fumara, pero no me cabe en la cabeza que ninguno de nosotros hubiera dejado de hacerlo de forma ocasional durante las vacaciones. Yo incluso tengo una foto en blanco y negro de unas vacaciones navideñas (hay nieve) a la puerta de casa con un cigarrillo en la mano. Hoy, no fumador, y como enfermo sintiendo molestias a causa de los humos, eso de fumar me parece la pescadilla que se muerde la cola. Se me podrá aducir la libertad de cada uno a fumar o no fumar. Y sí, bien. Pero, visto desde ese mismo punto, ¿se puede ser libre para tomar otro pitillo ante el mono creado por la adicción al tabaco?. ¿Y la libertad del fumador pasivo qué?.

jueves, 8 de agosto de 2019

6- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Al volver la vista atrás..., II)

Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Notas:
Esto es la autbiografía de un atáxico, como se dice en el titular. No es un trabajo nuevo, sino un cambio desde el formato web, al de blog, buscando la seguridad "de enlaces permanentes". Sin embargo, no ha sido tan fácil el cambio como un copy-paste: He estado dos veces a punto de tirar la toalla.
La redacción nunca fue concebida como autobiografía en sí, sino como serie de artículos individuales. Mi objetivo era decir a los demás atáxicos que la vida con ataxia es difícil, pero no imposible. Y, con el paso del tiempo vemos cómo nos hemos agobiado por cuestiones nimias al lado de nuestras dificultades actuales. Y hasta aprendemos a reírnos de nosotros mismos.
Se podrá apreciar cómo la autobiografía se corta mucho antes de apagarse mi vida. Es cierto: Choqué contra un escollo insalvable: No es ético biografiar acontecimientos en los cuales habría de referir comentarios negativos relativos a terceras personas
.

Enlaces a capítulos de esta autobiografía:
1- Autobiografía (Primera parte). &&&&& 2- La escuela rural. &&&&& 3- Santo Domingo de Silos. &&&&& 4- Segundo fracaso. &&&&& 5- Al volver la vista atrás, (I). &&&&& 6- Al volver la vista atrás, (II). &&&&& 7- Al volver la vista atrás, (III). &&&&& 8- Al volver la vista atrás, (IV). &&&&& 9- Tiempo cero. &&&&& 10- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, I. &&&&& 11- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, II. &&&&& 12- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, III. &&&&& 13- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, IV. &&&&& 14- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, V. &&&&& 15- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VI. &&&&& 16- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VII. &&&&& 17- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VIII. &&&&& 18- Mi voz disártrica, I. &&&&& 19- Mi voz disártrica, II. &&&&& 20- Mi voz disártrica, III. &&&&& 21- Mi voz disártrica, IV. &&&&& 22- Mi voz disártrica, V. &&&&& 23- Autobiografía (II parte). &&&&& 24- Curanderos y ataxia. &&&& 25- El sexo de los conejos. &&&&& 26- Autobiografía (III parte). &&&&& 27- Autobiografía (IV parte). &&&& 28- Hispano-Ataxia e HispAtaxia. &&&& 29- Autobiografía (V parte).

*****

6- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Al volver la vista atrás..., II)

Poco a poco me fui integrando con los compañeros. Las novatadas, tipo mili, con coacción y mala leche, no existían. Eso hubiera sido una falta de desconsideración con el prójimo y motivo de expulsión en un centro cristiano para alumnos de presunta vocación sacerdotal. Sí existía alguna novatada blanda, casi infantil:

Recuerdo un día que me dijeron que tenía que ir a tal sitio a que me probaran la voz para ingresar en el coro, que ellos ya habían estado. Fui, y estaban ensayando una canción en torno a un piano. Así que me calle hasta que acabaron. Entonces el cura director del coro me preguntó:
- ¿Y tú qué quieres?.
Respondí que había ido a que me probara la voz para el coro. Me mandó entonar la escala musical. Puso la cara agria ante tamaño desafine, y me dijo:
- ¡Hala, vete a jugar.
Cuando salí, vi cómo los compañeros se estaban meando de risas por la trastada que acababan de hacerme.

Por el contrario, sí aguanté las risitas y comentarios, soto voce, por mi escaso desarrollo físico y mi nula aptitud para el deporte. Pero tales deficiencias pasan a carecer de importancia entre quienes te van conociendo y queriendo. Te respetan por una globalidad de aptitudes, no te juzgan por una sola cosa, o defecto físico en este caso. Tal comprensión no la tuve con bastantes alumnos de cursos superiores e inferiores, donde sí era objeto de miradas, risitas, y comentarios... y más al saberme familiar de un profesor y colocarme, sin ton ni son, el sambenito de enchufado. Entre los compañeros cercanos se puede demostrar que, bien, vale, se posee unas deficiencias, pero también se tiene cualidades que hacen indescalificable el valor global de una persona.

Con los libros de texto nos daban a todos los alumnos una especie de cuadernillo, llamado "la lista". En él venían los responsables del Centro, los profesores con su dirección y titulación, y nosotros, por cursos y orden alfabético de apellidos, constando también nombre y población de origen. Además servía como calendario, con festividades, y fechas programadas para vacaciones... y espacios en blanco para apuntar notas. Se podía utilizar como diario... siempre me cansé antes de cumplimentar los 20 días ;-) . En general, aquello de la lista, todo un año en manos de unos adolescentes, acababa siendo un borrón con dibujitos a bolígrafo en cada una de sus hojas. Era como nuestro espacio particular para grafitti ;-) .

Los patios eran dos: uno para primero, segundo y tercero, y otro para cuarto y quinto. En sí eran amplios, pero la gran saturación de alumnos en el centro (éramos cerca de 500 donde hoy no llegan a 50, incluyendo los del antes seminario Mayor de San Jerónimo) hacía estar un poco como sardinas en lata. Pero dejo los patios para comentar las cifras recién dadas. Utilizar tales cifras para hacer reflexiones sobre la actual crisis vocacional es totalmente anacrónico y queda fuera de lugar. Se ha explicado unos motivos socio-económicos para en aquellos tiempos intentar recibir una educación secundaria que eran los auténticos responsables de la anterior saturación, los cuales hoy no existen. Para explicarse la crisis vocacional podemos mirar la tendencia hedonista y laicista de la sociedad española. Sí, sin duda habríamos dado en uno de los clavos al seguir tal pista, pero cerrarse solamente en eso por parte del clero no es si no echar balones fuera. Las cosas hoy en día son como son y están como están. La Iglesia necesita adaptarse a los nuevos tiempos.... ya no puede pretender que la sociedad pase por su aro... eso son cosas del pasado... ya no vale sólo con amenazar con el infierno o prometer vida eterna. Debe bajarse a aquí y ahora. Lo único irrenunciable de la doctrina cristiana es el amor o respeto al prójimo... lo demás es hojarasca acumulada a lo largo de los siglos.


¡Ah, sí!, sigo, en los patios predominaban el fútbol y el baloncesto, aunque, en menor medida, también balonmano y balón-volea (boleybol... o como se escriba), y hasta había una piscina. Aunque, como se dice despectivamente, aquí dicho con certeza, eran juegos de "patio de colegio" donde cada cual se dedicaba más a "rechupetear" (disfrutar) la tenencia del balón que al juego de equipo. No haría falta decir que yo, por mis circunstancias físicas, pintaba muy poco allí en el patio. El baloncesto ya era todo un caso para mí. Por falta de fuerza, no esa capaz de llegar con aquel enorme balón hasta la cesta desde el punto de personales. Y si alguna vez, haciendo pruebas desde debajo de la canasta mis tiros entraba por el aro, era de pura casualidad. A veces los compañeros se mofaban de mis lances deportivos, pero me daba igual, no les achacaba mala intención en sus dichos.

Sábados y domingos en varios deportes y categorías (alevines, infantiles, y juveniles) había competiciones ligueras con otros colegios burgaleses de la ciudad. Entrenados por un cura, los equipos selecciones del Seminario tenían gran potencial deportivo en cada categoría y modalidad de deporte... aunque, por supuesto, no fuera por aportación mía ;-) .

Tampoco pintaba demasiado en las salas de juego. Los juegos más apetecidos eran el tenis de mesa (pingpong para nosotros) y el futbolín. Para poder jugar era necesario pedir vez. El sistema era que quien ganaba continuaba jugando con el siguiente rival, y el vencido había de retirarse. Evidentemente, por mi nula agilidad y deficiente coordinación manual, yo duraba allí, lo que el adversario tardaba en completar el tanteo de la partida.

En ajedrez aprendí a mover las fichas, pero nunca a jugar. Es un juego que exige gran concentración para resolver con previsión tus propios movimientos de fichas y prever los del contrario. Nunca pude reunir la suficiente atención requerida en este juego para ir más allá de aprender a mover las fichas correctamente, pero sin ton ni son.

Lo comida no era demasiado buena (eso es innegable), pero afirmarlo no es ningún reproche, sino al contrario: Tras haber hablado anteriormente del insignificante importe de la matrícula, a pesar de sus deficiencias, el tema alimenticio es meritorio de reconocimiento para el Centro y para la diócesis. Los ex-seminaristas podemos caer en cierto anticlericalismo tras ser sometidos a una férrea disciplina, pero en ningún momento se debe prescindir de un análisis sincero... y en este punto la sinceridad pasa por reconocer el esfuerzo de la diócesis por mantener esa actividad educativa en régimen de internado... altamente ruinosa si es mirada desde el punto de vista económico.

Teníamos pan y legumbres o patatas hasta repetir y sobrar, pero el segundo plato era deficiente. El pescado brillaba por su ausencia, la carne era poca, y los huevos, uno por persona. La leche del desayuno era de polvos. Los miércoles y domingos desayunábamos con chocolate. La condimentación no era tan buena como la elogiada en un pasado escrito sobre mi estancia en los frailes. Corría a cargo de unas monjas de un convento contiguo. Pero, para ser justos, es necesario entender mis palabras en un contexto real: No puede conllevar el mismo esmero preparar comida para 30 personas que perolas para 450. La deficiente alimentación era complementada con alimentos enviados desde casa. La mayoría,. por ejemplo, a la hora de la merienda con pan del Centro y chorizo a salchichón recibido de casa se preparaba su bocata en el comedor y se lo sacaba al recreo.

A casi todos nos lavaban la ropa en casa. Algunos (muy pocos) utilizaban el sistema de recurrir a lavanderas (por contrato convenido) o a lavanderías de la ciudad. Había una sala con colgaderos numerados. Yo dejaba colgada del clavo marcado con mi número la bolsa de la ropa sucia el domingo, y recogía la de la ropa lavada el lunes (la otra, claro, la ropa lavada de la semana anterior). El cambio lo efectuaba el conductor de autobuses de la línea que pasaba por el pueblo previo pago convenido con mi madre. En la bolsa, a más de la ropa lavada, mi madre siempre me escribía unas líneas de texto y me enviaba algo de comer: galletas, chocolate, chorizo, queso, salchichón, etc.

Las cartas que escribíamos habían de ser entregadas al superior en sobre abierto y con sello puesto. En teoría habían de pasar por una revisión con su correspondiente posible censura. En la práctica, nunca oí que se hubiera censurado ninguna misiva, ni siquiera, si he de se sincero, creo que se molestaran en leer nuestras cartas manuscritas que, aunque mi caligrafía era buena, la escritura de algunos otros era medianamente legible.

Los profesores eran la mitad sacerdotes, y la otra mitad, seglares. Eran buenos. Cierto, buscando cinco pies al gato, siempre podrían hallarse deficiencias de enseñanza suyas, por un lado, o malos rollos de situaciones personales, por otro. Uno en una ocasión hasta me puso un cero por soltar una impertinencia no premeditada. Fue en una clase de religión la víspera de unas vacaciones navideñas. Nos mandaba de tarea para casa hacer un trabajo de cinco folios sobre no se qué. "A la vuelta", dijo, "os sentáis aquí (señaló la mesa del profesor) y leéis vuestros trabajos.
- ¡Sí, con un vaso de agua1. ¡No te fastidia!", salté yo.
Inmediatamente, preguntó:
- ¿Quién ha sido?.
Me responsabilicé... Me puso un cero, pero se olvidó de la tarea vacacional de los cinco folios ;-) . ¡Algo salimos ganando! :-) .
No obstante, en esta clase de acontecimientos no vale la pena mirar hacia atrás con el lastre de un mal recuerdo y del rencor. Es mejor dejarlo en una graciosa anécdota. Es necesario olvidar donde sea preciso olvidar y recordar donde sea necesario recordar para ver la vida con armonía.

Para nosotros todos los profesores tenían su apodo. ¡Hasta teníamos zoológico con nombrecitos de animales!... que resultaría gracioso, pero estaría demás anotar aquí ;-) . Cuando hablábamos entre nosotros no utilizábamos sus nombres o apellidos, sino sus sobrenombres. Y hasta les caricaturizábamos imitando con sarcasmo sus gestos y modalidad de voz. Creo que, con independencia de llevarnos aprobados o suspensos y/o de las regañinas de los profesores, todos los alumnos, aunque las circunstancias nos hayan llevado por lugares más o menos brillantes o lúgubres, aprendimos a tener un sitio en la vida. Eso ya es la único importante, y debemos estar agradecidos, echando lo negativo a un saco roto.

Los exámenes y calificaciones eran mensuales. Aún recuerdo que estando en segundo curso (por última vez, la costumbre se suspendió en futuros años) había exámenes orales finales, en junio. El profesor de cada asignatura y otros dos más (superiores o el mismo rector, a veces) hacían de jurado. ¡Que tontería!: Tres días de nervios para nada. Todos tirados por el anden comiéndonos los libros contagiándonos el nerviosismo. Y resulta que cuando entrabas allí, se dedicaban a bromear contigo y a tomarte el pelo... y si, por casualidad, te preguntaban algo referente a la materia examinada, te cortaban con un: "¡Vale, vale, no hace falta que sigas!". Se supone que la cosa fuera en serio con quienes se balanceaban entre el suspenso y el aprobado.

No aprobar el curso no siempre era para la dirección del Centro motivo de rechazo. Si en el suspendido observaban buen comportamiento y que su fracaso escolar no era a causa de falta de aplicación, le proponían repetir el curso al año siguiente. No obstante, cada año, al comenzar el nuevo curso eran bastantes los alumnos que no volvían. Nadie sabía a ciencia cierta si habían sido rechazados por la dirección del Centro, o su ausencia se debía a voluntad propia.

Por sistema, "los superiores" (padre superior, vigilante de cada curso: D. Licinio, D. Andrés, D. Ángel, D. Clementino, y D. Procopio) no pegaban, salvo si llamamos pegar a un tirón de orejas (lo cual era una simple llamada de atención un tanto jocosa). Sí, es cierto, vi algunas bofetadas aisladas, pero estos hechos punitivos extraordinarios puedo comprenderlos más en el nerviosismo y la crispación momentánea del ejecutor, que como medida de castigo. Ellos se turnaban en la vigilancia. Pero es de reconocer la dificultad de controlar a 450 jovencitos por dos personas por turno. Sí, es cierto, existía una dura disciplina, pero resulta comprensible... sin ella, casi medio millar de chavales con edades entre 11 y 17 años nos hubiéramos subido a las barbas del mismísimo Fidel Castro.

Y en el Centro, no pensemos en dictaduras, debe aquí constar, la puerta siempre estaba abierta para quien quisiera irse. Si estábamos allí era por convicción o por conveniencia. Era frecuente que se nos abroncara. Conllevar algún complejo de inferioridad, como era mi caso, por motivo físicos o de cualquier otra índole, te hace sumamente dócil. Me bastaba una mirada para sentir la bronca y que ésta surtiera efecto en mí. No siempre sucedía lo mismo entre mis compañeros... a veces una regañina les duraba lo que el superior tardaba en darse la vuelta.


(Estas 10 fotos de ex-compañeros, que yo guardaba en mi álbum, fueron hechas en la máquina instantánea (fotomatón) que había a la entrada del puente del Arco Santamaría, la cual sacaba cuatro fotos por persona, introduciendo tres monedas de cinco pesetas).

Un castigo muy empleado entonces, y tan ridículo que hoy causa risa, era el de "hoy te, u os (todo un grupito), quedas, quedáis sin postre". Si alguna vez me castigaron así, pues dejé la manzana (o lo que fuera), y punto... pero no estoy seguro de que los demás hicieran lo mismo. ¿Podía un superior en un comedor de 300 alumnos controlar que los castigados, tal vez por otro cura distinto, dejaban la manzana sin comer? ¿Puede un jovencito de 12-14 años abstenerse de hablar con el compañero (por ejemplo), en una fila de 300, por temor a que el único vigilante le pille y le quite la manzana de la comida? A propósito, no sé qué se cuenta de la desnudez de unos tales Adán y Eva por comer una manzana ;-) .

Tal vez podríamos entender a profesores y superiores por aquel tiempo como si hubieran ejercido de entrenadores de nuestro "equipo deportivo" (formación educativa). Sus broncas y dejadas en el banquillo fueron como un estimulante para que subiéramos en la tabla. Por encima de sus aciertos o desaciertos, veo en ellos grandes seres humanos. ¿Pero quién soy yo para apedrear a nadie? Si les apedrease, más vale que no hubiera piedras donde a mí me juzguen... si alguna vez se me juzga.

No hace falta comulgar con las ideas de una persona para apreciarla y respetarla. Por razones bastante comprensibles, solamente he estado (en 1981) en una reunión de ex-compañeros de curso del Seminario. Me pareció decepcionante la resolución negativa a la propuesta de invitar a profesores y superiores a la próxima reunión. Quizás un enfermedad degenerativa y progresiva, como es mi caso a fuerza de palos nos enseñe de repente demasiadas cosas. Cosas que normalmente se aprenden a lo largo de la vida de forma paulatina: "golpe a golpe, verso a verso" [no sé de que me suena eso ;-) ]. Lo jodido del caso, es que siempre las aprendemos tarde.

Creo que en la última reunión de ex-compañeros, más de 20 años después de la citada, se ha invitado a profesores y superiores. "Nunca es tarde si la dicha es buena", suele decirse. Sin embargo, algunos de ellos ya han traspasado la frontera de la vida. Algunos, como D. Justino (el rector), D. Nazario, D. Bonifacio, D. Damián, D. Procopio, (del fallecimiento de esos cinco tengo noticias, pero además hay otros que hoy sumarían tal edad que parece ya imposible su estancia en la vida: D. Julio, D. Fructuoso, D. Luis Belzunegui), etc... ya no siguen entre nosotros. "Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba, ya no tiene ningún sentido" (José Luis Borges).

En segundo, ignoro muy bien la causa (supuestamente que nos desconcentraban), nos requisaron los cromos de futbolistas. Suena muy raro ese hecho, pues en otra ocasión a un pequeña grupito, nos dieron cromos de futbolistas, que seguramente habían sido requisados en un curso anterior. Sea como sea y por lo que fuere, yo por aquel entonces tenía en una pequeña agenda (de esas que distribuyen como anuncio las casas comerciales... librería de un compañero de Aranda de Duero... Bayo) pegada la alineación completa del Real Madrid de aquellos tiempos. Aún la recuerdo de memoria 35 años después. El Real Madrid "ye-ye": Betancout, Calpe, De Felipe, Sanchís, Pirri, Zoco, Miguel Pérez, Amancio, Groso, Velázquez, y Gento. ¡Qué cosas! Hoy el fútbol ni fu ni fa :-) . Me parecen unos imbéciles y aprovechados negociantes aireando fichas astronómicas y pagando a veces salarios faltos de ética (mil y dos mil veces el salario mínimo profesional) y acogiéndose al beneficio de unas normas de sociedades deportivas, como un simple club de barrio, cuando sus presupuestos son de cifras impensables que nada tienen que ver con el deporte modesto (que es quien realmente necesita ayuda) no sólo por sí, sino también por su labor social. Los clubs de fútbol de élite sólo crean fanáticos.

Una de las cosas que más nos molestaba eran las obligatorias y periódicas rapaduras de pelo. Probablemente hubiera motivos higiénicos para tal práctica. Nunca existieron piojos entre nosotros, eso es verdad... cuando, 25 años después, en esta España de hipotético superavance, mis sobrinos sí los traían de los colegios. El corte de pelo nos era un fastidio, porque por entonces la melenita era moda a semejanza de los Beattles o de no sé quién... que de esas cosas nunca he entendido un carajo ;-) . En fin, aquello del corte de pelo iba por riguroso orden alfabético. Nadie se escapaba... ni siquiera por enfermedad. El peluquero hacía sus marcas en la lista, y, si alguien no estaba cuando le correspondía el turno, ya le llamaría al día siguiente o a los dos días. Por ello, teníamos a gala no cortarnos el pelo durante las vacaciones veraniegas para comenzar el curso con la pelambrera un poco a la moda. ¡Total, sabíamos que en la primera semana nos iban a pelar por sólo tres duros (quince pesetas)!. Eso nos cobraba el peluquero "per cápita pelada" ;-) . Le era posible, a pesar de tan bajo costo, juntar un buen salario adecuado a aquellos tiempos, pues rapar el pelo casi al cero con una maquinilla eléctrica era cosa de cuatro minutos, contados, por persona.

Y si en el párrafo anterior hablábamos de higiene, ahora hablaremos de enfermedad. No eran muchos males afectantes a unos adolescentes en plenitud de facultades. Cuando la cosa era seria, el enfermo era hospitalizado o enviado a su casa. De nuestro curso recuerdo al fallecido Delgado (de Castrojeriz), tras penosa enfermedad... tras tres años en casa. A veces había alumnos escayolados (brazos y piernas), que hacían vida normal.

Lo más latoso eran las gripes. Había una enfermería con 15 o 20 camas en tres salas contiguas, regida por una monjita menuda, cuyo nombre no recuerdo. El tratamiento para la gripe era drástico. Tres inyecciones de antibióticos en días consecutivos solían bastar para darte el alta al cuarto. El termómetro iba a mandar. También había un Dr. para consultas, contratado por el Centro (o tal vez de aportación voluntaria -?-). Se trataba del Dr. Francés, cuya consulta estaba en la plaza Vega. A nosotros nos pasaban a una sala de espera sumamente reducida. No hacía falta ser muy avispado para darse cuenta de que los clientes particulares o de otros seguros eran pasados a otra sala de espera principal, y atendidos por el Dr. con carácter prioritario en el tiempo sobre nosotros.


La tarde de miércoles, sábados, y domingos era de "paseo" (así llamábamos a la actividad, aunque la denominación no fuera exacta). Íbamos a varios sitios, pero en un 90 % de las veces el tal paseo se centraba en torno a una zona de campos de fútbol donde jugábamos competiciones ligueras. Era por la parte oeste de la ciudad, carretera de Valladolid: El Parral (que, aunque sé de la existencia de un albergue de peregrinos del Camino de Santiago, visto desde fuera, no ha cambiado nada por culpa de un falsa ecología que no distingue una piedra de un peñasco ni un árbol de un esqueleto, las tapias siguen siendo, como las de las huertas de los pueblos, de piedras sueltas y desordenadas, y a los viejos chopos les rapan las ramas a ras del tronco esperando echen una sabia nueva que no llega)... Los Parralillos (en cuyo campo de fútbol construyeron bloques de pisos hacia 1973)... los campos del Ferial (cuadrado entre la carretera Valladolid, la vía, el río Arlanzón, y el antes ferial de ganados... donde hoy está construida la Facultad de Ciencias)... la actual Universidad de Burgos queda allí, al otro lado de la vía, (por aquel tiempo en ese lugar había una fábrica de quesos)... y La Milanera (que posteriormente ha sido ferial de ganado, y hoy se instalan allí las barracas que, por entonces, se ponían en el Paseo de la Quinta). Por lo demás poco ha cambiado en la zona: Aquel cuartel militar, son hoy piscinas municipales... el antiguo Ferial, no sé qué es, parecen pistas deportivas... el edificio bancario de ferial hoy es una residencia universitaria... y el espacio entre la tapia de El Parral y la carretera, donde antes exponían madera y nos resultaba un placer pisar a finales otoño las grandes hojas secas y crujientes de los castaños, es hoy un paseo enlosado plagado de farolas con espacios de césped verde a ambos lados... pero con "el adorno" de la arcaica y tosca tapia de El Parral como fondo.

También en menor medida íbamos al Seminario Mayor de San Jerónimo a ver cine y teatro (hoy convertido en hotel ABBA)... al parque de El Castillo... a Fuentes Blancas... al Paseo de la Quinta [que por estar tan modificado, ya no lo reconoce ni la madre que lo parió ;-) ]... a Villagonzalo... al cementerio... a Las Mijaradas (granja del Arzobispado entonces, hoy creo que son campos de golf)... al Plantío (a veces se nos dio libertad para ir a ver el fútbol cuando el Burgos estuvo en primera división, recuerdo al menos haber asistido a dos partidos)... y a la plaza de toros (no a ver espectáculos taurinos, sino deportivos)... a la Catedral... a ver algunas exposiciones en diferentes lugares... a ver la vuelta ciclista a su paso por Burgos (todos los años)... y en una ocasión fuimos a ver a D. Juan Carlos en su visita a la ciudad (cuando todavía no era Rey, sino Príncipe de Asturias).

Al ir de paseo salíamos sin ninguna clase de orden... de forma escalonada, nada de filas, silencios, ni uniformes, como antaño. Tampoco nos sentíamos vigilados. Es posible que fueran con nosotros dos superiores, pero iban juntos y en cabeza. Íbamos en grupitos charlando de nuestras cosas. Era normal, por afinidad, tener más amistad con determinados compañeros. Sí, a veces tenía mucho que ver tal relación de intimidad con la cercanía en el orden alfabético, pero era precisamente con quienes compartíamos las clases y todo lo relacionado con los estudios. La vuelta de los paseos era aún más escalonada que la ida: Entre los primeros en regresar y los últimos, podía variar casi una hora. Era obligatorio formar parte en un equipo de fútbol, por cursos, que, días sí días no, participara en la competición liguera. Al inicio de cada curso, en operación donde participaban los mejores jugadores a título de capitanes nos asignaban equipo, promediando la calidad.

Recuerdo una vez habernos reunido recién creado el equipo a debatir la estrategia. Dijo el capitán: "¿Quién quiere ponerse de portero? Vale, tú portero. Vosotros de laterales. Tú que eres alto y fuerte, de defensa central. Vosotros por lo extremos centrando al área...". Ya llevábamos 15 minutos, y de mí, sin acordarse. Así que pregunté:
¿Y yo dónde me pongo?
La respuesta, acompañada de un risa franca, parecía tan sincera que provocó mi risa también:
Tú ponte dónde quieras, pero no estorbes" ;-) .
Es de suponer la existencia de diversos motivos, pero en todos los equipos había alguien tan malo jugando como yo.

Todos disponíamos de dinero, no sólo para comprar material escolar en una tienda abierta a cierta hora dentro del Centro, sino también, si no nos tocaba jugar, para comprar chucherías en un bar en San Amaro. ¡Pero ah, la pipas y el chicle... eso no nos atrevíamos a meterlo dentro del Seminario!.

5- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Al volver la vista atrás..., I)

Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Notas:
Esto es la autbiografía de un atáxico, como se dice en el titular. No es un trabajo nuevo, sino un cambio desde el formato web, al de blog, buscando la seguridad "de enlaces permanentes". Sin embargo, no ha sido tan fácil el cambio como un copy-paste: He estado dos veces a punto de tirar la toalla.
La redacción nunca fue concebida como autobiografía en sí, sino como serie de artículos individuales. Mi objetivo era decir a los demás atáxicos que la vida con ataxia es difícil, pero no imposible. Y, con el paso del tiempo vemos cómo nos hemos agobiado por cuestiones nimias al lado de nuestras dificultades actuales. Y hasta aprendemos a reírnos de nosotros mismos.
Se podrá apreciar cómo la autobiografía se corta mucho antes de apagarse mi vida. Es cierto: Choqué contra un escollo insalvable: No es ético biografiar acontecimientos en los cuales habría de referir comentarios negativos relativos a terceras personas
.

Enlaces a capítulos de esta autobiografía:
1- Autobiografía (Primera parte). &&&&& 2- La escuela rural. &&&&& 3- Santo Domingo de Silos. &&&&& 4- Segundo fracaso. &&&&& 5- Al volver la vista atrás, (I). &&&&& 6- Al volver la vista atrás, (II). &&&&& 7- Al volver la vista atrás, (III). &&&&& 8- Al volver la vista atrás, (IV). &&&&& 9- Tiempo cero. &&&&& 10- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, I. &&&&& 11- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, II. &&&&& 12- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, III. &&&&& 13- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, IV. &&&&& 14- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, V. &&&&& 15- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VI. &&&&& 16- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VII. &&&&& 17- Historias de la obtención de mi carnet de conducir, VIII. &&&&& 18- Mi voz disártrica, I. &&&&& 19- Mi voz disártrica, II. &&&&& 20- Mi voz disártrica, III. &&&&& 21- Mi voz disártrica, IV. &&&&& 22- Mi voz disártrica, V. &&&&& 23- Autobiografía (II parte). &&&&& 24- Curanderos y ataxia. &&&& 25- El sexo de los conejos. &&&&& 26- Autobiografía (III parte). &&&&& 27- Autobiografía (IV parte). &&&& 28- Hispano-Ataxia e HispAtaxia. &&&& 29- Autobiografía (V parte).

*****

5- AUTOBIOGRAFÍA DE UN ATÁXICO (Al volver la vista atrás..., I)

En septiembre de 1968, interiormente, daba por concluidas mi aspiraciones a recibir una formación educativa. En dos años seguidos había cosechado sendos fracasos. Desde el punto de vista oficial de las normas estatales, tenía sin aprobar completos tanto segundo como primero de bachillerato. Tal vez yo, en cuanto a conocimientos, no me mereciera aquellas calificaciones escolares, pero era lo único existente con categoría oficial y, por tanto, realmente válido.


Es de suponer que en mi frustración no tenía el menor remordimiento de haberme comportado con holgazanería en mis fases anteriores de estudiante. Si en alguna ocasión dudé de mis cualidades intelectuales, nunca me faltó el apoyo de maestros y familiares para quienes tal duda era inexistente y aún apostaban al cien por ciento por mis aptitudes estudiantiles. Era fácil culpar a las normas y a los profesores, pero así estábamos. No había vuelta de hoja. Ésa era la auténtica realidad... estaba a cero... tenía suspensas dos asignaturas de primero y otras dos de segundo. Con 14 años recién cumplidos y sin posibilidad, por mi edad, de vuelta a la enseñanza obligatoria de la escuela rural, mi ciclo educativo estaba concluido. Habría ya que pensar en otra cosa.

Todo sucedió a velocidades vertiginosas. Era el mes de septiembre cuando me examiné de segundo curso. Es comprensible que las calificaciones me tardasen aún al menos una semana en llegar... y el nuevo curso comenzaba a finales de ese mismo mes o a primeros de octubre. Tenía un familiar, seglar, dando clases en el Seminario Diocesano Menor se San José, de Burgos. Había en mi familia buena relación con él. Incluso, yo me había quedado ("hospedado") en su casa durante los exámenes en el Instituto. Él, conocía bien, por ello, mi caso y mi grado de preparación. Ignoro si fue mi padre quien habló con él o la proposición fue idea de esta persona. Un día ambos me abordaron y preguntaron:
- Oye, ¿quieres ir al Seminario?.
Tal pregunta me pilló un tanto despistado. Tal cosa nunca había pasado por mi imaginación. Respondí a vote pronto:
- ¡Bien, vale!.
Pero sin la más mínima ilusión vocacional, estudiantil, ni de ninguna otra especie. Es decir, contesté lo mismo y con el mismo anhelo que si me hubieran propuesto entrar de aprendiz en una carpintería o en un taller para cualquier otro oficio.

Nunca he sabido bien lo que es tener vocación. Habitualmente lo traducen por "llamada". ¿Pero llamada de quién o para qué?. En cualquier caso, la vocación no es nada audible, visible, o palpable como para tener certeza de su existencia. ¿Podría ser sentir algún atractivo por la vida religiosa? Cualquier niño criado dentro de un ambiente fervoroso de creencias siente tal atracción en algún momento de su vida... y hasta sueña con los tópicos de irse a bautizar chinitos o negritos. Y yo no había sido menos en mi niñez. Pero 14 años son demasiados para mantener una visión tan infantil o tan idealista sin haberla cuidado. Si la vida religiosa me había parecido alguna vez atractiva, tal atracción ya se me había quitado en mi estancia con los frailes. ¡Su regla benedictina "ora et labora" me parecía tan ridícula!.

¿Pero qué hacían allí metidos 20 señores? Maitines, laudes, vísperas, nonas... canta que te canta... ora que te ora. ¿Acaso Dios necesita que lo alaben de forma constante a coro perfectamente sincronizado y armonioso, y le repitan a cada paso lo grande que es, e implorándole por el devenir de la humanidad? ¿Y que pinta aquí el amor al prójimo si no tienen otra relación con los demás que la habida dentro de la comunidad monástica, y más bien poca? ¿No es un poco desentenderse del mundo? Ni siquiera tal estilo de vida encajaba en mi idea del cristianismo. Hasta yo hubiera tenido problemas en aquellos coros sincronizados de los frailes benedictinos cantando gregoriano... habrían de haberme dicho: "tú abre la boca como si estuvieras cantado, pero no emitas sonido, que nos chafas la armonía" ;-) Por si alguien no hubiera entendido el chistecito, aclaro no saber distinguir un "re" de un "fa", y si canto, llueve cuando no hay necesidad... la pena es que el truco funciona al revés cuando aprieta la sequía ;-) . Mis paisanos, los agricultores, por ello no han podido aprovechar para obtener la lluvia mis dotes de cantante ;-)

Ahora bien, si por vocación se entiende, sintonizar con unas practicas religiosas, era evidente mi posición en tal frecuencia. Los ritos religiosos no me producían ningún rechazo... absolutamente ninguno. Desde niño mis enseñanzas habían ido por ese camino y a esa edad de inicio de la adolescencia nadie se plantea dudas existenciales. Aún hoy me sigo considerando creyente cristiano. Mis padres me bautizaron católico... es mi herencia religiosa y cultural... he vivido ahí media vida, y no me da la gana comerme el coco planteándome a mis 50 años y mi nula salud la existencia o inexistencia de Dios. Cierto que para seguir a la jerarquía eclesiástica hay que echar mano de una fe ciega, cerrar los ojos y (nunca mejor dicho) seguir en el rebaño guiado por los pastores sin opciones a decidir por uno mismo el camino a seguir. Viven en su mundo eclesial institucionalizado sin adaptarse a la marcha de la sociedad y, por tanto, alejándose de ella. ¿Pero por qué tendría yo que dejar a los jerarcas pensar por mí y dictar mis normas de vida, si tengo pensamiento propio? ¿Por qué había de tragarme un paquete ideológico íntegro sin hacer diferencia entre las posiciones eclesiales que me gusten y las que no?. Sí, me siento católico y practicante. ¡Pero ésa es otra! ¿A qué se llama se practicante cristiano? ¿A asistir a una serie de ritos, o a vivir la filosofía de Cristo, Jesús de Nazaret?.

Yo me limito a intentar compaginar mi ética con el amor o el respeto al prójimo, ésa es toda mi regla y mi ley. Y si Dios existe o deja de existir es algo que no me preocupa. Eso, ni me quita el sueño ni cambia mi ética y mi comportamiento para nada. Y ése es el camino por mi pretendido para la Iglesia: humanizarse y bajarse a la sociedad actual y adaptarse a los tiempos. Son inútiles su posiciones numantinas en asuntos sin relación ninguna con el amor al prójimo, sino todo lo contrario, defendiendo batallas que saben perdidas de antemano y que sólo pueden resistir una decena de años: la utilización del preservativo, la investigación con células embrionarias, eutanasia, discriminación a la mujer para ocupar cargos de responsabilidad dentro de la Iglesia, etc.

Cuando, allá por el 2002 o 2003, antes de su aprobación, escribí un artículo sobre la investigación con las células embrionarias sobrantes de la reproducción asistida (cuya opción era ya tirar a la basura, o mantener congeladas indefinidamente), comencé de finiéndome católico. Mi escrito fue colgado en los foros de Internet (ver aquí). Un fanático me respondió que yo era un mentiroso por decirme católico, y me copió una serie de palabras de los jerarcas. Le contesté que en el Evangelio había una parábola llamada "El buen samaritano", y el que se había comportado como buen prójimo fue el que trato de curar las heridas del hombre apaleado, y no hubiera sido buen prójimo de haberse sentado a su lado a hacer oración.

¡Y ah!, por muy sagrada que sea la vida, no se puede estirar cayendo en la crueldad y en la exhibición de la misma: Resultaba patético, este domingo de pascua del 2005, que la Iglesia mostrara en público en su ventana habitual de la plaza del Vaticano al Papa moribundo haciendo gestos e intentando hablar sin éxito. ¿Es que no tiene derecho a morir en paz dejando para la intimidad sus propias miserias? Dudo que sea idea suya, pues un moribundo no tiene capacidad de decisión. Más bien parece una utilización eclesial. Y me duele, pero me duele precisamente por considerarme católico. Y, debe constar aquí, no se trata de un hecho rebuscado para incordiar a nadie, ni hablo por comentarios de los periódicos o por imágenes de los telediarios, sino como plena actualidad y fiel asistente a dicha Misa televisada, de 10:00 a 12:00, precisamente anteayer. Tal vez, para un pequeño porcentaje de seguidores de fe ciega haya sido una heroicidad del Papa, pero para quienes somos católicos, por haber sido bautizados, sin tener claro en cuestiones de creencias si vamos o venimos, no nos parece correcto el proceder y hasta comprendemos que a los no creyentes el hecho les suene a circo. La Iglesia debiera mirar hacia los hombres y humanizarse, y dejarse de tanta teología y miradas a reinos que no son de este mundo.

Puede pensarse que hablo desde el anticlericalismo visceral. Pues no. En absoluto. Tal vez yo sea como las espigas de cereal de mis campos de Castilla, las cuales se mecen impulsadas por la orientación del viento, pero nunca he abandonado la Iglesia. Si en alguna etapa de mi vida he sido bastante tibio, en otras he sido incondicional de las doctrinas impartidas por la jerarquía eclesiástica. Como prueba de esto último está mi libro "Flores con espinas", de 1993. Hoy estoy muy cambiado... ni siquiera estoy de acuerdo con muchas de las cosas dichas en dicho libro. No tengo intención de retocarlo ni de romperlo. Quédese cómo y dónde está. Y entiéndalo cada posible lector cómo quiera entenderlo.

Mi trabajo como moderador del foro de atáxicos y familiares, y como presidente de la Federación Española de Ataxia, me han concedido visiones diferentes. Es preciso sentir a humanidad entre los hombres y dejarse de cuestiones que ni siquiera son de aquí abajo. Es difícil, muy difícil, tremendamente difícil, encontrar explicaciones al dolor dentro y fuera de la religión. ¿Quién puede asumir que la existencia del dolor sea como la voluntad de un Dios predefinido como bondad infinita? ¿Quién puede asumir que un Dios, definido como todopoderoso, necesite el dolor de cada uno para unirlo a su pasión en favor de no sé qué redención?. Es necesario dejarse de teorías baratas, repetidas durante siglos... o se corre el riesgo de ser llamado cabrón por parte de los doloridos, y mandado a hacer puñetas.

Y recuerdo cuando alguien dijo en el foro: "Tenemos que dar gracias a Dios por habernos dado una ataxia". Armose la revolución. Le llamarón de todo. Ni yo, como moderado, conseguí apaciguar la cosa. ¿Cómo podían entender ellos, desde sus enfermedades degenerativas, que un Dios, tildado de bondad infinita, repartiera enfermedades tan putas como la ataxia (a veces a niños inocentes, y encima... hubieran de agradecérselo?. Sí, ya me sé la respuesta: "los caminos de Dios son inescrutables". Pero eso es teoría de fe ciega que nadie le podría decir a un enfermo degenerativo, sin escuchar un insulto. La Iglesia ha de comprender que no todos creen en la existencia de Dios, pero, si existe, para subir ante Él es preciso bajarse hasta los hombres.

Si, aunque no tenía rechazo por unos ritos religiosos, he puesto en duda mi vocación, ¿qué pintaba yo en un Seminario Diocesano entonces? No lo sé. Tal vez si existiera algo. Algunos de nuestros cánticos religiosos tenían la virtud de erizarme el cabello. Dejémoslo en estar a la que saltara. Tampoco hubiera sido buena para nadie mi llegada al sacerdocio, pues me hubieran acabado por expulsar de la Iglesia por revolucionario ;-) , sin duda me hubiera alineado en la teología de la liberación de Leonardo Boff ;-) . Hacía 1980 y pocos, pregunté a un sacerdote español con destino en Chile sobre tal teología. "Antes", me explicó, "se daba importancia al pecado individual, hoy es más importante el pecado social en cuanto a la contribución de cada cual a la injusta distribución de la riqueza y al hambre en el mundo". ¿Qué queda de tan sugerentes ideas? Por pecado se sigue considerando tocarse en ciertas partes del cuerpo y lo otro citado es "pecata minuta" sin ninguna importancia... se da unas monedas en la campaña de proyección eclesiástica "Manos unidas"... y todos conformes. ¡Ah, pero si te tocas los órganos masculinos o femeninos... vas al infierno de cabeza!.

Por lo que allí pude apreciar, en el Seminario pintaba lo mismo que el noventa y tantos por ciento de los alumnos del Centro. Después de pasadas más de tres décadas, observo que solamente ha llegado al sacerdocio un escaso tres o cuatro por ciento de los alumnos de mi curso... la mitad de ese porcentaje anda por los países de Hispanoamérica. En fin, cualquier quiniela que se me hubiera ocurrido hacer entonces sobre quiénes de nosotros llegarían a culminar la carrera sacerdotal, una década más tarde hubiera sido premiada por la totalidad de sus desaciertos. Supongo que al rector y demás responsables del Centro les hubiera pasado lo mismo que a mí. Existe una total diferencia en este punto vocacional entre la apreciación a la vista del comportamiento de un muchacho de 14 años y el resultado final. Éramos unos muchachitos normales... como cualquier otro... rebeldes... juerguistas...

Seminario Diocesano de San José, en Burgos

Y sigo después de haber desvariado con el tema de la vocación. Acompañados y presentados por el familiar antes citado, mi padre y yo fuimos a ver al rector del Seminario. Enseñamos las calificaciones, tanto las del Instituto, como las de los frailes. El rector me hizo algunas preguntas, más tendentes a comprobar mi nivel educativo que mi estado vocacional. Tras mis respuestas, dictaminó que allí no importaba que yo tuviera asignaturas oficialmente pendientes, que yo tenía nivel para comenzar en tercero... pero veía un problema: los otros alumnos ya llevarían dos cursos de latín y yo no podría seguirlos en esa materia... por ello era mejor que repitiera segundo.

Y así fue como comenzó para mí un nuevo ciclo educativo. El día señalado para principio de curso me fui a la ciudad de Burgos con ni madre y la maleta preparada para quedarme. El edificio del Seminario de San José era grande, aunque estaba bastante saturado de alumnos. Dentro, todo era un ir y venir de gente desconocida. Sin embargo, todo estaba bien organizado para entenderse fácilmente. Bastaba mirar en los tablones de anuncios por cursos y orden alfabético para saber el nombre del dormitorio (tenían nombres de santos) y el número de la cama, con su correspondiente armario, que te correspondía. No era fácil hallarlo, pero bastaba preguntar, para que un alumno más veterano te indicara o, incluso, te acompañara amablemente hasta el lugar preciso. Los dormitorios de primero, segundo, y tercero, eran grande salas alargadas con camas a ambos lados (no existían literas) y un amplio pasillo central vacío de unos tres metros de ancho. Cada dormitorio tenía capacidad aproximada para 40 alumnos. Hicimos la cama y colocamos la ropa en el armario.

El siguiente paso era adquirir los libros de texto. Esta tarea era despachada por alumnos veteranos. La labor era rápida de ejecución, pues ya tenían preparados, para cada curso, los lotes con los libros de todas las asignaturas. Bastaba indicar el curso deseado, para que te dieran el conjunto correspondiente, te cobraran el importe de la factura del total del equipo (ya detallado para cada curso), y te devolvieran los cambios de la cuenta.

Ahora venía el pago de la matrícula con extensión del oportuno recibo. Eran 10.000 pesetas anuales. Hablar en este escrito de pago de un dinero anual puede conducir a equivocaciones en los posibles lectores. No, aquello no era un negocio de los curas, sino todo lo contrario. A cada uno lo suyo. La Iglesia estaba haciendo un auténtico encaje de bolillos con su presupuesto y con las donaciones de los fieles para mantener esto. Los otros internados de la ciudad cobraban 5 o 10 veces más. No hace falta ser demasiado avispado para entender que era muchísimo más este aspecto de bajo coste económico el causante de la saturación del Seminario que la hipotética fiebre vocacional. Eso lo sabíamos nosotros y nuestras familias, y no era ignorado por los propios curas responsables del centro. Ellos se limitaban a exigir una disciplina acorde con su doctrina, pasando a un muy segundo plano la exigencia vocacional. Para ellos era prioritario formar jóvenes en una doctrina cristiana a formar futuros sacerdotes. Y, una vez entendido esto, queda fuera de lugar cualquier reproche que pudiera hacerse a los responsables del Centro por posibles deficiencias alimenticias y/o educativas.

Mi teoría vocación-saturación, expuesta en el párrafo anterior, queda corroborada si se mira el origen de los alumnos: había muy pocos de la ciudad (evidentemente ellos no necesitaban tanto de internados para recibir una educación)... casi todos éramos de las poblaciones de la provincia (sí necesitados de colegios internos para obtener una enseñanza secundaria) y, dicho sea de paso, como todo el sector rural de entonces, con una economía familiar sumamente baja. Y, sin duda, en esto se basaba la mayor fuente, por lo general, de nuestra gran responsabilidad y buena conducta: El atenazante era el miedo a ser echados del Centro. Sabíamos cómo estaba la cuestión monetaria en la familia y que había hermanos detrás pidiendo su oportunidad educativa. Ser expulsado de allí equivalía a que tu padre te dijera que ya habías perdido tu tren, y ahora te tocaba aplicarte, en casa o fuera, en una situación laboral para ganarte las propias lentejas y contribuir a la educación de los otros hermanos. La mayoría nos cortábamos en cuanto al comportamiento sabiendo que un desliz podía ponernos de patitas en la calle y dar al traste con el proyecto personal educativo.

A media tarde los horarios de los autobuses imponían el inicio de regreso a casa de nuestras familias. Era necesario despedirse hasta las vacaciones navideñas. Hacia las 18:00 comenzaba la seriedad de la inauguración y apertura del curso escolar con un Misa en común... asistencia de profesores... palabras del rector. Luego, nos señalaban la clase, el pupitre, el sitio el comedor, etc... correspondiente a cada uno. He de reconocer haber sentido (lo que jamás sentí en mi estancia en los frailes a pesar de saber la largura del curso, sin vacaciones intermedias) la "morriña" (extraña palabra, ¿gallega?, utilizada en tono de burla por los veteranos). En teoría era algo así como la añoranza del ambiente familiar. En mi practica no se darlo descripción concreta, pero entonces en mi caso no iban los tiros por esa definición teórica. Tal vez fuera sentirme extraño y desubicado en medio de una multitud ruidosa, para mí totalmente desconocida. Lo cierto es que pasé un par de días tragándome las lágrimas para que no afloraran a mi rostro.

Hablando de veteranos es preciso recordar que los alumnos de primer curso (recién llegados) eran conocidos como "los chivos". Ignoro la razón para tal apodo colectivo. Yo llegué nuevo ya a segundo. Sí observé que el primer día algunos de tales "chivos" tenían tendencias obsoletas, ya abolidas, y sorprendentes para los propios curas: era tratar de besarles la mano. No sé si lo de chivos era alusión a cierto animal o era derivado del verbo "chivarse". No obstante, tal nominación no era nueva, sino tradición a lo largo de décadas. En cuanto a lo de chivarse, ignoro el comportamiento de 130 chavalines de 11 o 12 años recién llegados, pero puedo asegurar que en segundo curso la figura del chivato no existía. De haber existido, habría sido sistemáticamente segregado, y nadie hubiera querido relacionarse con él. Tampoco era necesaria la figura del chivato intentando sonsacarle algo ni, por otra parte, encubrir a nadie. No era preciso el castigo colectivo y "pagar justos por pecadores". Si alguien hacía una mala faena, ante el interrogante del superior, se autoresponsabilizaba y asumía cabizbajo cualquier castigo que le fuera impuesto.