La pagina web de "Ataxia y atáxicos" (información sobre ataxia, sin ánimo de lucro) es: http://www.ataxia-y-ataxicos.es/


miércoles, 8 de julio de 2015

Los ojos del corazón (primera parte)

Blog "Ataxia y atáxicos".
Por Cristina Sáez Vallés, paciente de Ataxia de Friedreich, de Zaragoza.

Nota del administrador del blog: Este relato de Cristina ha sido dividido en dos partes. Hoy se edita la primera:

Cristina Sáez Vallés
I

Cuando tenía catorce años, mi familia y yo nos mudamos a un piso más grande, porque el anterior se nos había quedado pequeño cuando nacieron los gemelos. Además, mi padre, que trabajaba en un banco, se había trasladado a una sucursal nueva, que estaba muy cerca del recién estrenado piso... en el mismo barrio... a las afueras de la ciudad. Era un barrio de reciente construcción, lleno de parques y jardines. Y en el que ya había de todo: comercios, bares, un cine, un colegio, un instituto... Todo era nuevo para mí: El barrio, la casa, los vecinos, el colegio, los compañeros... Esto último era lo peor: Yo era un chico muy tímido y me costaba lo mío hacer nuevas amistades. Nunca tuve muchos amigos. Por eso, cambiar de colegio suponía para mí todo un reto.

En realidad, ese nuevo colegio no era un colegio: Era un instituto. Yo había terminado ese año la EGB (Educación General Básica), e iba a comenzar el bachillerato. No era un centro privado, ni religioso, como el anterior: era mixto, y a él acudían casi todos los chicos y chicas del barrio. Mis padres preferían que mis hermanos y yo estudiáramos en centros que estuvieran cerca de nuestro nuevo hogar: Ahora éramos cinco hermanos, y los colegios privados resultaban demasiado caros y lejanos.

Para ir a clase tenía que atravesar un parque bastante grande. Cuando no hacía demasiado frío, salía un poco antes de casa, y caminaba despacio, porque me gustaba mucho pasear por aquel parque. Había una fuente de treinta y tres grifos: yo bebía un trago en cada uno, aunque no tuviera sed. Era como un ritual: Salía de casa, entraba en el parque, bebía en la fuente y, antes de salir, miraba a la chica ciega que estaba sentada en un banco cercano a la puerta por donde yo salía. La miraba porque sabía que ella no podía verme. Yo era muy tímido y me costaba mucho hablar con cualquiera, más aún si era una chica guapa y que me gustaba mucho.

La muchacha ciega tenía mi edad. Vivía en la misma finca en que yo, pero una planta más abajo. Desde la ventana de mi habitación la veía estudiar, porque su ventana quedaba frente a la mía. Iba a un colegio especial para ciegos. Era muy curioso observar como leía con las manos. Me parecía algo increíble, yo no podría hacerlo, pensaba, pero ella lo hacía tan rápido, tan natural... Además, sabía que cada tarde, a la misma hora que yo pasaba por allí para ir a clase, la encontraría sentada en aquel banco, esperando a su madre... que venía a recogerla, porque el autobús de su colegio la dejaba allí cerca.

Los sábados me despertaba oyendo su voz, dulce, melodiosa. Daba clases de canto en casa con una profesora particular, medio ciega. Era una mujer enorme, gorda, muy gorda, con unas gafas de “culo de vaso”, y una enorme nariz que impedía que las gruesas lentes se le cayeran. Mis hermanos se burlaban de ellas, de sus cantos religiosos, decían. Cantaban el 'Ave María' de Gounod, o el 'Aleluya', de Haendel. Y canciones de los Beatles, que a ellos les sonaban como cantos de misa, de su antiguo colegio. Pero a mí me parecían maravillosas, y, a veces, cogía mi armónica, y me unía a ellas, procurando que no se enteraran

Una tarde de primavera, camino del instituto, al pasar por delante del banco donde se sentaba la chica ciega, se puso a llover. Fue algo repentino... y ni ella, ni yo, llevábamos paraguas, ni impermeable. Entonces, yo me quité la chaqueta, y se la puse por encima de la cabeza. Ella no se asustó. Parecía conocerme.

- Gracias, Juan.

Me había llamado por mi nombre. Estaba tan sorprendido, que no pude casi reaccionar.

- ¿Co… cómo sabes mi nombre? –pregunté extrañado.

- Bueno… Eres vecino mío, y oigo a tus padres llamarte por la ventana. Y sé que eres tú, porque pasas delante de mí todos los días. Reconozco tus pasos, tu olor, tu respiración...

Parecía que mi vecina se preocupaba por mí. ¿Acaso yo le gustaba también?.

- Pero vámonos de aquí, que nos estamos poniendo como una sopa. ¿Puedes acompañarme hasta el quiosco de la música? Nos meteremos en él hasta que amaine la lluvia.

Ella se puso de pie, se levantó, cogió su bastón con la mano derecha, y con la otra se apoyó en mi brazo. Era menuda y delicada. Su ropa mojada dejaba adivinar un cuerpo moldeado, unos pechos quizás demasiado grandes si los comparabas con su cuerpo menudo. Era preciosa. Sus ojos azules, enormes, casi transparentes, miraban al infinito. Era ciega, sí, pero sabía mirar, mirar sin ver, mirar por dentro.

Ya habíamos llegado al quiosco de la música. Subimos los cuatro escalones, despacio, y pudimos guarecernos de la lluvia, que no cesaba de caer con fuerza.

(Continuará mañana).

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2- Sección 'Vídeo del día'

¿Preparados para llorar...? :-) ... Canta (el vídeo, además, lleva letra) el argentino Manolo Galván (1947-2013):



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2 comentarios:

  1. Que precioso tu escrito Cristina.espero el de mañana impaciente.Soy Marypaz (kymeras) Besitos guapa.

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